Si vamos a caber en el infierno… en una combi, también

Por Roberto Rosendo Ríos Vargas

@ROBERTDELRI0

Es difícil que en una ciudad tan grande como la nuestra, los habitantes convivamos de la mejor manera posible, todo el día estás luchado por algo. La primer pelea es contra la cama, aunque lo intentes no deja que te levantes; la comodidad es tanta que no quisieras salir de ella; cuando por fin lo logras, empieza otra batalla: el tiempo. Por lo general se te hace tarde para llegar a tu trabajo, escuela o cualquier otro destino, así que siempre estás intentando ganarle la batalla al tiempo, todos los minutos son vitales.

El siguiente lugar de batalla es en el transporte público, ya sea en el microbús, la combi, o en el gusano naranja, siempre esperas una guerra sin cuartel, ya sea con el chofer que no te da el cambio, con el señor que no te deja pasar, la señora que cree que toda la micro es suya y se sienta a sus anchas, o por un lugar sentado en el Metro, sin olvidar el Metrobús que más que un transporte público eficiente parece una lata de sardinas con ruedas. En fin, una gran cantidad de batallas se libran día a día en las calles chilangas, a veces se gana y a veces se pierde.

Me mostraron un video que se volvió viral hace ya un tiempo, en el que una señora discute con un señor, acaloradamente, por un asiento en una combi en el Estado de México. Debo reconocer que la gresca es bastante gracioso: las ocurrencias del hombre para defenderse de los ataques de la mujer, van desde las mentadas de madre, amenazas, hasta burlas con referencia a enfermedades comunes. Échenle un ojo y sepan de lo que hablo: “viejito de la combi”.

En fin, me ocurrió una situación parecida. Eran como las tres de la tarde de un jueves, corrí para alcanzar un lugar en la combi, le pregunté al chofer si aún cabía, me contestó que quedaban dos lugares; eché una mirada al interior, aunque poco convencido decidí entregarle mi importe correspondiente, cuatro pesos, y me dispuse a viajar rumbo a mi casa.

Me senté entre una señora y una chica que venía de la escuela, lo noté por su uniforme. Hacía un calor de la fregada, tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para entrar de un solo sentón en el lugar que quedaba entre ambas mujeres, respiré, calculé y me dejé caer de un solo golpe, ya solo faltaba acomodarme bien para que cuando la combi arrancara no terminara en el piso por no ir bien sentado.

Todo iba bien, o al menos eso creí, hasta que de mi lado derecho una voz entre enojada y resignada me dijo “oiga joven, casi se sienta encima de mí”. Aunque ya esperaba el reclamo, no pensé que fuera tan rápido, por lo general siempre pasa cuando la combi va en marcha. Miré a la señora y le ofrecí una disculpa, pero en lugar de aceptarla me siguió reclamando, “hágase para allá, ¿qué no ve que me está aplastando?”, de nuevo respiré profundamente y vi que la atención de los demás pasajeros se centraba en mí y en cada uno de mis movimientos, como si fuera a tirar el penal decisivo de un partido de futbol, bueno la verdad es que no todos, algunos iban inmersos en su propios pensamientos.

De nuevo ofrecí disculpas y me moví un poco, pero la señora quería pelear a como diera lugar, intentó meter su codo para hacerme a un lado pero no podía, íbamos muy juntos todos los vecinos de asiento.

“Señora por favor, el lugar es para cuatro, y en todo caso reclámele al chofer, él fue el que me dijo que sí cabía, yo ya pagué mi pasaje”, le dije a la mujer que no dejaba de echarme sus ojos furiosos, me seguía diciendo que la aplastaba, que no la dejaba respirar, que me quitara, yo por mi parte miré a mis vecinos de transporte, quienes amablemente se recorrieron para que yo me sentara bien y la señora dejara de reclamar. Agradecí la cortesía de mis compañeros de viaje y para que la mujer le bajara a su calentura, le pregunté si ahí ya estaba a gusto o me bajaba; por dentro recordaba el video del viejito que en una de esas dice “Yo sí quepo porque mi culo está chiquito”, así que me iba riendo  de tan chusca situación.

La dama de la combi me miró una vez más, con ojos de desprecio, pero ya no me dijo nada, lo bueno fue que más adelante bajaron dos personas y puede cambiarme de lugar para ir más cómodo. Después de varias cuadras llegué a mi destino, me despedí de mis compañeros de viaje y continué mi camino a casa, la señora ni adiós me dijo, yo creo que por dentro me iba maldiciendo por sentarme “arriba” de ella.

En la Ciudad de México es común que pasen este tipo de cosas pues es una jungla de asfalto donde el más fuerte y hábil sobrevive. La verdad, creo que más bien nos adaptamos a nuestro entorno; claro, no falta el que más que aprender a lidiar con esto se vuelve un gandalla, pero esa será otra historia.

Me despido desde la gran #CDMX con una frase célebre que debemos poner en práctica y dice así, repítala todos los días igual y sirve de algo; “YO Sí MEREZCO ABUNDANCIA”, cortesía de la esposa del prófugo de la justicia Javier Duarte.


¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico elbone089@gmail.com

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