Una cruda de amor, en el barrio de la Merced

Por Juan Carlos Méndez 

Ilustración Cynthia De Labra

—¡Cóbrasela! ¡Cóbrasela a la hija de su chingada madre! No puedo creer que tú, tú el ojete y mierda que eras permita eso! — gritaba la “muñeca” —apodo que contrasta con su más de 80 kilos, sus manos gruesas y su rostro lleno de cicatrices resultado de múltiples peleas en el penal femenil Santa Martha Acatitla— a su amigo de la niñez.

—¿Dónde vive? ¿Quién es? ¡Le voy a romper su madre por culera! Le voy a enseñar que una traición no se perdona.

Él lo piensa, está tentado a tomarle la palabra; sin embargo, su amiga Andrea, quien comparte “el churro” con él, le mira directo a los ojos teñidos de rojo, sin saber si es por el efecto de toque o por sus inmensas ganas de llorar, sólo atina a decirle: “tranquilo, no lo hagas, no vuelvas a hacer el de antes, sólo deja fluir las cosas. Lo que mal empieza, mal acaba, te lo juro por mi madre. Dios la va a castigar”.

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Así fue, aquella persona de carácter fuerte, en ocasiones déspota, autoritaria, “independiente”, feminista de raíz y con aires de psicóloga; hoy ruega, hoy da explicaciones, pide perdón. Hoy persigue y pide otra oportunidad a aquel que le habló “más bonito”.

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En una pulquería de la calle Santa Escuela, en el barrio de la Merced, suena una canción de Cuco Sánchez, aquella que Pedro Infante hiciera famosa: “Dios me ha dado ese capricho y he venido a verte hundida para hacerte yo en la vida, como tu me hiciste a mí”.

Cualquier parecido con una taranovela es mera coincidencia.

Ilustración Cynthia De Labra

 

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