Reinserción social

Por Nastenka
Fotoarte: Amaranta Ruiz

Nastenka estaba aburrida de las aves de paso, así que aceptó una relación de exclusividad. Un año después, descubrió que ese acuerdo fue un error.

Nuestra amazona había despertado, estaba sola y tenía ocho kilos más que cuando inició su aventura de llevar una corona de cartón, una relación estable.

Se talló los ojos, miró al frente y reaccionó como quien recuerda que dejó la cartera en la mesa de una cafetería. Levantó las cobijas; miró su vientre abultado, y lo acarició con la mano derecha.

Se enamoró. Por un año se alejó de los amantes de ocasión, de la diversión del sexo; cambió esa adicción por la seducción del amor y los carbohidratos.

Al ritmo de Joaquín Sabina, que recitaba “lo nuestro duró, lo que duran dos peces de hielo en un wiskey on the rock”, Nastenka sintió nostalgia de los días en que despertaba abrazada de su hombre de aspecto rudo pero que con ella era tan dulce como un cachorro.

Ahora que estaba lejos de él extrañaba los besos matutinos, las conversaciones en la cama, los abrazos en el sofá, las cosquillas, el lugar que sintió su hogar, los planes de viajes…. Y se reclamaba por haber cambiado su rutina, sus pasatiempos, sus vicios por una pareja.

Nastenka se acostumbraba al cambio, a pesar de que solo fue un año, se había adaptado a la compañía diaria, a compartir la cama, pese a que ese lecho no tenía mucha actividad.

Ahora en su habitación se preguntaba ¿por qué se había quedado ahí si su experiencia en el arte de la pasión, el erotismo y el sexo era superior al de su pareja? La única respuesta que se le ocurrió era que no necesitaba coger para sentirse feliz.

Al principio de la relación ella rogaba por sexo, besaba el cuello de su hombre, lo acariciaba, acercaba su cuerpo hasta confundir los límites de cada torso, pero no podía hacer más porque a él no le gustaba ni el arte oral. Se trata de un raro caso de asexualidad. Solo las primeras dos ocasiones fue él quien inició los ejercicios de placer con Nastenka, después la comida sustituyó ese gozo. Así llegaron los kilos de más, por las cenas diarias entre las calles de la Ciudad de México.

Despertar no fue sencillo, pasó tres meses con nostalgia de lo que no sucedió, del futuro que construyó con un hombre que, pensó, merecía cada gramo en aumento y cada minuto invertido.

Mientras reflexionaba sobre esa pérdida de identidad por un año, la mujer llevaba su mano derecha a su zona cómoda, al lugar en el que se sentía dueña de sí misma, rozaba su flor con los dedos, extendía los pétalos que cubrían un pistilo delicado, que volvía a respirar tras días de encierro.

Esa tarde, después de un encuentro consigo misma, Nastenka decidió acabar con el amor que aún quedaba, decidió volver al sexo como materia de curación. Pero los kilos de más y la falta de actividad sensual habían mermado la seguridad de la morena de piernas largas, senos redondos y ahora de amplia espalda y cadera; así como una protuberancia en el abdomen.

Esa noche tenía una fiesta en el sur de la ciudad, a la cual asistirían algunos colegas y gente que aún no conocía. El escenario perfecto para retomar las artes de la seducción. Así que esperó toda la tarde, mirando el reloj y deseando verse tan sexy como años atrás.

Llegó la hora. Perfumó su cuerpo y lo vistió: pantalón ajustado, un escote en el pecho y tacones altos. Un atuendo que pronunciaba sus curvas. Estaba lista para salir.

Dejó su departamento con la seguridad que había guardado al ver su cuerpo modificado. La gente la miraba, cada paso que daba se escuchaba retumbar a lo lejos. Ella escuchaba en su interior una canción de los Bee Gees mientras movía su cabello, la cadera, los brazos, y sonreía mostrando los dientes, y por momentos mordía su labio inferior. De nuevo sentía esa sensualidad de antaño, la seducción interna, el gozo de su propio cuerpo.

Así avanzó por las calles y el Metro de la Ciudad de México, escuchando la música que le cambio la tristeza por el sueño de una noche de caos y destrucción, como solía decir en los viejos tiempos.

Al llegar al sitio de reunión subió unas largas escaleras y en la cima encontró a su amiga, la anfitriona; se saludaron y encaminaron a la mesa dispuesta para ella, donde ya la esperaban amigos y desconocidos. Sonriente, Nastenka saludó a los compañeros cercanos, pero antes de acomodarse en la silla, un cuerpo moreno, alto y amigable se acercó a abrazarla.

La morena percibió un perfume familiar, y en un instante recibió recuerdos de un año atrás, sintió nostalgia del hogar perdido, y al girar el rostro encontró al hombre que le puso y tiró su corona de cartón, era él. En ese momento se arruinó la idea de conseguir sexo de ocasión, pero algo no cambió, tuvo una noche de caos y destrucción.

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