Los lavaderos

Por Yanira Franco

Era domingo, el sol mostraba sus primeros rayos y Mari comenzaba su rutina de cada ocho días: se levantaba, amarraba su cabello con una liga, se ponía un mandil y buscaba en cada hueco de las recámaras la ropa para lavar. En ese hurgar bajo las camas dudaba sobre también asear las sábanas, se negaba pero después regresaba por ellas.

No tenía lavadora y  menos una secadora, así que su tarea comenzaba muy temprano, porque debía aprovechar el sol para tener los tendederos llenos y anticiparse a la lluvia. Un reto en esos días de verano.

En la vecindad, ubicada en el barrio de Vallejo, en el norte de la Ciudad de México, había  tres lavaderos comunitarios y lazos que se cruzaban en el gran patio central rodeado de cuatro departamentos.

Ahí, en esos mismos lavaderos, Paz, la vecina del departamento junto a la entrada, ya tallaba con ritmo: estira, regresa, enjabona, enjuaga… y repetía. Ella se despertaba antes que Mari, ya que tenía que levantar a sus hijas, cuatro muchachas de las cuales dos trabajaban hasta en fin de semana ante la falta de ingresos por la ausencia del padre.

En el barrio se rumoraba que el marido tenía otra familia, pero aquella vecina no hacía caso, aunque su cara delataba su infelicidad y desesperanza.

Mari, la inquilina de la vivienda del fondo, sólo tenía una hija aunque deseaba tener uno más, para que la primogénita “no estuviera sola”, eso decía cada vez que le preguntaban por su futuro.

También tenía un esposo, un policía adicto al alcohol, enfermedad que ni él ni ella aceptaban, lo que hacían era asistir juntos a “jurar ante la Virgen”.

Mientras las dos mujeres lavaban, platicaban de sus andanzas en la semana, reían al compás de las gotas que salpicaban y su miseria se olvidaba. La alegría crecía como el rubor en su cara por la mañana soleada.

La música no tardó, Mari prendió la radio, de fondo se escuchaba “Muñeca rota”, de Valeria Lynch; luego la Sonora Matancera y después “La cumbia de los pobres”.

La emoción se concentraba en los lavaderos mientras filas de calcetines y las sábanas tendidas recibían los rayos del sol, escenario en el que ellas se tomaban de la cintura para bailar y reír hasta que una caía al suelo.

—Párate María— invitaba Paz— párate, porque la niña se va a espantar, tomaste muy rápido— expresaba entre carcajadas.

Su interlocutora se levantaba y seguía lavando y platicando, olvidaba que su marido alcohólico mermaba su economía y que ni la Virgen podía salvarla de un futuro marginado.

Paz también seguía alegre, aunque no dejaba de cuestionarse que si su marido la engañaba, que tenía otra familia “¿era mejor guardar silencio?”.

Ambas tenían la idea de que podían dejar a sus parejas en cualquier momento, se convencían por ratos mientras seguían lavando y riendo.

0 Comments

No comments!

There are no comments yet, but you can be first to comment this article.

Leave reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *