La imaginación, principal virtud de Saramago

Por Enrique Huerta

Nos hubiera encantado a todos aquellos lectores que quedamos fascinamos con la prosa y las historias del escritor portugués José Saramago, que la Muerte hubiera dejado sus funciones para con él, para otra ocasión –como en su libro, Las intermitencias de la muerte-, aunque seguramente, llegado ese momento, también pediríamos una extensión de dicha prórroga.

La noticia de la muerte de un gran artista conmueve, como lo hacen en vida con sus obras. Y en ese sentido, Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres, La balsa de piedra, la misma Las intermitencias de la muerte, entre otros títulos, contienen historias que denotan la gran fantasía del autor y que tienen una fuerza, una audacia para que se queden en la memoria por mucho tiempo. Lo que comúnmente se conoce como conmover, cimbrar las neuronas en torno a una historia, que no sólo por ser fantasiosa, no está exenta de ser moral o con mensajes, si bien no optimistas, ni burdamente optimista, sí son esperanzadores. El final de La balsa de piedra, es, para mí, una muestra de esto.

No porque todo el mundo haya quedado ciego, o porque la península portuguesa se separara de Europa, no quiere decir que son fantasías fuera de la realidad, al contrario. Éstas sirven de pretexto para poder discernir sobre cuestiones políticas, cuestiones ontológicas, religiosas, sociales, etc. Esta maestría de lograr que la fantasía se conjunte con la reflexión, llega a sorprender, y es por eso que le valió su único Premio Nóbel a Portugal, en 1998.

Sin duda, El evangelio según Jesucristo, libro satanizado por la Iglesia Católica y que le generó muchos vetos y recelos, es un retrato humano de las fallas y aciertos del Ungido, que todo hombre, por más hijo de Dios que sea, cometerá. La actitud hosca de Roma va en contra de las palabras que salen de su boca, no influyó en la popularidad de Saramago.

Me costó mucho trabajo asimilar su estilo, que se mostró muy original al evitar el uso de los puntos aparte, que son escasos en sus obras. Esta característica va en consonancia con el contenido textual de las obras del escritor luso.

José Saramago no fue el intelectual o el artista que cuando logra cierto éxito económico o cierto reconocimiento se apega a los altos mandos sociales (entiéndase con ello las altas esferas de la burguesía y del estado), y siempre se mantuvo crítico. Cierto es que para nadie era un secreto que era simpatizante del Partido Comunista portugués, que no le agradaba el marxismo y que, en su momento apoyó la Revolución Cubana y a sus líderes, hasta que, como escribieron Francesc Relea y Miguel Mora en su crónica “Portugal llora y el Vaticano ataca” (El País 20/06/2010), “hasta que pudo más el desencanto”.

Y esa sinceridad y valentía que siempre tuvo José Saramago al opinar sobre algún tema político o religioso (siempre tomó con buen talante los ataques histéricos de los prelados de Roma, quienes se mostraron pelados en la muerte del escritor, “celebrando” su muerte y calumniándolo), lo que le dio credibilidad, a él y sus obras.

Supo leer muy bien el tiempo que le tocó vivir, que le tocó cavilar sobre la situación en la que se encuentra y al que retribuyó con obras literarias de gran valor, tanto estético, como moral. La misma imaginación fue una poderosa herramienta para que todos oyéramos a ese señor de cara bonachona que apelaba a ser más reflexivos y solidarios.

Qué lástima que se hayan ido José Saramago y Carlos Monsiváis, quienes siempre con una mirada reflexiva, con sus palabras, pisaban cayos y demostraban tener integridad y de poner en alto el papel de los intelectuales, tan devaluado y por los suelos que está, por su cercanía al poder. Lástima, porque se necesita más moral y conocimiento en el mundo de los vivos.

Deambulario

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