Otra vez es lunes

Por Roberto Rosendo Ríos Vargas

@ROBERTDELRI0

Era una mañana de lunes, amaneció con lluvia; el transporte público circulaba sobre la Av. Chapultepec: mucho tráfico por la hora, mentadas de madre con el claxon de los autos, gente corriendo para abordar el transporte y gran cantidad de personas tratando de cubrirse de la lluvia, todo esto se veía a través de los cristales del microbús.

En el interior me acompañaban varias personas, cada una con su historia; la mayoría cerraba los ojos para descansar un rato más antes de llegar a su destino; el chofer llevaba prendida su radio y se escuchaba de fondo una canción de los Ángeles Azules misma que intentaba hacernos olvidar que era lunes y principio de semana. Los minutos pasaban y con ellos el micro avanzaba. En una esquina se subió una madre con su hijo, sin duda se dirigían a la escuela, pues el niño llevaba puesto su uniforme blanco que en algunos colegios se sigue usando para que los lunes se rindan honores a la bandera.

La señora le pidió al niño una pluma para firmarle la tarea, el estudiante sacó de entre sus cosas un bolígrafo azul con la tinta chorreada, el reclamo de la mujer se escuchó en todo el microbús, pues le decía que no podía ser que trajera la pluma en esas condiciones y que todos los lunes le compraba una nueva, el muchacho sólo la observaba después agachaba la cabeza por la tremenda regañada que le propinaban; en su defensa argumento que la culpable era su hermana pues siempre le tomaba sus plumas y nunca se las regresaba.

Metros más adelante y como si fuera coincidencia se subió una señora con su hija, también iban a la escuela, la niña cargaba su mochila y la dama muy arreglada se abría paso en el micro para poder acomodarse, ya en el fondo de la unidad le preguntó a su hija si había echado los tenis, la pequeña puso cara de preocupación al darse cuenta de que no los llevaba, fue entonces que comenzó la llamada de atención, la menor escuchaba atenta: “no puede ser que todos los lunes pase lo mismo, llegas el viernes a casa y te olvidas de todo, sólo quieres estar metida en la tablet y se te olvidan tus obligaciones, que irresponsable eres”, decía la mamá muy enfadada; mientras tanto seguía el ascenso y descenso de pasajeros.

Nuevamente el micro hizo una parada, y entre los que abordaron estaba una mujer con un joven más grande, éste llevaba uniforme de secundaria, traía una mochila parecida a la caja que usaban los caballeros del zodiaco para cargar sus armaduras, pero en ella seguramente llevaba sus libros y cuadernos correspondientes a cada una de sus materias.

Se sentaron casi frente a mí, la madre sacó de su bolso su maquillaje y comenzó a pintarse, el chico por su parte traía sus audífonos puestos, todo parecía en orden hasta que le preguntó si había metido la monografía a la mochila, el joven no le respondió tal vez porque traía la música a todo volumen (hasta yo escuchaba lo que oía); de pronto le arrancó el audífono y le dijo “te estoy hablando, bájale a tu chingadera”; el muchacho con la pena reflejada en el rostro apagó su música y puso atención: “que si trajiste la monografía”, preguntó de nuevo la mamá, el joven busco dentro de su mochila y mostrando un poco de nervios le dijo que no la había echado, que se le había olvidado en la mesa. Una vez más fui testigo de la transformación de una dulce madre en una enardecida mujer: “para eso me hiciste ir a la papelería tan pinche noche, por qué nunca pones atención, siempre es lo mismo caray, pero eso sí, de seguro si traes la carta que le estabas escribiendo anoche a tu noviecita, ¿verdad?”, el chavito ya no sabía qué hacer ni dónde meter la cabeza, pues no dejaba de recibir regaños.

Ya casi llegando a mi destino se subió otra mujer con su hijo, él era más pequeño que los otros tres, seguramente cursaba el tercer grado, mientras la señora pagaba los pasajes, el niño caminó hacia la mitad del microbús; ya acomodados le dijo “pon la mochila en el suelo para que te puedas agarrar bien”, en ese momento la cara del niño cambió y dijo a su madre, “¿mochila, cuál mochila?, yo no la traigo”, la mamá le gritó desde su lugar al chofer “aquí me bajo” y con toda la furia contenida, de un jalón tomó a su hijo de la mano y lo bajó, le acomodó un mazapanazo, le iba gritando y amenazando a cada paso, se alejaron por la avenida seguramente de regreso a casa para ir por la mochila; fue bastante cómico debo reconocerlo; la señora que había regañado a su hijo por la pluma chorredada le dijo: “ya vez, todos los pinches chamacos son iguales ni unos por grandes, ni otros por chicos”.

Todas esas coincidencias me hicieron recordar mis años en la escuela, los regaños de mamá, los castigos de papá y, sin duda el caos que se genera los lunes, pero hay que reconocer que aún de adultos, siempre se nos olvida algo, las llaves, la credencial del trabajo, el desayuno que nos preparó la esposa; la diferencia es que ahora ya no hay una mujer que nos regañe frente a la gente en el transporte público; fue bastante divertida esa mañana, pues las madres y los hijos hicieron que la semana comenzara diferente, con una sonrisa.

Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca. ¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico elbone089@gmail.com

El autor es reportero, cronista, escritor, especialista en lucha libre y aficionado al futbol.

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