Montevideo aún guarda las huellas de Benedetti

Por: Francisco Contreras
@FContrerasMX

“Demoraron dos horas en llegar al Centro. En la plaza tampoco había nadie. El héroe de la Patria, desde su corpulento caballo de bronce, por primera vez en varios años tenía un aire optimista”, llegó a mi cabeza mientras el ómnibus llegaba al final de su recorrido en la uruguaya plaza Independencia. A 8 años de su muerte, Benedetti seguía en su Montevideo.

Aunque la cita habla sobre unos presos que salen de la cárcel encontrándose con un país sin gente (Con y sin nostalgia, 1977), mi sorpresa es la misma al bajar del camión azul con blanco, pues, aunque no me encuentro con el panorama que relata Martín Santomé en La tregua (1960), Artigas reclama imponente desde su caballo el crédito que merece por su aparición en el cuento del poeta uruguayo.

Aquella visita al Uruguay de Benedetti fue en 2017 y hoy, en una revisión de su obra a cien años de su nacimiento pienso en cómo sobrellevaría Santomé la cuarentena con sus hijos y si acaso habría violado el encierro para ver a Laura o si le hablaría por videollamada. Por lo demás, recuerdo que aquella ciudad gris sigue inamovible frente a ese inconfundible mar.

Plaza Independencia

Al avanzar unos pasos frente al edificio de la Presidencia de la República me encara el Palacio Salvo, aquel «monstruo folklórico” que es “casi una representación del carácter nacional: guarango, soso, recargado, simpático» (La tregua). Como aún no es momento de dejar la Ciudad vieja, camino hacia el extremo contrario, a la derecha, para pasar junto a la vieja puerta que dio entrada a la muralla hasta 1825, cuando Uruguay declaró su independencia.

Plaza Matriz

Ahí me recibe la peatonal Sarandí, que entre un par de puestos callejeros –sí, ahí también hay— me llevó hasta la plaza Matriz, aquél cuadro de jardineras y árboles que rodean una gran fuente resguardada a su vez por la catedral y el cabildo, justo de donde después Santomé dijo:

 “Creo que en ese momento se me afirmó definitivamente una convicción: soy de este sitio, de esta ciudad”.

Aún hoy se puede sentir la presencia del escritor, pues quien conoce su obra encuentra aquellos recovecos que sirvieron de escenario para sus historias, e incluso, como yo al caminar en esta parte de la capital uruguaya, puede uno ir adivinando entre las casas cuál era la de Laura Avellaneda, o dónde estaba la oficina donde ambos se conocieron.

Pero Benedetti es más que esa tregua a Martín, incluso me lo recuerdan los altos edificios de que, rodeados de árboles, parecen resguardar a los paseantes de algún peligro invisible; cualquier departamento, cualquier despacho bien podría haber sido uno de los escenarios de los relatos de La muerte y otras sorpresas (1968), ese buen ejemplo de una muerte que ha mudado su piel funesta para verse un tanto poética.

Mientras me pregunto si habrá covachas con algún muerto, como en el cuento, me doy cuenta de que ya estaba frente al Salvo. Camino hacia él, y aunque quiero entrar a conocer a los fantasmas que, dicen, lo habitan, o subir al mirador y ver a su gemelo al otro lado del río, en Buenos Aires, no puedo entrar, hoy está cerrado.

En vez de eso salgo del circuito del General y camino por la avenida 18 de julio, que para el poeta era “como moverse por el patio de la casa familiar” (Andamios, 1996), por esa sensación de que todos los uruguayos se conocen. Y cómo pensar otra cosa, si un par de cuadras después llego al edificio que acogió a la familia Benedetti, cuya planta baja ahora es visitada por miles de personas al día, ya sea en su mini supermercado o la tienda de productos chinos a un lado, donde lo que más se encuentran son teteras y termos. No recuerdo la presencia del característico mate en alguna de sus historias.

Edificio donde vivió la familia Benedetti

Lo que quizá sí ha cambiado desde aquellos paseos en que el escritor planeaba sus relatos, es que ahora nadie se fija en los demás, todos parecen ir metidos en sus asuntos, eso sí, sin mostrarse egoístas con los demás, sólo en sus cosas. Llego a la esquina de aquellas tiendas y doblo a la derecha en Convención. Camino entre edificios de cuatro o cinco pisos, casi todos con restaurantes, u otros comercios al nivel de calle. Una cuadra después, apenas cruzar la esquina, me encuentro con el edificio gris, concreto adornado solo por sus grandes ventanales y las cajas pálidas de los aires acondicionados, que sirvió de morada al poeta antes del exilio de 10 años en Argentina.

Aunque no es que haya mucha diferencia en la arquitectura del centro de Montevideo, el edificio de la familia en la 18 de julio, este de Convención y el de Zelmar Michelini –unas siete cuadras más adelante—, en donde vivió al volver de Argentina y hasta su muerte, tienen mucho parecido, los tres son grises, tristes, con ventanales grandes y entradas minúsculas, como si aquella mole no quisiera que nadie entrara, o que nadie saliera.

De ahí no había de otra, me pasé al bar San Rafael que aún está en la esquina de aquella última morada y en donde acostumbraba a ir todos los días, aunque fue algo triste que no hubiera alguna mesa apartada para él en su memoria. Apenas entrar recordé a García Márquez y su viaje diario al Péndulo de Perisur a tomar un helado y un café por las tardes. ¿Será que por escritores se hagan esas costumbres?

Incluso acá creo que entran a colación el café Las Misiones (Veinticinco y Misiones), el bar Sportsman (18 de julio y Dr. Tristán Narvaja) y, claro, el Big Mamma (antes Café Sorocabana), donde escribió La tregua, y el mercado del puerto, cuyos churrascos quedaron inmortalizados en Andamios.

Aunque lo que en verdad parece no perder su belleza, sin importar cuántos años pasen entre su aparición en la obra de Benedetti y la actualidad, son el parque Rodó, punta Carretas y la playa de Pocitos, resguardada por aquellos edificios que lo conmovían tanto, pues decía que desde ahí era imposible confundir el agua del mar con el río, pero esa parte del recorrido será mejor para otra ocasión.

Playa Malvin

Cierro este recuerdo pensando en Quién de nosotros (1953), en sí ahora los nuevos amantes se hubieran hablado también por zoom, si el esposo habría podido o querido hacer algo diferente estando enclaustrado con ella. Aunque, a pesar de todas las variables que uno podría pensar al suceder en 2020, lo más probable es que Laura aún se habría enfermado de neumonía (quizá ahora a causa de la COVID-19) y también, indudablemente, la muerte sigue cayendo por sorpresa.

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