Nuestra segunda cama

Por Roberto Rosendo Ríos Vargas

@ROBERTDELRI0

El calor que se siente dentro del gusano naranja cuando va repleto; las largas jornadas de trabajo; el cansancio acumulado de todos los días por levantarse muy temprano y acostarse tan tarde; el estrés; los malos hábitos alimenticios, todo eso sumado al suave meneo del tren al circular por las vías, son —sin duda— los causantes de que la mayoría de los capitalinos se queden dormidos durante su trayecto, sea la hora que sea.

Es impresionante la cantidad de gente que viaja en un vagón del Metro, pero lo es más notar que la mayoría de los usuarios se queda dormida apenas logra sentarse. Se acomodan, abrazan sus pertenencias para evitar que se las roben, cierran los ojos y se entregan en los brazos de Morfeo, como si el Metro fuera una extensión de su cama. Unos hasta roncan y hay otros caen de bruces cuando el transporte les hace la mala jugada de frenar intempestivamente.

Debo reconocer que en mi caso más de una vez, si no es que casi a diario, me he quedado dormido, algunas veces me han despertado para informarme que ya estamos en la terminal, lo que me apena; aunque creo que he desarrollado una especie de sexto sentido el cual me avisa que estoy cerca de llegar a la terminal o a mi estación de destino y por lo regular me despierto una o dos estaciones antes, digamos que es como un superpoder chilango.

Hace unos días, una señora se subió en la estación Merced con rumbo a Observatorio, tenía unos 35 años y llevaba cargando a un bebé, como aún había asientos, se sentó junto a una chica con uniforme de secundaría; la jovencita llevaba un libro y leía mientras la mujer alimentaba a su hijo, todo transcurría con normalidad, hasta que noté que la señora se había quedado dormida, de momento nada parecía fuera de lugar, hasta que la chica del libro levantó la voz hacia su compañera de asiento.

“Señora por favor, se me está encimando”, la mujer sólo la miró y con un gesto de burla se acomodó. Mientras el Metro seguía su camino, la madre cayó en un profundo sueño y cada vez se le encimaba más a la muchacha que trataba de esquivar la cabeza de la señora, en varias ocasiones estuvo a punto de golpearla; el bebé, también iba dormido, pero la mujer lo sujetaba con fuerza, aunque poco a poco éste quedaba a merced de los movimientos bruscos del vagón.

Una vez más la chica trato de acomodarse, pero su compañera de asiento invadía su espacio, pues seguía perdida en su sueño; cansada de que ya ni siquiera podía leer a gusto, se hizo a un lado, lo que ocasionó que la mujer casi se cayera del asiento con todo y bebé; ésta acción despertó la ira de la mujer que aún adormilada recriminó a la joven “chamaca grosera, ¿por qué te quitas?” –o sea todavía de que la viene cargando se pone al pedo, fue lo que pensé y seguramente lo que pensaron otras tres o cuatro personas que atentas mirábamos la escena—.

“Se me está encimando, ya le dije que no lo haga y sigue, por favor se lo pido de nuevo, acomódese, además también voy cargando a su hijo”, la señora no sabía qué hacer, en primera porque ella tenía la culpa y en segunda porque aún no terminaba de despertar, se volvió a acomodar y se volteó hacia la ventana, seguramente para evitar las miradas de los demás que negaban con la cabeza y reían de lo sucedido.

Dos estaciones más se volvió a dormir y de nueva cuenta se recargó en la chica que volteó a mirarla, suspiró y tragó saliva, intentando relajarse, miró su libro, luego hacia arriba, imagino que para saber cuántas estaciones le faltaban para llegar a su destino. Cerró su novela, la guardó en la bolsa, se tomó la cara, se acomodó una vez más en el asiento; se puso sus audífonos, buscó su canción favorita y comenzó a tararearla; parecía que la chica ya estaba resignada a lidiar con esa pobre mujer que moría de sueño.

Llegamos a la estación Juanacatlán, la señora dormía pese al bullicio capitalino; cuando el tren ingresó a la estación, la chica se levantó rápidamente, lo que hizo que la señora cayera de costado sobre el asiento vacío; fue tan rápido que casi suelta al bebé, pero en un movimiento muy preciso y con unos reflejos dignos del mejor portero del mundo, lo sostuvo fuerte, “pinche chamaca cabrona”, gritó; la joven la miró desde la puerta, esbozó una sonrisa y bajó del tren, muy satisfecha.

Nadie esperaba que la chica reaccionara de forma tan peculiar, muchos hasta se rieron de cómo logró despertar a la señora, lo peor es que ésta se enojó. Cuando #Ladysueño se recobró del susto, se sentó bien, le ofreció el asiento a otra mujer que estaba parada, quien se negó a estar junto a ella, prefirió ir de pie antes de convertirse en otra almohada humana.

Arribamos a Observatorio, el viaje había terminado. Abordé la combi, tras de mí también subió la señora con su hijo, se acomodó al frente, en medio de dos personas, el chofer tomó su rumbo, no pasó mucho tiempo y la señora cerró los ojos, seguramente alguien más le serviría de almohada para seguir soñando.

 


Envió un cordial saludo a todas las madres de México, espero tengan un feliz día de las madres. ¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico elbone089@gmail.com

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