Necedad adolescente

Por Roberto Rosendo Ríos Vargas

@ROBERTDELRI0

Regresaba a mi casa después del trabajo —había sido un día pesado—, la lluvia que cayó esa tarde en la Ciudad de México complicó todo: mucha gente desesperada por llegar a casa, caos en las calles por las avenidas inundadas, el Metro llenísimo y con retraso; problemas típicos de una gran urbe.

Por fin llegué al paradero de Pantitlán, esperé un buen rato para poder subir a la combi que me llevaría a casa —por un momento pensé irme en un taxi, por lo regular esa distancia la recorro aproximadamente en 15 minutos—, me subí y me acomodé en el asiento trasero.

Cuando el vehículo se llenó, el chofer arrancó, la mayoría de los pasajeros iban en su rollo: unos texteando o jugando, otros escuchando música, algunos más intentando dormir; un par de pasajeros platicaba de la larga jornada de trabajo y estudios, así como de la lluvia que había caído, mientras en las bocinas del colectivo se escuchaba el “Panda Show”, uno de los programas preferidos de los conductores de transporte público; en ese espacio, el locutor en complicidad con los radioescuchas, se encargan de hacerle bromas a la gente a través de llamadas telefónicas. Yo intentaba relajarme hasta que una voz llamó mi atención, al principio no le tomé importancia, pero poco a poco fue ganando mi curiosidad.

Se trataba de una joven de entre 16 o 17 años, quien iba acompañada de su madre, las estaban sentadas casi frente a mí, la chicha hablaba sobre la “estrategia” que tenía para aprobar la materia de inglés: mira mamá, no voy a entrar a clase todo el semestre para que la maestra me mande a final y cuando eso pase le voy a pagar a un chavo para que me de las respuestas del examen, la madre dejó de mirar hacia afuera de la combi y le prestó mayor atención a su hija.

“¿Qué vas a hacer qué?”, preguntó la madre con tono alto y de enojo; la joven volvió a mencionar su táctica y añadió que muchos de sus compañeros de otros semestres lo habían hecho varias veces; la respuesta de su interlocutora fue que lo mejor era estudiar y presentarse a clase para evitar hacer esa trampa que le podría acarrear muchos problemas.

La estudiante dejó de ver su celular por un momento, levantó la mirada hacia su madre y preguntó: “¿Qué no entendiste lo que acabo de decir?, no soy buena para el inglés y nunca lo he sido, hasta parece que no me conoces”. La señora volteó a ver a los pasajeros esperando que no hubiesen escuchado la forma en cómo le contestó su hija, se dio cuenta de que casi todos la ignoraban, así que volvió a la conversación con la joven.

—¿Y cómo se supone que te va a pasar las respuestas ese amigo que dices?, le preguntó enérgicamente.
—Mira mamá, contactas a este chavo por Facebook, le pides las respuestas del examen según la materia que necesites, él te da un número de cuenta para que le deposites la cantidad que te pida y cuando le hagas la transferencia te manda las respuestas, obvio presentas el examen y lo pasas —respondió de nuevo la joven muy segura de sí misma.
—¿Y si no le haces el depósito? pregunto de nuevo la madre.
—Pues te mata —le respondió rápidamente.

En ese momento no pude aguantar más y esbocé una ligera sonrisa, debo confesar que me aguanté las ganas para no reír más fuerte; no fui el único que escuchaba la conversación y me di cuenta cuando una señora situada frente a mí se burló. La madre intentó hacer que su hija desistiera de su loca idea, pero una vez más la joven le dijo que no entraría a clases y que haría lo posible por reprobar.

Cada que la madre quería hacer un comentario sobre el asunto, la hija le daba la vuelta; no cambiaba de idea y buscaba una y otra excusa para tratar de convencer a su madre de que era lo mejor que podía hacer. Mientras tanto, la señora se dio cuenta que no podía ganar esa discusión y decidió seguirle la corriente a la muchacha; casi al llegar a mi casa la madre le cuestionó cómo iba en matemáticas; la joven sonrió y con un tono burlón le dijo: “pues voy más o menos, total si no paso o me reprueba pues le escribo al chico que te conté para que me pase las respuestas del examen, ¿no?”.

En ese momento no puede aguantar más y solté una gran carcajada; le indique al chofer que bajaba en la siguiente esquina, descendí de la combi y dejé que la joven y su madre siguieran su camino, sin duda esa adolescente me hizo olvidar el largo día que tuve.

Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca.


¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico elbone089@gmail.com

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