Los retazos de Frankenstein en el cine

Por Francisco Contreras
@FContrerasMX

Irónicamente el monstruo de Frankenstein —uno de los disfraces de Halloween más comunes— es ahora un montón de retazos de todas las versiones hechas de la novela clásica de Mary Shelley.

Cada cineasta ha querido darle su toque especial a la fatídica creación del doctor Víctor Frankenstein, aumentando, quitando y cambiando detalles a discreción, alejándose en muchas ocasiones de la trama original. Actualmente hay más de 90 versiones cinematográficas.

Pero vamos por partes. La historia de Shelley relata la vida del doctor Víctor Frankenstein y las causas que lo llevaron a buscar revivir a los muertos; así como los hechos que lo acercaron al estudio del galvanismo –que en el siglo XVIII los científicos practicaban pasando electricidad por articulaciones humanas y de animales para dar la apariencia de que éstos volvían a la vida—; cómo creó a la criatura y el error que cometió al crear un hombre de 2.40 metros con dos corazones y fuerza sobrehumana que, sin una buena guía, engendró la maldad que amenazó a la humanidad y su familia.

Como dije, hay más de 90 versiones solo en la pantalla grande, a las que se suman las de televisión, teatro, música… y aquí es donde todo se pone confuso pues en el libro, la piel del monstruo es grisácea por la falta de circulación sanguínea común en los humanos, el cráneo es normal y el cerebro también, así que no habría necesidad de cambiarle de forma y hacerlo cuadrado como en la clásica versión hollywoodense de 1931, en la que lo interpreta Boris Karloff.

Esa versión es la que moldeó la estética del monstruo hasta la actualidad, quizá por ser la primera de gran envergadura, pues la de 1910 (dirigida por Andrew Tung y producida por Thomas Alva Edison) lo muestra con características neandertales, mucho pelo, y la capacidad de entenderse con el doctor.

Un dato curioso es que Tung da a entender que aquella creación era el mismísimo Frankenstein en una especie de Dr. Jekyll y el sr. Hyde, jugando con la idea de Shelley de no darle nombre para que el lector dudara entre si el monstruo era el revivido o el creador.

Aunque existen muchas versiones que mantienen esa estética del hombre alto, delgado, verde, cabeza cuadrada y clavos en el cuello, algunas cintas lo han mostrado como un enorme chimpancé, siendo el de Aaron Eckhart en Yo, Frankenstein (2014) el más parecido al humano común, aunque esa versión sale de un libro de Kevin Grevioux y no el de Shelly.

Sin embargo, el que más se asemeja al de la novela original es —a mi parecer— el interpretado por Robert De Niro en Frankenstein de Mary Shelly, dirigida en 1994 por Kenneth Branagh, pues mantiene la forma humana del cráneo y muestra claramente las cicatrices como quedarían en la piel revivida, además de que sigue la línea de tiempo original y tiene oportunidad de sufrir el repudio de su creador y de la gente con la que se encuentra.

Otro atributo es la forma de hablar, leer y escribir, pues en las demás películas es tan corto el tiempo que pasa entre su resurrección y el ataque al doctor o a la aldea, en los que solo gruñe, grita, arrastra los pies y mueve el cuerpo de forma torpe. Lo que nos lleva a otro punto: la intención.

Shelly nos narra una historia de redención, esperanza y nos da un mensaje claro siguiendo las palabras de Rousseau, pues según ella el hombre nace bueno y la sociedad es la que lo corrompe; como el monstruo, al saberse rechazado por quien lo conoce y que al no conectar con su creador ni tener siquiera un nombre, jugar venganza por darle una vida cuyo único propósito pareciera ser sufrir.

Quizá este mensaje encaminado hacia los científicos y médicos que practicaban el galvanismo, pues estaría diciendo que, si bien pueden volver a dar vida a los tejidos de los seres queridos, no podrán regresarles el alma, mandando a la calle a un montón de zombis.

Pareciera que el único objetivo de las películas es asustar, por lo que es recurrente que el monstruo solo gruña y use su fuerza bruta ante cualquier situación por simple que sea, dejando de lado que cada músculo y órgano de aquella criatura debe tener memoria (para esto quizá sería bueno ver 21 gramos) y que, como dice el monstruo de De Niro: “¿cuál de todas las partes con las que me hiciste sabía tocar la flauta, eran las manos o el cerebro?”.

Otra de las grandes diferencias entre la historia original y las películas es Igor, pues mientras el doctor de Shelley creó al monstruo como un experimento para revivir personas (quizá su madre), se sentía tan avergonzado de cometer una blasfemia como la de crear vida de la nada, que lo hizo solo, escondido en su desván y únicamente se lo confesó en su lecho de muerte al capitán Robert Walton, pero en algunas versiones le han hecho acompañar de Clerval (que a veces hasta resulta estudiar medicina cuando en sí era comerciante) o de Igor, un vagabundo jorobado.

Al menos en la versión de 2016 en que Daniel Radcliffe interpreta a Igor, el doctor Víctor le quita la joroba que resulta ser un absceso, e incluso en esa resulta que tiene conocimientos de anatomía y medicina, por lo que lo ayuda en sus experimentos. Pero casi siempre tiene un ayudante y hay una versión en que Igor es el nombre del monstruo.

Así que, para mí, la mejor versión cinematográfica de Frankenstein es la de 1994 con Branagh y De Niro, la más apegada al original, al menos la primera mitad, pues después parecen perder la cordura y revivir a Elizabeth sólo para crear una abominación, pero eso te lo dejo de sorpresa.

Lo que podemos rescatar de todo esto es la similitud entre el galvanismo y la acupuntura (emplean principios similares) y que quizá la obra pudo tener bastante impacto en la idea de la donación de órganos.

Ya mejor ni hablar del “Frankenstein” de La familia Monster, Frankenweenie (a escala, pero no tan diferente del original), el Hotel Transilvania, la versión de Abbot y Costello, ni la de El Santo. Lo que sí, hay canciones interesantes como la de Alice Cooper, la de Mister Chivo, y hasta una ópera rock y un ballet.

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