Lucia di Lamermoor engalana Bellas Artes

Ópera llena el Palacio de mármol

Por Fernando Morales Orozco
@FradNandMX
Hace diez años vi por primera vez Lucia di Lamermoor en el Palacio de Bellas Artes. En ese entonces, cantaban los roles protagónicos una ya madura Olivia Gorra –gran soprano mexicana quien llegaba con cierta dificultad, que no por ello menos perfección, a las notas altas del rol–, y un Fernando de la Mora, con su acostumbrado dramatismo que raya en el grito desaforado. Ya desde entonces conocía las versiones grabadas de Joan Sutherland y de Maria Callas, ambas grandes íconos de la ópera del siglo XX y que son, hasta el momento, referente obligado de lo que debe hacer cualquier soprano que se atreva a cantar el rol de la joven Lucia.
Hoy por la tarde, después de visitar nuevamente la exposición China no es como la pintan en San Ildefonso, me dirigí nuevamente a Palacio para participar del matrimonio entre Lucia y lord Arturo Bucklaw, ceremonia marcada por la tragedia, dado que la novia de Lamermoor está perdidamente enamorada de Edgardo, pero por una cuestión política de la Escocia del siglo XVII, debe jurar fidelidad en unas nupcias arregladas, lo cual la hace perder la razón y asesinar a su marido en la noche de bodas.

Telón inicial de la ópera Lucia di Lamermoor

Para mí ha sido una grata sorpresa atestiguar la propuesta escénica de la producción del Teatro del Bicentenario. Enrique Singer y Phillippe Amand decidieron trasladar la escena de las frías tierras escocesas hacia la Europa continental y tomar como base de su escenografía los claroscuros de la pintura barroca.

Un telón enmarcado por las maderas doradas, el cual representa un mapa antiguo de las islas escocesas se abre para dar paso al primer cuadro que nos muestra al clan de los Lamermoor, comandado por Lord Enrico Ashton, trayendo a la vida la “Ronda nocturna” de Rembrandt, pintura icónica del barroco flamenco. Así, cada uno de los personajes, conforme entra a escena, viene acompañado por otro marco dorado y un fondo proceloso. De esta manera, vemos cómo Lucia se convierte en “Judith cortando la cabeza de Holofernes” o cómo Edgardo encarna “El entierro del señor de Orgaz” en el último de los cuadros de esta claroscura puesta en escena.
Doblemente sorprendido quedé con la magnífica propuesta vocal que integra el elenco principal de esta producción. Si bien sé que debería comenzar por los roles principales, para mí fue un magnífico hallazgo escuchar la prodigiosa voz de Ernesto Morillo, venezolano, en el papel del (ahora) fraile Raimondo Bidebent; bajo profundo que logra cautivar con sus notas más oscuras, al tiempo que llena la sala con su potencia.
Leonardo Sánchez, el joven tenor que aparece tan solo diez minutos en escena, pero que logra transmitir a su papel una cierta inocencia, mezclada con la soberbia de los jóvenes adultos que saben del poder ostentado, aun cuando no saben qué hacer con él.
Es esta soberbia, mezclada con inocencia la que lleva a Arturo Bucklaw a aceptar el trato con los Lamermoor, de tomar a Lucia en matrimonio para salvar el nombre de la familia ante la subida al trono de María Estuardo, sin saber que con ello sella su destino.
Enrico Ashton, encarnado por Juan Carlos Heredia, a través de su voz de barítono logra convencernos de su mezquindad, así como la capacidad de ejercer violencia sobre su hermana al obligarla a casarse con aquel que no ama. El ensamble de voces secundarias se completa con la de Gabriela Flores, en el papel de Alisa, la doncella de Lucia, y Gilberto Amaro, en el de Normanno.

El tenor Ramón Vargas

Comencé recordando las voces de Olivia Gorra y de Fernando de la Mora, porque los dos cantantes que encarnan los protagónicos en esta ocasión, son dos personajes de distintas características. Edgardo di Ravenswood está maravillosamente ensamblado por un magnífico y maduro Ramón Vargas, a quien el tiempo no le ha hecho menguar su voz. Si bien, vi a un Edgardo sobrio y mesurado en el primer acto, durante el cuadro de la boda, en el sexteto “Chi mi frena in tal momento”, así como en el último cuadro del tercer acto, en el que se convierte en la figura central: desde el instante en que inicia “Tombe degli avi miei”, hasta que comete suicidio mientras entona “Tu che a Dio spiegasti gl’ali”, nos demuestra una técnica perfecta para sostener cada uno de los tonos, así como su filigrana vocal al pasar de los crescendos antes de apuñalarse, hacia los pianos de un hombre que está a punto de expirar.

Irina Dubrovskaya, soprano, interpreta a Lucía

No es gratuito que Vargas sea una de las figuras más famosas del mundo operístico de la actualidad. Su dominio escénico, su técnica depurada y su madurez vocal contrastan agradablemente con la juventud, la potencia y la dulzura de la voz de Irina Dubrovskaya, quien con gracia y soltura encarna perfectamente a la joven Lucia.
Parafraseando a Guglielmo Barblan, Dubrobskaya da vida a la hermosa Lucia acompañada por el arpa en su sueño de amor; silenciada por su hermano mientras susurra tristes notas en conjunto con el oboe; sollozando junto con los violoncellos mientras es obligada a firmar su acta matrimonial y acompañada mágicamente por la flauta en la irrealidad y la locura de su última escena delirante.

El director de orquesta, Srba Dinic

Arpa, oboe, violoncello y flauta, así como el resto de la orquesta, presentan un magnífico trabajo bajo la dirección de Srba Dinic, quien ha demostrado ya en varias ocasiones el talento y la maestría por los cuales ocupa el puesto de director de la orquesta de Bellas Artes.

Como siempre es un gusto escuchar el Coro de nuestro Teatro y ver caras conocidas, familiares, que he visto y escuchado a lo largo de los años y que ahora vienen vestidos como españoles del siglo de oro, para abordar un coro ya clásico del repertorio de la música coral como “Per te d’immenso giubilo”. En conjunto, la atrevida propuesta escénica, la orquesta, el coro y los solistas, me han dado una de las noches más mágicas que he vivido en Bellas Artes, a lo largo de casi quince años de asistir a las presentaciones de la Ópera del Palacio.

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