Los mariachis callaron

Roberto Rosendo Ríos Vargas

@ROBERTDELRI0

Un día me fui con mi chava a echar pasión. Nos pusimos de acuerdo y decidimos ir a un hotel de paso, ya que ni en su casa ni en la mía existían las condiciones idóneas para darnos gusto “a nuestras anchas”; así que decidimos buscar un nidito de amor, aunque rentado por unas horas.

Estábamos emocionados, nos lanzamos a de la colonia Doctores. Me acuerdo que nos cobraron como 200 pesos, bien barato. Comimos antes para no gastar más, solo llevábamos botana y muchos globos para la fiesta.

Apenas abrimos la habitación y desbordó la pasión, que si unos besos por aquí, otros por allá; lentamente deslizamos la ropa; estábamos a punto de darle gusto al cuerpo cuando… de pronto un ruido extraño llamó nuestra atención.

(Me río, y sigo con atención el relato de Eduardo)

—¿Escuchaste?— me dijo mi novia

—Sí, ¿qué será?— le contesté sin dejar de hacer lo que obvio. De pronto, otra vez el mismo ruido, fue como un grito desesperado. Igual pensé que en una de las habitaciones alguien también le estaba dando vuelo a la hilacha, pero ese grito era más de dolor que de satisfacción; así que me levanté y como dice la canción, “con el amigo parado”, me acerqué a la ventana para ver si alcanzaba a observar algo.

Por unos minutos hubo silencio, así que volví a lo mío; en eso estábamos cuando los ruidos extraños se escucharon de nuevo, pero ahora con más intensidad y a lo lejos se oían voces y llantos entrecortados, como si a alguien le estuvieran obligando a hacer algo que no quería.

—¿No mames, otra vez?, no dejan coger a gusto— fue lo que pensé y aunque quería seguir con lo mío, no lograba concentrarme, los gritos eran cada vez más fuertes. De nuevo me acerqué a la ventana y la abrí para escuchar mejor; mi chica también se levantó y se puso junto a mí para poder observar lo que pasaba.

De pronto, una voz provenía de la habitación de enfrente; era la de un hombre que lloraba amargamente y entre su llanto le pedía a otra persona que no lo hiciera.

—Por favor no lo hagas, no seas así— decía la voz.

Le pedí a mi novia que marcará a recepción y que le comentara a los encargados lo que pasaba, ya que lo gritos eran cada vez más constantes y el llanto iba en aumento.

Ella marcó y cuando colgó, volvió a pararse junto a mí para seguir observando, los encargados del hotel tardaron en subir. En ese lapso los gritos y el llanto se dejaron de escuchar. Tocaron la puerta pero nadie abrió así que se retiraron, pronto los gritos comenzaron de nuevo, ahora se escuchaba una pelea. Otros huéspedes se asomaron por las ventanas, tan atentos como nosotros.

—No compadre, por favor, no sea así… no compadre, no lo haga, por favor— insinuaba un hombre.

(—¿Neta, está pasando lo que estoy pensando?— le pregunté a Lalo, él siguió su relato)

Le pedí a mi chava que mejor se vistiera por si en algún momento teníamos que salir corriendo de ahí, uno nunca sabe, hay gente bien loca en esta pinche ciudad. Ella se vistió y yo también, recogimos nuestras cosas y esperamos.

En la habitación de enfrente seguía pasando algo, los gritos y el llanto continuaban, los encargados del hotel subieron otra vez, tocaron la puerta lo más fuerte que pudieron y al no tener respuesta usaron sus llaves de repuesto para irrumpir.

Por un momento imperó el silencio, pero después, un hombre corpulento salió de la habitación, usaba un traje de mariachi y sus botas muy bien boleadas; estaba desfajado y se subía el cierre; no portaba bien la camisa y por la forma en la que hablaba y caminaba se notaba que estaba borrachísimo. Tras de él salió otro hombre, más bajo de estatura y menos gordo, éste no traía camisa y usaba también el mismo traje; caminaba un poco raro, pero no creo que hubiera sido porque estaba borracho, algo más le pasaba; además  él era el que lloraba.

(—¿No mames se lo estaba tirando?— debo reconocer que me dio mucha risa lo que Eduardo me estaba contando)

Se estaban dando fuego, de mariachi a mariachi; le estaba clavando la trompeta al del guitarrón y seguramente como estaban hasta la madre, pues ya al calor de las copas el más grande le quiso demostrar “su afecto”, ambos nos reímos.

Los encargados del hotel les pidieron que abandonaran el inmueble. El mariachi más corpulento se negaba, pero amablemente le indicaron que ya habían llamado una patrulla por alterar el orden, así que ambos salieron semidesnudos de la habitación, cargando sus instrumentos.

Con todo el alboroto de afuera creo que se nos fueron las ganas de seguir con lo nuestro, así que poco después también nosotros nos retiramos.

Cuando salimos y caminamos rumbo al Metro, vimos al par de músicos sentados en la banqueta, bien pedos, uno le sostenía la trompeta al otro; mi novia y yo nos miramos y nos cagamos de la risa, tal vez al más chico ya le había gustado sentir la trompeta de su compadre entre sus manos. Seguimos nuestro camino dejando atrás a tan singulares personajes.

La pasión de unos acabó con la pasión de otros, es lo que me queda de esta historia que me contó Lalo, y como dicen por ahí, si sales a echarte unos tragos, hazlo con quien más confianza le tengas, porque así si al calor de las copas las cosas se salen de control, al menos todo quedará entre “amigos”.

Nos vemos la próxima recuerden que siempre hay una historia que contar.


¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico elbone089@hotmail.com

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