Un alarido hacia el final del sueño

En la historia de la literatura estadounidense, la Generación Beat representa la moderna vida material y espiritual de la sociedad; ésa golpeada por guerras, movimientos sociales y sobre todo por un mundo desgarrado, donde el ser humano reciente el fallecimiento de la realidad, la muerte de las oportunidades y el abaratamiento de las experiencias tanto intelectuales como espirituales.

Por David Romero @daromtap

Es ahí, basado en este cada vez más complejo y confuso mundo de mitad del siglo XX, en el que Allen Ginsberg, escritor norteamericano, exclama coléricamente líneas que plasman la necesidad, el miedo humano, el amor, la enfermedad y la muerte. Sentimientos que hacen intuir que dentro de El Aullido se encuentra la excitación que experimenta el autor, psíquicamente inestable, por la desaparición y desprecio al valor dogmático de lo establecido -Dios y la razón-, pues el hombre producto de la crisis económica (Crack del 29), dos guerras mundiales y de los resabios culturales-modernistas de la Belle Époque(1890-1920), desprecia, crucifica y predice la explosión de diversidad en los estilos de vida, mismos que de alguna forma transgreden las normas morales del American way of life .

La muerte o aniquilación de la establecido, y en parte de la esperanza, no significa la evaporación total, sino la vuelta del humano a ser dueño de su destino, a una existencia consciente, libre y activa, en el cual el eco del grito sacude el cielo y la tierra, hasta encumbrar al individuo hacia el altar de sus adentros (implosión).

Es aquí donde este poema, escrito bajo la influencia alucinógena del peyote y los hechos locales que vivían los estadounidenses, se arraiga fuertemente a un sentimiento finisecular: miedos, desesperación, sexualidad atormentada y morbosidad, todo bajo la imagen pesimista que va más allá de la palabra y libera los demonios de la oposición hostil del individuo y la masa humana.

Un colectivo que de forma simbólica, aunque no por eso realista, recrea una verdad claustrofóbicamente estrecha, cuyos ángeles caídos y esperanza distorsionada hacen posible la pesadilla que es la realidad.

Situación confusa como angustiosa, que sobrepasó rápidamente las palabras, logrando forjar una nueva generación de individuos, seres compradores y consumidores compulsivos de lo tangible, en el que lo espiritual e intelectual se difuminó hasta crear el caos, ese vacío pandémico que el hombre, esperpento beatniano que superó al de Valle Inclán, rechazó con lo efímero de la imagen.

Una imagen social y cultural que en la década de los noventa explotó, al dar origen a esa temporalidad cronológica que se propaga patológicamente en los individuos del nuevo siglo, demostrando que el hoy es un tiempo de cínicos, conocedores de medios, alienados y superficiales, los cuales al verse vagar en la desesperanza creada por la falta del anhelo se rebelaron ante la insurrección.

El Aullido, ese texto que en su forma drástica es la representación del individuo irremediablemente desamparado frente a la irrupción del terror interno, asimila imágenes existencialistas que destacan la libertad del acto y la beatificación de las emociones o instintos contra la razón.

Una transfiguración malinterpretada por las nuevas generaciones y que recae en el inconciente de la sociedad postmoderna que sufre de falta de fe, drogadicción, incomunicación. Pues la obra beatnick, sobre todo la Allen Ginsberg, intenta trasformar la vida del sueño o ir más allá de la primera noble verdad del budismo: “la vida es sufrimiento”. Lamentablemente para el resto de la población, como expresa el escritor español Juan Valera, “el universo con todas sus pompas y con toda su hermosura es un caos para el hombre sin fe”.

Deambulario

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