Una traición del inconsciente

Por Nastenka
Fotoarte: Amaranta Ruiz

Caminar en tacones por la Ciudad de México, padecer el traslado en transporte público, llevar el sueño a cuestas y enfrentar la frustración de no conseguir una plaza laboral es a lo que se enfrenta una mujer desempleada de la periferia. Como Nastenka lo vivió años atrás, cuando salió de la universidad.

Una tarde, cansada de su andar por Paseo de la Reforma recorriendo varias oficinas, Nastenka retrasó su regreso a casa ―“donde Dios olvidó voltear”, como decían sus compañeros― a 40 kilómetros de donde se encontraba, para descansar un poco en la Glorieta de Insurgentes.

Aquella chica vestida con un modesto traje sastre, una vieja bolsa y peinada con el cabello recogido decidió sentarse en una banca frente a un hombre que tomaba un café en un establecimiento alejado del bullicio. 

Aunque el humo del tabaco de los hombres a su lado la ahuyentaba y el antojo de fresas con crema la apuraba, permaneció atenta a aquel señor de lentes que sostenía un libro de Jacques Lacan. 

Lo observó sin que ―pensaba― el hombre se diera cuenta.  El sujeto de su interés vestía camisa a cuadros y pantalón azul con zapatos negros; estaba sentado con las piernas cruzadas y recargado en el respaldo de su silla; levantaba a la altura de sus hombros el libro café con letras grandes que anunciaba: Lacan; sus dedos rosados cambiaban las páginas; sus ojos eran rasgados y con unas arrugas que evidenciaban unos 50 años.

Las carcajadas de los tipos a lado suyo la desconcentraban así como sus comentarios ofensivos hacia dos hombres que no ocultaban su amor en el acceso al Metro. 

Así que Nastenka se alejó unos centímetros, lo suficiente para no molestarse por las advertencias homofóbicas de aquellos individuos, y también para no respirar el humo que salía de sus jóvenes bocas.

Tras esa distracción, regresó su atención al señor de pocos, pero bien distribuidos cabellos negro con blanco y de barba y bigote perfectamente rasurados, que le provocaban el deseo de tocarse. 

El hombre separó las piernas y las volvió a cruzar pero cambiando la posición de sus extremidades, con cada movimiento nuestra chica tenía material para imaginar escenas sensuales con aquel sujeto.

Mientras Nastenka lo imaginaba, por un segundo su mirada cruzó con la de aquel señor que llevó su taza a sus labios rosados. 

Ese fugaz encuentro delató la pasión que desbordaba la mujer, pues el calor se apoderó de su rostro que cambió de dirección de inmediato; miró a la izquierda, a la derecha, arriba, abajo…en tres segundos vio el Metrobús, a una pareja, a los tipos que fumaban a su lado, a cuatro policías y sus piernas que se movían constantemente y que no podía esconder. 

Nastenka no sabía si aquella mirada era sugerente ―aunque eso le hubiera gustado―, o reprobable, o simple y mera coincidencia; se avergonzó pero quería seguir ahí, viendo a un hombre que no conocía, que era al menos 30 años mayor que ella y que motivó su libido olvidado por el estrés.

Después del incidente, y al ver que el sujeto de interés regresaba a su lectura, se dio cuenta de las miradas de quienes estaban a su alrededor, todas se centraban en ella. Al notarlo, por un segundo cuestionó la razón de ese extraño caso, hasta que notó que su mano derecha apretaba su seno izquierdo y la otra presionaba su sexo.

Nerviosa, tomó un sorbo de agua y decidió alejarse, no sin antes echarle un último vistazo al señor calvo, de piel blanca y ojos rasgados que al notar su huida se levantó, la miró y le dijo adiós. 

Fotoarte: Amaranta Ruiz

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