La poesía es un misterio constante: Pablo García Baena

Por Miguel Ángel Muñoz

miguelamunozpalos@prodigy.net.mx

Córdova. España.

El poeta Pablo García Baena (Córdoba, 1923), es sin duda, uno de los grandes poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX. Uno puro, que se entrega a su misión: descubrir el mundo a través de su voz. Su poesía destaca por su brillantez y maestría en el manejo del verso y la palabra. García Baena es el más claro vehículo de transmisión a las actuales generaciones poéticas de la lección estética de la Generación del 27. Fue, junto con Ricardo Molina y Juan Bernier, uno de los fundadores de la revista “Cántico”.


El poeta ha recibido reconocimientos como el IX Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, XVII edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, la Medalla de Oro de la Ciudad de Córdoba y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1984.


 

Desde sus primeros libros Pablo García Baena ha venido tejiendo su obra con la riqueza sensorial, la intensidad vital y la sabiduría de palabras y música que le otorgan su identidad inconfundible. Un poeta exquisito, barroco, intimista y místico. “Descubrí desde muy —dice García Baena— joven la poesía de García Lorca —algunos poemas del Romancero gitano—, que me marcó en definitiva. Pues me abrió el mundo. Un despertar a descubrir lo que hay más allá de tu pequeño mundo. Por esos años de formación leí y sigo leyendo a Juan Ramón Jiménez, que es también uno de los más grandes poetas, no sólo en castellano, sino en cualquier idioma. Por otra parte, también leí novelas, como las Sonatas de Valle-Inclán o Rojo y negro de Stendhal. Devoré las Memorias de un hombre de acción y la obra completa de Baroja”.

¿Sigue leyendo mucha poesía todavía?

—Cada vez menos. La poesía necesita un determinado momento, una liturgia para leerla. Tiene un tiempo, no tiene el mismo ritmo que un cuento, una novela, la poesía es diferente. A veces vuelvo a Juan Ramón Jiménez, a Luis Cernuda que siempre tiene algo nuevo, diferente. Aunque debo confesar que volver a leerlo me produce una cierta enfermedad. Es muy cercano y eso me procede cierto terror.

Usted siempre habla de Gabriel Miró, que fue un escritor que también produjo en su obra una gran influencia. ¿Cómo se da ésta en su obra poética?

—A Gabriel Miró lo conozco después. Es uno de los que más influyen en mi concepción del lenguaje, con todo ese mundo en torno al clero que yo identificaba con la Córdoba de aquel tiempo. Esos años de formación fueron muy difíciles y complicados —la guerra civil— fue lo peor en la historia de España de las últimas décadas. Pero ¿qué poetas surgieron? Por ejemplo, yo soy un poeta de “provincia” y en ella siempre se quiere cambiar mundo, aunque luego nos damos cuenta que no pasa nada.

Pero usted y otros amigos poetas Ricardo Molina y Juan Bernier crearon uno de los grupos más importantes de la posguerra española: Cántico. ¿Cómo se dio el grupo?

Nos criamos en una libertad ilimitada por la amistad que nos unía. Sentíamos a nuestro alrededor la pobreza y la muerte, pero queríamos inventarnos una ciudad poética. No importaba que estuviéramos lejos de Madrid o Barcelona, que eran las “capitales” de la cultura en España y lo conseguimos: teníamos nuestra riquísima vida interior, la nocturnidad en las tabernas y en los cabarets, los lupanares de Cercadilla y de otros sitios más o menos nefandos de la Córdoba severa. No fuimos un grupo combativo. Estábamos seguros de lo que hacíamos, de la poesía que escribíamos, siguiendo la línea interrumpida de la Generación del 27.

¿Se inventaron un mundo único para poder crear en su pequeña ciudad?

—Sí, desde luego. Con mis amigos del grupo Cántico nos criamos y formamos en una libertad ilimitada por la amistad que nos unía. Sentíamos a nuestro alrededor la pobreza y la muerte, pero queríamos inventarnos una ciudad poética. Y lo conseguimos: teníamos nuestra riquísima vida interior, la nocturnidad en las tabernas y en los cabarets, los lupanares de Cercadilla y de otros sitios más o menos nefandos de la Córdoba severa. Lo pensamos todo, lo vimos y lo vivimos “todo”. Pero dejamos la poesía.

¿Por qué una decisión tan brutal? Pues tenían la vida entera por delante….

—Sobre todo —y lo veo ya a la distancia de tantos años— la decepción ante la falta de entendimiento de aquella poesía, que no tenía nada que ver con la que hacían nuestros contemporáneos (José Hierro, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Gabriel Celaya, José Agustín Goytisolo, etc), aunque es cierto que tuvimos muchos apoyos, como el que nos dio de Vicente Aleixandre, con esa carta admirable, de Dámaso Alonso y de Gerardo Diego; pero el ambiente de la poesía de la época era totalmente hostil, porque les parecíamos unos antiguos. Todos rompimos con la poesía, en una especie de diáspora. La decepción vino por el poco caso que se le hizo a Cántico. Hasta que nos descubren los novísimos en los años setenta. En ese “descubriendo”, o mejor dicho, de “redescubrimiento” de nuestra obra, vimos que no se había perdido aquella pequeña semilla que sembramos en tiempos difíciles. Y lo mejor: todos volvimos a escribir poesía.


Sus libros: Rumor oculto (Madrid, 1946), Mientras cantan los pájaros (Córdoba, 1948), Antiguo muchacho (Madrid, 1950), Junio (Málaga, 1957), Óleo (Madrid, 1958), Almoneda (Málaga, 1971), Antes que el tiempo acabe (Madrid, 1978), Gozos para la Navidad de Vicente Núñez (Madrid, 1984), Prehistoria (Córdoba, 1994), Poniente (1995) y en las antologías: Antología poética (Bujalance, Córdoba, 1959), Poemas (Málaga, 1975), Poesía completa (Madrid, 1982), El sur de Pablo García Baena (Córdoba, 1988), Antología última (Málaga, 1989), y Poesía completa (1940-2008), publicado por editorial Visor.


¿Es un misterio la creación?

—La creación, no sé, la poesía sí. Yo he dejado de escribir por mucho, pues la poesía viene cuando quiere, no cuando uno la llama. La poesía no es una ocupación. Quizá por eso tardo tanto entre libro y libro.

¿Cómo fue ese redescubrir a los miembros de Cántico?

—Fue el genial poeta de Guillermo Carnero que visito por vez primera la tienda que yo tenía en Torremolinos con José de Miguel. Si no hubiera sido por ese reconocimiento, con el entusiasmo de Luis Antonio de Villena, seguramente yo habría callado para siempre. Y empiezan los homenajes…. Por eso estoy tan agradecido con los poetas jóvenes. Con ellos me entiendo de maravilla., y sin ellos, no hubiera podido entender todo lo que viví en esos años de silencio poético.

¿Qué lo mantuvo vivo en esos años de silencio?

—La única salvación es leer. Sin interrupción, noche y día. Un buen poeta tiene que leer prosa, novela, actualidad, la hojita parroquial, lo que te den en la calle anunciando un menú barato. La vida es leer. En mí no hay contradicciones. Es importante también saber escuchar el sonido de las palabras. Soy un poeta visual, en el sentido de contar cosas que siento, que veo. Toda mi poesía es vital. Los poemas son momentos importantes de la vida. Lo que he hecho es un diario poético de la vida, aunque no del todo cierto. Eso es la poesía. Soy así…

Otra de sus grandes pasiones es el arte, incluso en su libro Capos Elíseos, tiene varios poemas dedicados a Zurbaran, a Lucas Cranach…¿Tienen lenguajes comunes arte y poesía?

—Desde luego. Dime tú… El arte para verse necesita tiempo, espacio, para descubrir que hay atrás de esos monjes que pintó Zurbarán, de esa luz maravillosa que tienen sus pinturas; de los rostros de Cranach…. En mi poema Taza de agua y rosa sobre bandeja dedicado a Zurbarán digo: “La clausura de luz/ apenas ilumina rosa, bandeja, arcilla y el silencio/ se hace de tacto en el aire espeso….”. También ver pintura es un misterio, un acto litúrgico.

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