Pass Ball

“A los jugadores les gustan las reglas. Si no tuvieran reglas,
no tendrían entonces nada que romper”
Raymond Lee Walls Jr

Por Nastenka

Apenas comenzaba la tercera entrada cuando la lluvia interrumpió el partido. Los dedos de goma, las gorras infernales y las matracas tuvieron que guardarse ante la salida de los equipos del campo.

Al ritmo de la música de órgano que ameniza los partidos, todos, jugadores, afición, mascotas buscaron refugio. En las gradas sin techo del estadio nos encontrábamos tú y yo, tan desprotegidos del aguacero que tardamos en resguardarnos el mismo tiempo que las porristas llegaron a los vestidores.

Una vez bajo las gradas nos reímos por la empapada que ganamos de camino al refugio, tenía la ropa tan ajustada al cuerpo que me sentía una animadora más y te presumía mis pechos erguidos por el frío, y casi perceptibles tras la ropa mojada.

Me abrazaste para que aprovecháramos el poco espacio y no recibiéramos las goteras de los asientos sobre nuestras cabezas, pero en esa posición rozaste mis pezones, tal vez eso te excitó porque tenía tu entrepierna, dura, tan cerca de la mía, que me sentí afortuna de medir 1.70.

Alrededor teníamos a más aficionados, era incómodo tocarnos, pero no imposible. Tu brazo derecho me abrazó y el otro se internó en mi playera libre del sostén, sentía recorrer tus dedos por mis senos; y yo tenía las manos bajas, una recorría tu cintura y otra acariciaba tu miembro. Sentí el deseo de poseerte, ahí, en medio de tanta gente.

Escuché al oído mi nombre: “Nastenka, te quiero”, y como si fuera una motivación extra movía con mayor ánimo el puño para lograr la precipitación interior; tú cerraste los ojos y seguiste susurrando mientras a los lados la gente reía porque no podía escapar de la lluvia, y tal vez de nosotros.

Miré tus lunares en el cuello y tu piel tan blanca que contrastaba con la mía; luego tus grandes ojos, en los que me veía pese a las gafas de pasta que cubrían medio rostro.

¡Oh, esos ojos que dominan, que abrasan, que consuelan, amo esos ojos!

El aguacero tardó en reducir su intensidad, pero nos dio tiempo suficiente para que cambiaras de posición, tus mano izquierda bajó y desabotonó mi pantalón, logró entrar a mi zona segura.

Aquella cavidad húmeda que recorriste en ocasiones anteriores con la lengua y con tu miembro se abría a tus dedos que primero rozaron la flor que une los labios. En esos movimientos sentí cómo la piel se erizaba desde los pies hasta la cara y seguía escuchando “oh, Nastenka”.

Fueron minutos de placer ininterrumpido, de exploración mutua y de un buen juego al bat. Logramos terminar como si de un home run se tratara, ya que justo cuando llegábamos al climax el Rock & Roll Part 2 de Gary Glitter se volvió a escuchar en el estadio. A ese ritmo empezaron los gritos, las matracas, los silbidos y… se ocultaron los gemidos que de nuestros cuerpos salieron.

“Buen juego, compañera”, me dijiste antes de besarme y apretarme el cuerpo con ambos brazos. “Buen juego, compañero”, te respondí después, al mirarme en tus ojos.

Salimos del refugio felices por el partido, satisfechos con el marcador y seguros de que no volveríamos al día siguiente, cuando se realizarían las siete entradas que faltaron.

Me prometiste regresar la siguiente temporada y cachar la kiss cam para besarnos frente a todos los asistentes y guardar un recuerdo de la pasión que me inculcaste, el beisbol.

Hoy que conozco el nuevo estadio recuerdo esa historia, mientras te veo con alguien más en la pantalla. Como los beisbolistas rompiste las reglas, cambiaste de juego sin avisar y me hiciste un out en primera.

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