La grandeza de Goya en el Museo de San Carlos

Miguel Ángel Muñoz

miguelamunozpalos@prodgy.net.mx

Nadie duda de que Francisco de Goya y Lucientes (Fuendetodos, España, 30 de marzo de 1746-Burdeos, Francia, 16 de abril de 1828) ha sido y es uno de los artistas españoles más importantes de la historia del arte, no sólo en España, sino del mundo.

Aquellos polvos, Los caprichos

Goya goza de una salud y vitalidad creciente; ahora que se presenta en México la exposición: Francisco de Goya, “Único y eterno”; que se divide en cuanto núcleos temáticos: los retratos que realizó en las cortes de España, la crítica al clero, temática social y los grabados.

El Museo Nacional de San Carlos de la Ciudad de México recorre, a través de 125 obras que van de la pintura a las diversas series de grabados, la trayectoria vital y la capacidad creativa del gran pintor español que abrió la puerta a la era moderna.

Su mirada, a veces contradictoria y siempre observadora, filtró, vio y atestiguó una era de cambio radical en el pensamiento y en el comportamiento que quedó reflejada en lienzos como: La maja desnuda; Los fusilamientos del 3 de mayo; Saturno devorando a un hijo.

“La grandeza de Goya – dice el crítico inglés Robert Hughes- consiste, precisamente, a diferencia de otros grandes pintores del siglo XIX, en su capacidad para proyectar imágenes desde su tiempo al nuestro… Nuestra capacidad para describirnos a nosotros mismos está influenciado de alguna manera por las pinturas, dibujos y grabados de este genial hombre”.[1] .

Leocadia Zorrilla

Las obras provienen de diferentes colecciones de México y el extranjero. El Museo del Prado de Madrid presto el cuadro Leocadia Zorrilla, de quien se dice fue la compañera sentimental de Goya los últimos años de su vida, tanto en Madrid como en Burdeos hasta 1828. En paralelo, las grandes series gráficas de Goya: Los caprichos (80), Los disparates (18) y La tauromaquia (7).

En estas series hay que recordar la frase de Milton acerca de la iluminación del infierno “No es luz, sino la oscuridad hecha visible”, eso provocan cada uno de las gráficas de Goya.

Estas piezas goyescas dialogarán con contemporáneos y seguidores, como Agustín Esteve, Eugenio Lucas Villamil, Mariano Salvador Maella, entre otros importantes artistas que dan cuenta de los atribulados siglos XVIII y XIX.

Bien tirada está

Como el título de la exposición advierte y sugiere: único y eterno la exhibición se configura a través del orden y desorden de la era del pintor. Diversos temas como la prosperidad al caos de la guerra, el crimen, el castigo y el hambre en tiempos de la revolución.

No se trata de un enfoque innovador —la museografía resulta en momentos muy abigarrada, sobre todo en las salas dedicadas a los grabados—, acerca de la variedad temática de un artista que sirvió a cuatro generaciones de reyes en España. Poco se le escapó al pintor que cultivó, con gran destreza, el dibujo, el grabado y la pintura. Desde los elegantes retratos de cuerpo entero de los aristócratas que le valieron su fama en Madrid a los grabados satíricos que le catapultaron.

Al igual que el arcano poema de Milton, la belleza “obliga al alma de Orfeo a entonar notas sublimes como las que hicieron correr lágrimas de hierro sobre las mejillas impávidas de Plutón”. Pero al ver cada una de las obras de Goya, hasta las duras, las más crueles en su realidad; esas lágrimas de tristeza, se transforman en lágrimas de asombro.

A Goya no se le critica. Por lo menos no soy yo quien pueda hacerlo. Mi crónica debería acabar aquí. 125 piezas –no todas de Goya—, algunas de ellas expuestos por primera vez en México, del artista aragonés, son razón suficiente para echar las campanas al vuelo, aunque en términos generales la muestra es “pobre”, o mejor dicho, raquítica.

Entre las obras emblemáticas de Goya están: Estudiantes de la Academia Pestalozzi, el boceto de El pelele y retratos como el General José de Palafox, el de  Doña María Teresa de Vallabriga y Retrato de una niña.

El amor y la muerte

Por otra parte, la muestra se complementa con obras de otros autores, como los retratos de Carlos III y Carlos IV, de Mariano Salvador Maella; La familia de Carlos IV, de Eugenio Lucas Villamil; La marquesa de san Andrés, de Agustín Esteve; el Retrato de Goya, de autor desconocido y un anónimo, Juicio de la Santa Inquisición. Probablemente todas ellos sean igualmente importantes para el historiador. Pero no lo son para el que, como yo, como tantos, va buscando emociones de carácter estético. Hay algunos cuadros de escuela o del taller de Goya tan flojos, que si me dijesen que se trataba de una obra de taller, realizada por los ayudantes menos dotados, yo le creería. Otras, tan poco goyescas –aunque bellas. Pero, en fin, la exposición Francisco de Goya, “Único y eterno”, es un esfuerzo por acercar la obra del artista español al público de México.


[1] A toda Crítica. Ensayos sobre arte y artistas, Robert Hughes. Editorial Anagrama, Barcelona, 1992.

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