Problema de identidad

Las putas no besan, esa es la ley básica de las aventuras de ocasión.
Romper ese código significa quedar vulnerable.

Foto Miguel Ulloa Maciel

Por Nastenka

Cuando tenía 12 años leyó su primer libro por ocio, se llamaba Yo soy una ninfómana. Por alguna razón desconocida ese ejemplar se convirtió en el inicio literario de sus hermanas y el suyo, ese título y uno de Herman Hesse eran los que componían la biblioteca familiar.

Aquel ejemplar en el que cinco mujeres contaban sus historias sexuales a su psicoanalista, hizo a Nastenka analizar las bondades del sexo y su diferencia con el amor. Era tan platónica como ardiente. A partir de ahí la palabra puta tenía una connotación diferente a la que escuchó cuando preguntó a su madre quiénes eran las mujeres que modelaban sobre Circunvalación.

Esas páginas vinieron a su mente cuando en la esquina de Isabel la Católica y Mesones, en el Centro Histórico, un hombre alto, de cabello rizado, ojos grandes, labios carnosos y piel tan blanca como la leche la tomó de la cintura sin avisar, la acercó hacia sí y la besó.

—Yo creo en los besos, en besar mucho, y perderme en las hormonas que despierta la saliva —dijo la joven al soltarse y mirar aquellos ojos—, pero no puedo besarte, me lo impide mi ética de prostituta.

Él sonrió y contestó: “si quieres dejo de hacerlo”, pero casi de inmediato se acercó de nuevo. Su lengua recorrió los dientes recién liberados de la presión del ortodoncista, y mordió aquel labio inferior que ella presiona cuando tiene un reto.

Nastenka disfrutó ese segundo beso tanto como la primera vez que un hombre la hiciera correrse sólo con juntar sus labios de forma sorpresiva. Lo que experimentó ese día lo volvió a sentir luego de 13 años. Y lo hizo por la ternura de ese rostro con casi 30 lunares.

Luego de ese acercamiento se concentró en el presente, en resolver un trato: “500 pesos por una hora sin incluir el hotel”. El tiempo comenzaba una vez que llegaran a la habitación, así que caminaron con calma por Isabel La Católica, no hablaron. En un impulso romántico ella lo tomó de la mano, lo miró y sonrió. Él apretó esos dedos delgados y miró de frente, sin detenerse.

Mónica era el nombre de una de las ninfómanas del libro. Era segura de sí misma, alta, con cadera ancha y cintura pequeña (Nastenka la imaginaba como una amazona en traje de oficinista), le decía al terapeuta que le gustaban sus senos y cómo se endurecían cuando un amante los acariciaba. Cada que estaba en consulta se tocaba con la intención de seducir a su psicólogo, quien se limitaba a escribir lo que detallaba la paciente: cómo disfrutaba el sexo. Ella era el modelo de puta que tenía Nastenka.

En la habitación, el hombre que decidido robó dos besos a la mujer que encontró en el Centro, se mostró nervioso, se sentó en la orilla de la cama y lanzó tímidas miradas a la mujer que de inmediato se desnudó frente a él.

Ella tomó el control, recordó a Mónica: primero se sentó con las piernas abiertas sobre el regazo de su cliente, movió la cadera en círculos para sentir el sexo contrario y quitó la playera de Star Wars que cubría el pecho de su acompañante.

El cuerpo contrario era tan suave y pálido que Nastenka tardó más tiempo en montarse en él, disfrutó el color que asomaba de vez en vez algunos lunares, de todos los tonos y tamaños.

Mientras la morena contaba esas manchas, recordó a Mónica que decía a su médico que tenía una fijación por los ojos, no soportaba que sus amantes la miraran directo al iris; en cambio, Nastenka disfrutaba verse en las pupilas contrarias. Saberse sensual y que al cerrarse los párpados su imagen permanecería ahí dentro, en lo profundo y que en un momento solitario sería la referencia de lo erótico.

El hombre de cabello chino se dejó tocar, besar, morder, rasguñar, la mujer bajó al centro de su cuerpo y descubrió su virilidad, probó su piel de pies a cabeza. Toda la acción la llevó ella, mientras él observaba la vitalidad de la chica.

—No sé qué piensas cuando me haces el amor, pero lo haces bien —le dijo su compañero.

Mónica sabía que su cuerpo era exótico, su piel tan oscura excitaba con sólo mirarla, así se quería sentir Nastenka y en el momento de mayor frenesí preguntó al hombre de grandes ojos ¿te gusta mi piel? Él no respondía, cerraba los ojos y gemía. ¿Te gustan mis senos?, volvía a preguntar, sin recibir respuesta. ¿Te gustan mis piernas?, por tercera ocasión cuestionó y no hubo respuesta.

Ella se dio cuenta de que no la miraba, que su rostro y figura no estaban en las pupilas contrarias, que ni siquiera la escuchaban.

En una parte del libro Mónica habló de un hombre que amó y pese al deseo que sentía por ella no hubo más que fuego a cambio de dinero. Mónica era adicta a él, sentía la asfixia del amor y su constante necesidad de coger con él, sabía que su juego era real, era tan puta como en ese momento lo era Nastenka, aunque para ella esa noche sólo cumplía la fantasía de su novio, coger por primera vez sin sentirse comprometido a amar a quien se atrevía a usurpar un lugar que pensó no era suyo.

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