La Tristessa en Keroauc

Por Tapia Romero

@daromtap

En la literatura contemporánea sobresale la figura de Jack Kerouac, escritor visionario de la segunda mitad del siglo XX, que logró concretar la ruptura que venían forjando escritores norteamericanos como Fitzgerald, Dos Passos, Henry Miller, mediante los cuales la gran tradición de la prosa norteamericana vitalista evolucionaba hasta consolidarse en el clásico moderno, la novela En el Camino.

Obra emblemática de mitad del siglo pasado que no sólo plasmó una selva humana que saca a flote el lado más duro y oscuro de la sociedad norteamericana, derrumbando así la mítica imagen del sueño americano, sino también gracias a su utilización de la prosa rítmica e incontenible —proveniente de las notas jazzística del Bep Bop— retrató vertiginosamente el mundo irradiante, fluido e imprevisible de los suburbios, los jóvenes yanquis de esa época y países vecinos, en especial México.

Es ahí, en esa nación que sucumbía ante el florecimiento económico conocido como “Milagro mexicano” (décadas de 1950 y 1960), que Kerouac logra captar la ansiedad mexicana por alcanzar la modernización aun a costa de su propia esencia devota y conservadora, que trata de olvidar las deplorables condiciones de vida que aquejan al sector más desprotegido y necesitado de esa sociedad.

Condiciones que envilecieron la pluma de este novelista hasta erigir un altar literario, en el cual las casas derruidas del primer cuadro de la ciudad de México, el comercio informal, las mujeres de la noche y los hombres del alba —como los denominara Efraín Huerta en su mítico poema— se confabulan bajo una visión romántica que beatifica y transmuta las penurias sociales en el sufrimiento que cimentará la creación del superhombre.

Postulado que toma tintes femeninos dentro de la novela Tristessa, obra protagonizada por Esperanza Villanueva, ninfa mexicana con matices grises, a través de la cual se observa desdicha, soledad y muerte. Una muerte que va por la vida con la mirada perdida, con los ojos huecos y llenos de desesperanza al saber que ella del mismo modo morirá.

Es en esta obra Kerouac se da cuenta que el camino a la santidad se encuentra inmerso dentro de un plano que va mas allá de la idea y lo material, es decir, que la tristeza es más bien el choque entre lo imaginario y lo concreto, punto de fuga donde el anhelo y el desaliento convergen dentro de la cronología personal con la finalidad de revestir la figura humana de miseria, misma que culminará con la consolidación del tributo al narciso.

Así este escritor, no sólo logra sustraer la identidad romántica de la vida en la ciudad, sino de la misma manera demuestra lo señalado por Heráclito de Efeso, filósofo griego, que “sin esperanza se encuentra lo inesperado”, en este caso Dios. Una deidad que rompe con el ideal de belleza clásica de la representación renacentista, serenidad y perfección, pues ahora el todo poderoso es la representación del acontecer social.

Un ocurrir discontinuo que devoró a Kerouac, que lo sumergió en un letargo total, un sopor donde convida con Esperanza Villanueva, su Tristessa, el paraíso, pues como señaló el poeta mexicano Amado Nervo “la tristeza es un don del cielo, el pesimismo es una enfermedad del espíritu”.

Deambulario

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