“Los poetas sienten más el arte que los críticos de arte”

Por Alfredo Montes Sánchez

Miguel Ángel Muñoz (Cuernavaca, Morelos, 1972) se muestra radical en sus juicios sobre el arte del siglo XX. No es un secreto su pasión por el arte europeo del siglo XIX al XXI.

Autor de varios libros de ensayos: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos (Editorial Praxis, 1999), Ricardo Martínez: Una poética de la figura (conaculta, 2002), Canogar (Museo de Arte Contemporáneo Pelaires, Mallorca, España, 2004), Gutierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso (conaculta, 2009), El espacio vacío (conaculta, 2010), y de poesía El origen de la niebla (conaculta, 2006), Fuego de círculos, (Editorial Praxis, 2012), entre muchos otros.

Con este pasado, Muñoz es hoy un hombre tan crítico como apasionado cuyo recorrido por el arte contemporáneo lo ha llevado por múltiples museos y bienales de todo el mundo, sobre todo España y Francia, quizá sus países preferidos, no sólo por el arte, sino por todo lo que conlleva.

Ha trabajo personalmente con múltiples artistas: Richard Serra, Antoni Tàpies, Eduardo Chillida, Roberto Matta, Ignacio Iturria, Rafael Canogar, Antonio Saura, Francesc Torres, Miquel Barceló, Esteban Vicente, José Luis Cuevas… Acaba de publicar los libros: Elogio al espacio. Aproximaciones sobre arte de Rubén Bonifaz Nuño (unam, uam y Colegio Nacional, 2012) y José Hierro. Los sentidos de la mirada (Editorial Síntesis, Madrid, 2013), ambos libros reúnen por vez primera los textos de arte de estos dos grandes poetas.

“Me costó casi dos años de investigación, pues tuve que consultar una gran cantidad de archivos —sobre todo el de Hierro—, para poder rastrear los textos, que los dos escribieron en diversos momentos de su vida creativa. Pero, creo, que el de Hierro fue más complicado, pues escribió mucho durante casi treinta años”.

Muñoz comienza, aclarando conceptos, definiendo términos, como si inventara su propio lenguaje poético y crítico: “El vocabulario del historiador del siglo XX y del XXI abusa del término vanguardia, que en muchas ocasiones yo prefiero no utilizar. La vanguardia se da durante las tres o cuatro primeras décadas del siglo y en el comportamiento de todos los artistas durante una fase inicial de su carrera».

—Trabajar con dos poetas tan grandes como José Hierro y Bonifaz Nuño deja secuelas. El humor y el laconismo, unido a una inteligencia explosiva, ¿no te hicieron pensar dos veces antes de emprender tan delicado trabajo?

—No. Lo más complicado fue ordenar su archivo personal y seleccionar los textos que me parecieron más interesantes. Lo que me asombraba de Hierro es su capacidad creativa, pues no es sólo uno de los grandes poetas de la segunda mitad del siglo XX, sino también un extraordinario crítico de arte. Su capacidad para salvar una vivencia era asombrosa. Fue un descubrimiento y un asombro al mismo tiempo. Pero cuando vi los archivos me dije: “Uff y ahora…”, pero fue todo un placer leer y revisar caja por caja, para darle orden a mi proyecto. De igual modo, con Bonifaz, que tuve la fortuna de trabajar con él este libro, y de contar con la ayuda de Paloma Guardia, para resolver mis dudas.

—Dices que había una cantidad importante de textos de Hierro sobre arte. ¿falta algún adjetivo para definir su revolucionario trabajo?

—No. Creo que hice una selección muy importante, y que es de alguna manera, un excelente registro de las artes del siglo XX en Europa. Hierro vio nacer movimientos artísticos como el Informalismo —que funda el grupo El Paso—, que creció y evolucionó para convertirse en una referencia artística en el siglo XX. Y, desde luego, fue testigo de primera mano, de la evolución pictórica de artistas como Matta, Tâpies, Barceló, Canogar, etcétera.

Con Bonifaz Nuño fue diferente, pues la primera sección, son los ensayos sobre el arte precolombino, entre los que destacan los ensayos: “La ciudad y el templo”, “La mal llamada Coatlicue”, “La calabaza”, “Cabeza de serpiente”, “Coyolxauhqui”, “Cihuatéotl”, “Felino de la Colina”, “Tláloc”, “Máscaras”, “Calaveras de piedra”, “Arte de Mezcala”, “Arte teotihuacano” y “Arte mixteca”, que eran ensayos que aparecían ya en varios libros. El segundo grupo, son textos de arte contemporáneo, sobre todo la pintura de Ricardo Martínez, Santos Balmori y la escultura de Ángela Gurría. En el tercer apartado se presentan los poemas que Bonifaz dedicó a la obra de Elvira Gascón y, “El corazón de la espiral”, dedicado a Ángela Gurría.

—Trabajar con estos dos poetas es ir de un descubrimiento a otro. ¿Cuál es el asombro mayor que le causó trabajar con ambos?

—Lo más importante fue descubrir los límites que sugieren sus textos y lo que deben aportar al lector. Es decir, toda obra de arte es abierta. De los dos aprendí mucho, sin embargo, de Hierro a mirar y a escuchar el arte. Estar con él en el Museo del Prado fue descubrir de nuevo a Goya, Velázquez, Tiziano, y en especial, la pintura italiana del siglo XVII. Y, desde luego, entendí más a Picasso, Braque, Tâpies o Barceló… Era escucharlo describir un cuadro para mantener el asombro. Con Rubén Bonifaz fue redescubrir el arte prehispánico y su vinculación con el arte contemporáneo mexicano. Creo que este puente lo cumplen en especial dos artistas: Ricardo Martínez y Ángela Gurría, ambos amigos comunes y entrañables para mí. Sin duda, dos de los artistas más interesantes para Bonifaz. Dos lecciones magistrales, son grandes poetas, con los cuales tuve la fortuna de trabajar.

Aunque debo decir que con el libro José Hierro. Los sentidos de la mirada, pago una vieja deuda con Hierro, pues hace más de diez años tenía en mente este proyecto. Tuve la suerte de estar con él en muchos momentos, pues tuvimos una relación muy cercana, aunque yo vivía en México y él en España, siempre que viajaba a Europa nos veíamos. Aprendí mucho de él, y estoy eternamente agradecido de haberlo conocido. Mucho lo admiré como escritor, pero lo echo de menos como amigo y guía, no sólo en la poesía, sino también en la vida cotidiana.

—Uno de los temas de Hierro fue el arte abstracto, que tengo entendido que es para ti fundamental. ¿Es la abstracción la característica más generalizada de los movimientos artísticos durante la primera mitad del siglo XX?

—La abstracción es un concepto problemático. Mezcla desde posiciones experimentales, como la de los vanguardistas del este de Europa, hasta Kandinsky, que también se considera abstracto y el expresionismo abstracto estadounidense, que no tiene nada que ver. Es problemático porque se define a partir de un componente negativo: la ausencia de figuración y, como han dicho artistas como Picasso o Miró, nunca hay una pintura que no sea figurativa de algún modo.

—¿Crees que no existe la pintura abstracta?

—No en términos totales. Sin embargo, si buscamos una característica positiva, que no sea sólo la ausencia de figuración, para definir buena parte de la llamada pintura abstracta, ésta se encuentra en la analogía musical. Esta analogía se encuentra en autores que se asocian con un ritmo. Por ejemplo, Boccioni. En los hermanos Delaunay, en Kandinsky, en el Monet de Los nenúfares. Es una tradición que continúa con Klee y, de modo más lejano, en Miró. Eso sí, forma una tradición importante que atraviesa todo el siglo XX, y que sigue teniendo fuerza después de la crisis de la modernidad. Hay una abstracción posmoderna muy poderosa y clásica; Sean Scully, Charo Pradas o Xavier Grau podrían ser sus dignos representantes.

—¿Al juzgar el siglo XX te muestra más partidario de las figuras aisladas que de los movimientos. ¿Opinas lo mismo del arte actual?

—Mi aproximación al arte actual es exclusivamente por figuras. Los mecanismos de difusión del arte actual están terriblemente condicionados por intereses de mercado. Esto enmascara su realidad. Con todo, me interesan mucho pintores como Gerhard Richter, Robert Rauschenberg, Ràfols-Casamada, Rafael Canogar, Tàpies, Scully; fotógrafos como Chema Madoz, Robert Frank, Alberto García Alix, Tracey Moffalt, Duane Michals, Nan Goldin; creadores como Bill Viola, Louise Bourgeois, Cristina Iglesias, Francesc Torres, Jenny Holzer, Rebecca Horn, Tacita Dean… Aunque creo en realidad que el gran genio del arte del siglo XX es Picasso y no tiene límites su obra… Pero sí te puedo decir que para mí los cuatro artistas más influyentes hoy día son: Jasper Johns, Gerhard Richter, Mariana Abramovich, Bill Viola y Miquel Barceló

—¿Qué opina de los artistas mexicanos…?

—Siento que hay buenos artistas, pero que tienen una fecha de caducidad. Me explico: Teresa Margolles, Betsabeé Romero, Gabriel Kuri, Carlos Amorales, Abraham Cruzvillegas, Demián Ortega…, son artistas con poco interés para mí. Las llantas de Romero o las mantas y muros de sangre de Margolles, tienen caducidad estética pronta. Son proyectos destinados a una bodega de algún coleccionista rico o a las de un museo, que va tener que buscar algún lugar en las enormes bodegas. Gabriel Orozco, es un caso aparte, algunas obras excepciones, otras…. Es un heredero directo de los grandes artistas conceptuales, y sobre todo, es de los pocos artistas que ha entendido a Joseph Beuys y a Duchamp. Y de la pintura… Me interesa la abstracta, como la de Alfonso Mena, Miguel Ángel Alamilla, y alguna figurativa, como la de Francisco Toledo, Rubén Leyva o José Villalobos.

—A su juicio, ¿cuál fue el último gran movimiento del arte moderno?

—Creo, sin dudarlo, que el informalismo fue y es el gran movimiento internacional. Se dio en Europa y Estados Unidos, donde recibió el nombre de expresionismo abstracto. Hay artistas clave, fuera de serie, como Antoni Tàpies, Josep Guinovart, Antonio Saura, Rafael Canogar, Manolo Millares, Pierre Soulages, Tal-Coat, en Europa, o estadunidenses, como Pollock, Willem de Kooning, Motherwell, Rothko, Franz Kline o Cy Twombly. El interés por la materia coincidía con una rebelión contra la forma. Lo que siguió ya forma parte de la posmodernidad. La disponibilidad frente al pasado caracteriza la modernidad.

Se ha pensado que la modernidad era la época en la que la creación artística estaba más determinada por la contemporaneidad, pero no es cierto. Por ejemplo, el escultor románico está mucho más determinado por su tiempo porque no conoce otra cosa. La modernidad es histórica. Se caracteriza por la disponibilidad de un pasado cada vez más amplio y cada vez más rico si lo sabemos entender. Pero insisto: No hay vanguardias en el siglo XX.

*Esta entrevista fue publicada originalmente en el suplemento «La Cultura en México» de la Revista Siempre, el 6 de abril de 2013.

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