Todos tenemos un reportero dentro

Por Nastenka

“Momentos amargos para un periodista: tener una información
de importancia mundial y no poder transmitirla

Richard Kapuscinski

Cubrir en campo. Investigar. Entrevistar. Transcribir. Jerarquizar. Redactar. Corregir. Y volver a comenzar. Así era el día a día de aquel reportero que dio a Nastenka un pretexto para hacer de su encuentro una nota periodística.

Eran las dos de la tarde, Nastenka hacía home office (el único privilegio de quienes se han olvidado de las prestaciones sociales) y el aburrimiento de estar sola se transformó en un intenso deseo de satisfacer el instinto sexual.

“¿Te puedo hacer una propuesta indecorosa?” fue el mensaje que envió al reportero que conoció meses atrás en una conferencia electoral. La respuesta fue inmediata: “¿me va a gustar?”.

La mujer de piel bronceada sonrió al leer el mensaje, el muro de la inseguridad se había roto, aquel hombre alto, delgado y de manos gruesas entró al juego.

Nastenka le dio la dirección y le pidió llegar después de las seis de la tarde ya que tenía un dicho “primero lo que deja, y después lo que aprovecha”, debía terminar el trabajo pendiente.

La joven apresuró sus tareas para tener tiempo de darse una ducha y elegir el atuendo perfecto: una blusa de tirantes que dejaban un escote visible, un pantalón ajustado que levantaba sus glúteos y ya, no había ropa interior.

Nastenka estaba dispuesta a encontrar el placer en un hombre nuevo, uno que le gustó desde que lo vio pero que nunca se animó a invitarla a salir, a pesar de que flirteaban cada que se encontraban; para ella él era un reportero que tenía en la voz la mejor arma para la seducción.

Ya eran las seis en punto. El timbre sonó, nuestra protagonista, nerviosa por el encuentro, abrió la puerta. No era la cita, se trataba del vendedor de agua que dejaba el garrafón semanal.

Ese retraso le permitió iluminar sus labios, intentó con el color vino, rojo carmesí, rosa pero se decidió por el nude, no quería mostrar mayor interés aunque la emoción le salía del pecho, que quedaba en evidencia por los pezones erguidos notorios en la blusa delgada.

El periodista llegó, también estaba nervioso. Pese a la seguridad reflejada en los mensajes de texto, el encuentro se dio atropellado, ambos temían mostrar iniciativa para comenzar lo acordado.

“¿Quieres tomar algo?”, ofreció Nastenka. El hombre asintió, recibió un caballito de mezcal y ella tomó uno para sí. “Salud”, enunciaron y chocaron los vasitos. Estaban sentados frente a frente, él le pidió tiempo para terminar una nota que tenía pendiente, ella, mientras tanto, repasaba sus redes sociales.

“Terminé”, dijo y una sonrisa nerviosa apareció mientras agachaba la mirada. Nastenka tuvo que tomar la iniciativa. “Acompáñame a mi habitación”, dijo y se levantó de la silla, rodeó la mesa, se acercó a su interlocutor, se agachó frente a él (quien se reclinaba hacia atrás) y rozó sus labios; le tomó la mano para encaminarlo a su refugio, el hombre callado, como si su lengua encerrara el silencio, gesticuló afirmando la petición, se levantó y avanzó tras ella.

La puerta se cerró, cruzaron una cortina de cuentas cafés y quedaron frente a la cama que fue regalo del ex novio de la anfitriona. El reportero no sabía ese dato pero celebró el diseño del mueble macizo que garantizaba un duelo sin el rechinar de otros aposentos.

Ahí comenzaba la tarea de Nastenka para entender la creación de una nota. Primero observó a su interlocutor, lo cubrió de besos; lo investigó, explorando cada parte de su cuerpo: apreció su espalda, grande y fuerte; sus piernas largas y gruesas; su abdomen, delgado y acogedor; su sexo, las palabras no describen lo bello de su sexo.

Esa exploración dio paso a la entrevista, lo cuestionó sobre sus intereses, sus metas, sus alegrías y su estado civil. El joven dudó en responder esa última parte, Nastenka entendió que estaba ahí a pesar de que no debía estarlo.

En lugar de transcribir, interpretó las palabras que salían de aquellos labios y, en su mente, Nastenka jerarquizó cada dato para comenzar sus conclusiones. Así salió la primera nota, un reportero es un buen amante.

Repitió el ejercicio mientras disfrutaba posiciones diferentes. Al terminar, él sobre el cuerpo de ella, hablando por la comodidad y confianza que le dio su anfitriona, deseó volver a visitar aquel refugio, pero ella terminó su última nota: debes coger, sin pensar que habrá un encuentro más.

Ilustración Miguel Ulloa
Ilustración Miguel Ulloa

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