Match Point, dialéctica del deseo

Por Tapia Romero

@daromtap

Hoy en día se vive una era en la que el humano no puede escapar a la influencia de la condición postmoderna y capitalista, situación de lucha constante entre vencedores y vencidos que hace de la existencia un juego social e individual, que destaca, ya sea por su refrescante bucolismo y su delicado erotismo (sexual), así como por lo efímero de sus estructuras y resultados.

Una muestra de lo anterior es Match point, cinta dirigida por el cineasta norteamericano Woody Allen, en la que a través de la historia de Chris Wilton (Jonathan Rhys-Meyers), tenista irlandés retirado —que sueña con conseguir una cómoda y solvente vida económica— se recrea la encomiable trama del individualismo autodestructivo que actúa por encima del amor; de los instintos en beneficio de las entidades financieras.

Así, con una estructura lineal aderezada de causalidades y planos secuenciales, esta película aborda desde el éxodo globalizado —más nunca multiculturalita— en busca de una oportunidad o el éxito, hasta las simuladas relaciones afectivas contemporáneas —en alusión a los simulacros de Jean Baudrillard, en los que el sujeto se biparte en pos de saciar cada uno de sus anhelos.

Pero estos sueños de realización, como representación de un mundo actual de pluridad, llevan a los ojos del espectador que toda felicidad es una paradoja creada por la identidad de un pueblo lleno de convenciones, que en el caso de esta cinta es Londres, su cultura y su comportamiento parco o refinado, en el cual se sueña, sin siquiera percibir que se habita en una orbe plagada de las mentiras y autodecepciones que a la larga conducirán a dramáticas consecuencias.

Circunstancia que expone que nada ocurre por casualidad, ni siquiera cuando el protagonista de esta obra divide su vida amorosa apelando a las viejas concepciones del siglo XVII, en el cual este afecto era restringido a la nobleza —relación entre Chris y Cloe (Emily Mortimer)—, a favor de la procreación de primogénitos o fines económicos; pero en la que también la nobleza europea estaba llena de constantes eventualidades extramatrimoniales, para satisfacer los instintos sexuales y emocionales, como la relación adúltera del personaje principal con Nola Rice (Scarlett Johansson).

Por otra parte, en medio de sujetos convencidos de que están enamorados, pero no saben si existe algo más importante que ellos, o consolidar su relación con otros, Woody Allen utiliza un constante juego existencial, un ir y venir de situaciones creadas por cada uno de los personajes en alegoría a una partida de tenis, simbolizada por el ritmo acelerado de acción y reacción.

Como en el deporte o en la vida, Match Point también es cuestión de azar, pues qué sería de esta historia sin la aparición causal y casual de Tom Hewett (Matthew Goode) o de un anillo que choca en la barandilla.

Este filme demuestra que los sucesos se fundamentan en la disyuntiva ser-tener, confinando al espectador, como a los personajes, a sufrir momentáneamente la pérdida de sus valores en pos de la supervivencia monetaria.

El director rebasa las palabras de aquel científico francés, Blaise Pascal,  “aquel que duda y no investiga, se torna no sólo infeliz, sino también injusto”, pues exhibe al estado “natural de la cosas” la dialéctica del deseo, una paradoja retroalimentaría materialmente pero destructiva emocional y psíquicamente.

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