Vecinos molestos y vidas nuevas

Por Francisco Contreras
@FContrerasMX

Casi dos meses de cuarentena y parece que el ciclo de sueño no se regularizará, además de que al parecer ni conocía a mis vecinos, pues –al menos en mi caso—con ellos en home office descubrí problemas que ni sabía que tenían, gustos musicales muy variados y costumbres algo raras.

Pero lo más extraño fue comenzar a leer El inquilino (1989) de Javier Cercas y ver plasmada una versión extraña de mi realidad actual, pues casi sin darnos cuenta la pandemia va cambiando nuestras vidas quizá para siempre, demostrándonos que la realidad es moldeable y que uno mismo está a merced de los demás y de las circunstancias.

Hace unos meses te hablé de otra historia de Cercas, El móvil (1987), esa vez sobre cómo a veces la película es mejor que el libro, y de cómo el autor busca apropiarse de la realidad, con los esfuerzos de Álvaro –protagonista y aspirante a escritor— por controlar la vida de sus vecinos y plasmarlo en una novela.

En esta ocasión es la trama la que manipula al personaje, pues inicia con el regreso del italiano Mario Rota a su departamento cercano a la Universidad de Texas en Austin, donde da clases, encontrando que durante sus vacaciones perdió a su novia Ginger –a quien también asesoraba en su tesis—, y dos tercios de sus ingresos, pues todo iría a manos de la vaca sagrada Daniel Berkowickz.

Por si lo que le pasaría después no fuera poco, todo comienza al torcerse el tobillo a la mañana de su regreso, cuando salió a correr como todos los días alrededor del barrio, sólo para volver a casa y enterarse por su casera de la contratación de Berkowickz en la universidad y que además sería su vecino.

Así que si bien es difícil vivir junto a una pareja de casados que se la pasa peleando o de un adolescente con la música a tal volumen que retumban los castillos del edificio, imagínate tener que vivir frente al nuevo novio de tu ex y de quien recién descubres que estabas enamorado. O un doctor que dice que podría quitarte el yeso del tobillo lastimado quizá en una semana, pero que bien puede volver cuando quiera.

O quien se queda con tu cubículo en el trabajo, dos de las clases que impartías –y el pago respectivo—, los favores del decano y la simpatía de sus colegas y amigos, a quienes no les importa asistir a sus reuniones a pesar de lo que su llegada significó para Rota, a quien además culpan de su fracaso.

Sin duda esta novela, aunque ya algo vieja, es una buena opción para leer durante el confinamiento, pues nos muestra que, aunque la vida está cambiando, no es tan drástica, al menos no para la mayoría.

Además de que siempre cae bien una historia con un giro kafkiano al nivel de La metamorfosis en que una mañana al despertar todo puede cambiar. Igual sirve de ejemplo, creo, aquel episodio de La dimensión desconocida en que una mañana el protagonista se despierta encontrando que todas las personas desaparecieron y sólo quedó él, mientras que los objetos a su alrededor lucen intactos, como el único modelo de una maqueta. Supongo que para algunos muy semejante a los últimos 50 días.

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