Una década sin el poeta de los gatos

Por Francisco Contreras

Hoy se cumple una década de que dejó este mundo ese “ajonjolí de todos los moles” que significó para México Carlos Monsiváis.

Y creo que no es para menos aquel término tan chilango si hablamos del, considero, último gran cronista de la Ciudad de México, quien lo mismo se inmiscuyó en el periodismo como en la poesía, la literatura, la crítica y la política.

Especialmente si recordamos que, entre sus andanzas, más allá de las páginas y las plumas, están sus encuentros con la élite del país, cuando recordemos que la más de su obra estuvo enfocada en los de abajo. Empezando por su primera crónica periodística, que dató sobre una marcha que encabezaron Diego Rivera y Frida Kahlo en 1954 contra la intervención estadounidense en Guatemala.

De ahí, en mi investigación sobre el escritor que decía criticar la literatura como “un simple lector”, brincó su amistad con Sergio Pitol y José Emilio Pacheco. Hasta puedo imaginarme comentando con Octavio Paz alguno de sus ensayos antes de ser entregados a sus editores, o con Gabriel García Márquez, y me pregunto qué tanto habrá ayudado a moldear las obras que nos dejó el Gabo.

Entre sus amistades también están las conocidas, como Elena Poniatowska y el pintor José Luis Cuevas, con quien acostumbraba reunirse en compañía de Fernando Benítez y Carlos Fuentes en el bar La Ópera, ahí en el Centro Histórico de la capital.

También se juntaba con Gabriel Vargas, Juan Gabriel y Rufino Tamayo. Con razón opinaba casi de cualquier tema que movía al país, y sobre cualquier personaje, con ese humor tan irónico que tanto lo identificaba. Y no sólo eso, sino que lograba conjuntar la creación de sus ensayos y crónicas con sus luchas sociales, como su apoyo al movimiento feminista en el país.

Pero lo más interesante, es que lo mismo era amigo de Francisco Toledo que de la actriz María Félix, de Jorge Luis Borges, o de Carlos Slim, con quien se encontró en al menos un par de eventos, así como su orientación política no le impidió tener amistad con Fuentes o Cuevas.

Aunque qué se puede decir de la capacidad de mezclarse de alguien que lo mismo fue becario del Centro Mexicano de Escritores que del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard. Y sí, a una década de su muerte, sigue siendo recordado por sus crónicas de la vida del país, sus ensayos y los más de 12 mil objetos tan variopintos que dejó en herencia para el Museo del Estanquillo. Eso, sin olvidar sus gatos y aquella casa de la Portales, donde vivió toda su vida y donde almacenó una buena parte de la memoria de México.

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