Un miércoles cualquiera

Por Francisco Contreras

Miércoles por la mañana. A eso de las 11 Alejandro despertó, casi como todos los días. De no ser por algunas presentaciones y conferencias, se levantaría todos los días entre las 11 y la 1.

Pero aquella ocasión, el único pequeño, aunque enorme detalle que alteraría su vida, y que lo hizo salir de la cama de un salto, era que ya solo le quedaba una semana para entregar los textos que había prometido a la revista.

Y siendo que no tenía nada agendado en lo que restaba del mes que casi acababa de iniciar, estaba más que obligado a quedar bien con los editores, si no quería ser poeta vagabundo.

Aunque a Alejando le molestaban los estereotipos como que los poetas son bohemios o muertos de hambre, caía inevitablemente en aquel de odiar las fechas de entrega por “coartar su libertad y su creatividad”, así que todo lo dejaba a último minuto a manera de protesta contra el grillete editorial. Obviamente.

Ahora, pensarás que soy un pésimo narrador, pero debo decir que te mentí. Lo que fastidiará toda su vida no es tanto la fecha de entrega, sino el último pensamiento que tuvo la noche anterior. Y es que así, en un solo mensaje se dio cuenta antes de dormir de que perdió a su musa.

La caída comenzó una semana atrás, cuando ella dejó de responderle rápido y con la emoción de siempre, cuando parecía más interesada que él en su poesía, le alargaba al máximo las conversaciones y hasta lo buscaba para hablar. Pero desde entonces él debía iniciar todo o no sabría de ella por días, e incluso si la buscaba para hablar o para salir, ella le daba la vuelta con que tenía encargos por hacer o que la vecina le había pedido ayuda con algo.

Tampoco es que él la quisiera solo para él ni que su vida fuera del poeta; sin embargo, no entendía cómo trabajaría sin inspiración, cuando antes solo debía pronunciar su nombre y ahí la tenía, susurrándole al oído algún consejo, corrigiéndole alguna torpeza en las rimas o simplemente existiendo cerca de él para inspirarlo. Eso fue lo peor, que poco antes de que empezara “la caída” ya solo debía verla, oírla hablar u olerla para escribir algo. Ella se había convertido en su opio y lo sabía.

Hasta ese miércoles, Alejandro llevaba un mes en aislamiento sin ver a nadie ni salir de su casa. En realidad, no le pasaba nada, sino que comenzó a leer “La peste” de Camus, que le regaló algún amigo un par de años atrás y que siempre hizo a un lado en el librero.

Desde entonces su vida cambió sin darse cuenta, primero porque estaba tan embebido con la lectura que dejó de salir si no le era necesario. Luego lo embargó la sensación de estar en el libro viviendo la cuarentena de los personajes, como si algún gobierno le exigiera quedarse en casa.

El poeta conoció a su musa a los pocos días de terminar el libro, mientras escogía limones en el mercado –los compró para preparar té de canela con limón y combatir la peste—, y desde que la abordó empezó la luna de miel que le dejó varios poemarios casi listos para publicarse y un par de artículos sobre el libro, que sabe que nadie le editará, pero que le gustaron para sacar aunque sea en alguna charla rancia durante una fiesta a la que sea invitado cuando levanten la cuarentena y abran las puertas de la ciudad de Orán. En la que ni vive, por cierto.

Pero, aunque al principio hablaban por horas sobre poesía y literatura, los proyectos en conjunto y los planes a futuro fueron quedando, primero, aplastados por la cuarentena en la que vivían los dos y, después, sepultados bajo lo que parecía el hartazgo de la interacción diaria desde su primer encuentro, aunque ambos la buscaron.

Y así, sin avisar, llegó la noche de aquel miércoles, que después dio paso a su gemela de jueves y viernes, dejando al poeta solo en el desierto de palabras que semanas antes supo exprimir y que ahora solo le recordaban el “órale, que padre” que su musa le soltó aquella madrugada en que al acompañar su respuesta a uno de los poemas que enviaría a la revista con un “échale ganas a los demás para que no sean un desperdicio de tiempo”, le confirmó sin lugar a dudas lo que más temía: perder a su dulce musa.

Related posts

El arrepentido
Enigma

El arrepentido

16 diciembre, 2015

Aquel día
Enigma

Aquel día

26 mayo, 2016

La estafa…
Enigma

La estafa…

3 diciembre, 2015

0 Comments

No comments!

There are no comments yet, but you can be first to comment this article.

Leave reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *