Marca de belleza

Daniela Montiel tiene 24 años y ve en la tinta un accesorio más para verse bonita. Cuenta con siete tatuajes y quiere uno más, el rostro de “chucky”.

Fotos y diseño Miguel Ulloa Maciel

Texto Anabel Clemente

pdf-daniela-2Tenía dinero, dos pesos para comprar chicles, no es que la goma de mascar le apeteciera, a ella le interesaban las estampitas que tenían las envolturas, eran tatuajes ocasionales que se ponía en los brazos y las piernas, su interés era decorar la piel, buscar accesorios. Así surgió su admiración por el arte del tatuaje. Su nombre es Daniela Montiel, vive en la colonia Jardín Balbuena, es estilista y tiene siete tatuajes.

A los 14 años se hizo el primero: “tenía dinero y sólo me pareció una buena locura”, así explica la razón de su decisión de llevar a la espalda, en la zona de la cadera un sol con una luna al interior y una D, su inicial. Gastó 350 pesos en un estudio cualquiera, bueno, el que estaba cercano a la secundaria en la que estudiaba.

“Me lo hice aquí en la Jardín Balbuena. Porque estaba cerquita de mi escuela. No conocía al tatuador, sólo tenía dinero y ya”, repite la ahora madre de un niño de dos años.

La chica de estatura pequeña, cuerpo delgado y sonrisa contagiosa, asegura que no se arrepiente de haberse decorado el cuerpo, desde pequeña quería hacerlo pese a la negativa de su familia: “Mi mamá me corrió de la casa, pero poco después se arrepintió, decía que era de la cárcel y que no iba a conseguir ningún trabajo”, recuerda.

El segundo fue resultado del amor adolescente, tenía 17 años y quería “algo lindo” en compañía de uno de sus “ex”. “Ni siquiera me acuerdo por qué fue. Tenía un trasfondo amoroso, y no invertí nada”, dice entre risas.

A la misma edad, ya sin el novio aquel, decidió hacerse uno más (lo vio en una revista): una mariposa que llevó a una zona que sólo es visible para su ahora esposo.

El cuarto y el quinto tatuaje le costaron muy poco dinero, dice —sin dejar de reír— que conocía a los tatuadores, ya no eran de la Jardín Balbuena, uno cercano al Metro Insurgentes y otro en el Centro Histórico, por eso el precio no pasó de cien pesos.

A los 22 años se hizo el tatuaje más caro, mil 200 pesos fue el costo. Se trata de una Kitti —la caricatura de un gato— que se hizo en la cintura, lo curioso es que estaba embarazada, entonces esa imagen le es más simbólica, aunque destaca que se lo hizo sólo porque tenía dinero y le gustó mucho el dibujo.

“Me veo más linda, adorno mi cuerpo”, es su respuesta al ser cuestionada sobre qué significa el uso de tatuajes. Daniela es una joven madre que sabe lo que quiere: una vida feliz con su esposo, su hijo y más tatuajes. La única limitante es el dinero, ya que sabe que un buen trabajo necesita de una inversión equivalente.

Su próximo diseño será un muñeco de cine, Chucky; se lo hará en la pierna o la espalda, aunque sus suegros no la tengan en el mejor concepto por su estilo de vida: “¿cómo me dijeron el otro día?, ah que cómo me atrevía a usar short”, dice mirando a los ojos a Daniel, su esposo, quien sólo tiene un tatuaje: el nombre de su hijo, Demián. 

daniela

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