Lejos del aforismo irresponsable Entrevista con Carlos Monsiváis

Miguel Ángel Muñoz
miguelamunozpalos@gmail.com

Hombre inteligente, agudo observador de lo cotidiano, lector insaciable, crítico y amante de la literatura, Carlos Monsiváis (México, df, 1938-2010), conoce el peso justo y el alcance infinito de las pala­bras.

Recuerdos, pasiones, tormentos y place­res se condensan en esta plática, en la que Monsiváis habla de su libro Los rituales del caos, textos de gran versatilidad, tino y veracidad, que se constituyen en una especie de guía para el habi­tante de la Ciudad de México.

Entre sus libros están: Días de guardar (1970), Amor perdido (1976), Cultura urbana y creación intelectual, el caso mexicano (1981), Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza (1987), Escenas de pudor y liviandad (1988), Rostros del cine mexicano (1993), Por mi madre, bohemios I (1993), Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja (1994), Aire de familia. Colección de Carlos Monsiváis (1995), Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina (2000), Las herencias ocultas del pensamiento liberal del siglo xix (2000), El 68, la tradición de la resistencia (2008), Escribir, por ejemplo, que se abra esa puerta. Crónicas y ensayos sobre la diversidad sexual (2010), Los ídolos a nado. Una antología global (2011), Antología esencial (2012), Las esencias viajeras. Hacia una crónica cultural del bicentenario de la Independencia (2012), Maravillas que son, sombras que fueron. La fotografía en México (2012) y Misógino feminista (2013).

Sus textos periodísticos se publicaron en casi todos los diarios de México: Novedades, El Día, Excelsior, Unomásuno, La Jornada, El Universal; en las revistas Proceso, Siempre, Nexos, Letras Libres, Este País, entre otras publicaciones.

Sus posiciones políticas y su perspectiva crítica lo llevaron, desde el inicio de su carrera periodística, a dar cuenta de todos los fenómenos literarios, sociales y culturales que implicaban un desacato al autoritarismo, el orden establecido y el conservadurismo. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores y del Centro de Estudios Internacionales de Harvard.

En su autobiografía usted aseguraba que el pesimismo era el segundo estado de ánimo nacional, sólo superado por la incertidumbre. Ahora en su libro dice que el mérito de los tiempos que vienen es su falta de misericordia, ¿por qué?

Si tomamos la primera frase con pretensio­nes literarias, es de gran mérito; si la tomamos de modo estricto, es la limitación más grave y atroz, pues hace unos meses el Banco Mundial dio a conocer que hay 20 millones de misera­bles y no pobres, miserables en el país, en el México moderno, superando a los 18 millones que dijo el expresidente Salinas. Es la falta de misericordia del capitalismo, de las políticas gubernamentales; la falta de misericordia de la que se considera a sí misma nuestra sociedad. Me apena defenderme de frases que he escrito y pensado en muchos momentos, pero por el contexto tengo la responsabilidad de restituirles el paisaje porque si no quedo simplemente como un aforista irresponsable.

¿Cuál fue la intención de elegir determi­nados rituales del caos e incorporarlos en un libro, como las congregaciones religiosas, los conciertos, los festejos del futbol, etcétera; serían algo de lo más sobresaliente del caos en nuestro país?

Desde luego son algo de lo más represen­tativo, pero también tenemos que incluir los asesinatos políticos, el pasmo y la desinforma­ción de la mayor parte de la sociedad, la inmensa tontería declarativa de los integrantes del poder, los grandes sueños de libertad de expresión y libertad artística, etcétera. Escogí esto porque mi interés era hacer un libro sin política y más concentrado en la sociedad del espectáculo. Por otro lado, el libro surgió a través de una invitación. En este sentido, me propuso la Profeco algo sobre el consumo. Vi los materiales que tenía y los que me faltaban para organizar el libro; tenía una primera ver­sión que rescribí hasta el límite y la añadí a una tercera parte que no publiqué. La idea ori­ginal era sobre el consumo, pero cuando lo vi impreso me resultó algo sobre la diversidad del espectáculo en nuestra sociedad.

A pesar de que no hay ningún texto que aborde los hechos políticos importantes, ¿se podría decir que en sus crónicas hay algo de los cambios de la cultura política del México contemporáneo?

Lo que veo en el libro es no la cultura política sino la internacionalización cultural y la manera en que uno ve, con otra mirada, lo que había sido siempre suyo. Creo que nuestro nacionalismo está muy internacionalizado en estos tiempos.

Por otro lado, ¿considera usted que es el caos lo que eslabona a la sociedad del espectáculo?

Si hacemos caso a la Biblia, el caos se dio antes que la creación. En mi libro el caos es la incapacidad aparente o real del orden, las pasiones que sobre la marcha trazan las multi­tudes, las conductas masivas y las idolatrías efímeras. Desde luego las manifestaciones de fe, de ella como fortaleza y como indefensión. Pienso que el caos es estallidos diversos.

En algún momento del libro usted habla de una supuesta condición apocalípti­ca de la ciudad capital, ¿qué hay de verda­dero y de falso en ello?

Lo que tiene de verdadera es que este termi­nar de las especies sucede ante nosotros cons­tantemente. Lo que tiene de falso es que, pese a los pronósticos, no se ha dado el fin del planeta. Lo apocalíptico al mismo tiempo anticipa lo que vendrá y señala las facilidades para pospo­ner la catástrofe. Las condiciones de la gran urbe, del agua, empleo, salud, en fin, muestran la cercanía del desastre o el comienzo del aca­bose. Pero ante el desencadenamiento de situa­ciones límite todavía se vive como si no pasara nada. Hay momentos donde me siento como en una incursión turística en el apocalipsis, gracias a la decisión del gobierno de no extraer consecuencias de lo que se ve y se vive.

Uno de sus personajes preferidos en el libro es el Niño Fidencio, ¿su mezcla de ino­cencia le atrae aun con el gran escepticismo que usted asegura tener?

No tiene nada que ver, soy profundamente escéptico. Escogí al Niño Fidencio porque, como usted dice, hay una mezcla de inocencia suprema, voluntad inquebrantable, fe delirante y una cauda de iluminaciones que me fascinan. En general me fascinan los verdaderos taumaturgos, no los farsantes. Un personaje como el Niño Fidencio me atrae del mismo modo que Panchita, la curandera. No tengo ninguna dimensión esotérica ni participo de ella. Soy un último y triste resultado del positivismo, pero me gustan estos fenómenos.

Carlos Monsiváis es un ser solita­rio, pero en su libro aparece entre el tumulto y la fama de los actores. ¿Le agrada estar ahí con sus personajes?

No es momento de hablar sobre lo que nos agrada o no. En este fin de siglo me pare­cen fórmulas vacías las del voluntarismo y las del determinismo. Casi todo lo que nos acontece rebasa los límites del gusto o del disgusto. La curiosidad es un modo de acercarse a lo inevitable y de comprender sus mecanismos. El determinismo tampoco funciona porque el apocalipsis ocurrirá de modos no muy bíbli­cos. Soy una persona solitaria que necesita saber que a las dos de la mañana, si quiero ir, habrá un lugar abierto en la ciudad. Por eso no concibo vivir en México fuera de la capital, porque sólo la metrópoli garantiza ese horario insomne, una posibilidad que me entusiasma, así la utilice de vez en cuando, porque lo más probable es que a esa hora, si estoy desolado, en lugar de salirme me pongo a ver una película, además que en la madrugada abun­dan los elementos de la crónica.

Aparecer en la televisión es el sueño de gran parte de los mexicanos, ¿cómo devuel­ve la televisión ese tributo multitudinario?

Lo devuelve con una inmensa credulidad, vértigo de la fama imposible, con la banalización de todo. En la televisión no hay jerar­quías, por eso todo lo que allí aparece da igual; se trate de una multitud anhelosa, una teleno­vela, un discurso presidencial, una represión. Por eso la televisión evita hasta lo indecible las imágenes que se jerarquizan solas.

¿Dónde se alcanzan los niveles más dramáticos del hacinamiento capitalino, tal vez en el Metro, en los embotellamientos de tránsito o simplemente en uno mismo?

Sin duda en los embotellamientos, porque ahí se anulan los impulsos, las ganas de velo­cidad, las sensaciones libertarias. El Metro fluye como sea, y esto mediatiza la vivencia de cárcel. En los embotellamientos uno lamenta la falta de avión y la demolición de las bravatas de la rapidez. El embotellamiento es más dramático porque el tiempo que se invierte se usa en enterarse por la radio de los desastres inevitables.

Después de tantos premios en su haber, ¿qué significa en especial el premio que lleva el nombre de uno de sus poetas prefe­ridos, Xavier Villaurrutia?

Mucho, pues lleva el nombre de uno de los mejores poetas mexicanos. Pero, por otra parte, un premio literario es una primera y última ins­tancia, un reconocimiento de lectura, y eso cuenta desmedidamente en un momento en que parece desmedida la supremacía de los espectadores sobre los lectores.

Esta entrevista se publicó oiginalmente: «Lejos del aforismo irresponsable», entrevista a Carlos Monsiváis, El Nacional, México, 29 feb., 1996.  Es parte del libro  Elogio de la memoria. Ensayos y conversaciones de próxima aparición en Editorial Praxis.

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