Latinoamérica, argumento para un filme desgarrador

Por Tapia Romero

@daromtap

Según Arturo Graf, escritor italiano, “la violencia no es sino una expresión del miedo”. Una representación humana que teje lúdica y vorazmente la red de frustraciones y deseos de una sociedad, condición que al ser captada por la sensibilidad artística del cine, evoluciona y constituye obras de doble designio, piezas que no sólo cumplen una función estética, sino también social en la que se denuncian todas aquellas patologías que golpean a la sociedad relegada por el establishment.

Tal es el caso del filme brasileño dirigido por Fernando Meirelles (El jardinero fiel, Ceguera) que lleva por título Ciudad de Dios. Película en la cual el perfil icónico de la pobreza de los suburbios populares de América Latina, tan plagados de contrastes socio-económicos, corrupción, brutalidad policíaca y el fácil acceso a las armas, ofrece una historia en la que los dramas internos de una serie de personajes, moradores de las denominadas y, a la vez ya famosas, “favelas”, ponen en evidencia a una sociedad enferma, una comunidad pesimista que a través del tráfico de drogas y la proliferación de armas ha encontrado como sobrevivir.

Se mantienen en pie, como lo hace Buscapé (Alexandre Rodrigues), protagonista de esta película, el cual dentro de todo ese descarnado desenfreno, opta por la vida más cómoda, aunque quizás la menos común en esos arrabales, pretender ser lo más recto posible, mientras agacha la cara.

Mediante un guión que no se empeña en la exageración de la realidad, y a pesar de ser llevado cronológicamente de una forma no-lineal, atrapa y obliga al espectador a ver cosas que son desagradablemente indiscutibles dentro de la comunidad latinoamericana y, por qué no, mundial.

Así como Fernando Meirelles logra plasmar el contexto en el que habita el marginado social de Brasil, Barbet Schroeder (Barfly, La Vallé, El abogado del terror), mediante un narrativa angustiosa, proveniente del libro de Fernando Vallejo La virgen de los Sicarios, logra equiparar, gracias al recurso de la adaptación las condiciones económicas y sociales que aquejan al pueblo colombiano, situaciones como son la pobreza extrema, la difícil asimilación de la globalización ante las viejas costumbres, la homosexualidad y el crimen cotidiano que se vive cada día en los barrios más marginados de esta nación sudamericana.

Escenarios que van más allá de los grandes cárteles (Medellín, Cali, Norte del Valle) y capos de la droga (Pablo Escobar, Gilberto Rodríguez Orejuela, Wílber Varela), o del estado beligerante ocasionado a partir de mediados de la década de los sesenta por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que colocan en primer plano las dificultades que conlleva el ser joven en esta región creadora del vallenato y la cumbia.

México también es un país que padece este fenómeno social de zonas clandestinas típicas por la pobreza extrema. Situación reflejada al igual que en el caso de Colombia y Brasil en un sin fin de películas, mismas que van desde la época de oro de su cine con títulos como Los Olvidados, de Luis Buñuel, hasta la filmografía de la década de los ochenta con obras como ¿Cómo ves? de Paul Leduc, claro, sin olvidar algunos esporádicos trabajos realizados en la primera mitad de los noventa.

El mejor ejemplo de esto es Lolo, cinta producida en 1992 y protagonizada por Roberto Sosa (Crónica de un desayuno, Sistole Diastole, Ciudad de ciegos, entre otras) que plasma magistralmente gracias a la frescura de la concepción fílmica del director Francisco Athie (Fibra óptica) la vida que lleva un joven lumpen en ese México urbano de chavos banda, música rupestre, que lejos de ser una restricción del deseo, al aglutinarse con el amor de juventud se convierte en amplificador del mismo, llevando así al personaje principal a infringir todas y cada una de las restricciones morales , legales y religiosas.

Sin más, estos filmes eliminan toda posibilidad de falsas concepciones, miradas desacertadas que convierten al pobre en víctima, y llevan al espectador a darse cuenta mediante el manejo del ojo crítico y realista, que la miseria del llamado “tercer mundo” se encuentra cerca, tan pronta, que los países en “vía de desarrollo” la adolecen, y aunque pretendan negarlo, los de elite también.

Tal vez Enrique Peña Nieto, Dilma Rousseff y Juan Manuel Santos consideren que las imágenes presentadas en estas historias son meramente un acto dramático que edifica el éxito de una obra. Pero estos filmes que atentan contra los conceptos estéticos-comerciales de la cinematografía hollywoodense, demuestran esa atroz realidad que recluye no solamente el futuro del ser humano, sino también del cine, en esta inmensa y fúnebre Ciudad de Dios que da vida a ese cine de tercer mundo que dice «lucha y nunca sobrevivirás… Corre y nunca escaparás…».

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