Un migrante que sedujo al cine


Por Alejandra Morales

El bigote estilo Clarke Gable, los ojos azules y la voz afinada fueron los encantos inmediatos de Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo para seducir a los mexicanos y hacer reflexionar a los intelectuales.

Nació en el mero centro de la “capirucha”, el 19 de septiembre de 1915, pero estaba destinado a ser un itinerante, un migrante.

Vivió en Veracruz, en el Puerto, por dos años, regresó a la ciudad de México y en su adolescencia llegó a Ciudad Juárez, Chihuahua, donde adoptó el atuendo pachuco y su peculiar forma de hablar: el spanglish.

Ahí también consiguió trabajo luego de no querer seguir estudiando (terminó la secundaria). Era barrendero y mandadero en la radiodifusora XEJ, en Chihuahua. En una tarde en la que probaba un micrófono recién compuesto, interpretó una canción de Agustín Lara… días después se convirtió en locutor del programa Tintin Laralá.

Desde entonces la itinerancia regresó de la mano de un nuevo personaje: en 1938 Pedro Meneses, dueño de la radiodifusora, creó el Pachuco Topillo Tapas, interpretado por Germán Valdés.

Con ese personaje, el ecuatoriano Paco Miller lo invitó a unirse a su compañía, sin paga, pero fue ahí donde conoció a su “carnal”, Marcelo Chávez, su eterno compañero.

Con esa dupla Miller recorrió el país y debutó en el DF en el teatro Esperanza Iris, en 1943. Esto llevó a otro cambio, ahora de nombre para evitar problemas con otros cómicos. Jorge Maulmer le sugirió Tin Tan, que a él no le agradó: “No me gustó nada. Lo peor fue cuando mis compañeros me miraron muertos de risa”, decía.

Pasó de ser un actor, con sueldo de 40 pesos diarios, a uno de los cómicos más importantes de la pantalla grande; llegó a percibir hasta 100 mil dólares por sus películas enviadas al extranjero.

El arribo del histrión a las grandes salas de cine fue con el corto El que la traga, la paga, en el que hace el papel de vagabundo. Más tarde hizo una pequeña intervención musical en Hotel de Verano, por un sueldo de 350 pesos. Pero fue El hijo desobediente, de 1945, la que la llevó a la fama.

Con el éxito también llegaron las críticas, José Vasconcelos, defensor del nacionalismo, publicó en el periódico Novedades: “Las buenas escuelas primarias de Nuevo Laredo y Coahuila, y el esfuerzo de patriotas ilustrados han logrado contener el abuso de la jerigonza tintanesca. ¡Pero ahora ocurre que es la capital la que fomenta, aplaude y disfruta el pochismo!”

Sólo 16 días después el poeta Salvador Novo lo defendió en el mismo diario: “Los vituperadores de Tin Tan yerran el tiro. El buen señor es un efecto, no una causa, de una corrupción más grave que la simplemente lingüística. Nos molesta porque, mientras Cantinflas es la subconciencia de México, Tin Tan es su incómoda conciencia”.

En su “época de oro”, hasta 1953, pudo darse el lujo de viajar a Europa, comprar un Cadillac cada año y pasear en su yate, el Tintavento; pero llegó una decadencia que se agravó en 1970. Falleció en 1973, fecha en que volvió a revalorarse por la crítica hasta convertirse en un personaje ícono de la cultura mexicana.

“Calmantes montes, carnal”

EL REY DEL BARRIO se convirtió en un símbolo de la cultura mexicana no sólo por su aporte a la cinematografía o la música, su estilo también supuso un cambio en la forma de hablar al incluir palabras como “jale”, “guachador”, “tacuche”, “facha” y “forgetear”, o las frases “Calmantes montes y ya lo veredas tropicales” y “¡Cuántos carnívoros nos andas guachando”.

Fue considerado por el escritor Carlos Monsiváis como el primer mexicano del siglo XX en acudir abierta y descaradamente pronunciado al spanglish.

Y es que la peculiaridad de inventar términos o fusionar los idiomas le trajo el reconocimiento de autores como José Revueltas, quien evocaba su interés por el cómico: “Me interesó vivamente a causa de su fenómeno de interlocución con el mexicano del otro lado. Como yo había visto eso con prejuicios me sirvió para comprender mejor el problema idiomático”.

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