La Fin

Enigma

Por Lizeth Gómez De Anda

22 de mayo de 2011

El sábado se acababa el mundo, al menos eso había dicho Harold Camping. Yo tenía todo preparado para este día. Según el predicador estadounidense, a las 16:00 horas locales de cada país, iba a llegar el apocalipsis not: primero un terremoto, luego una lluvia de meteoritos y, para rematar, maremotos gigantes que acabarían con todo. Excepto con los buenos cristianos que serían elevados al cielo… Allí, sin duda, no estaría yo.

Me puse a revisar cada cosa que preparé, si es que tenía la suerte de redimirme de repente. Mi vista empezó a recorrer la habitación adaptada para el fin. Agua, mucha agua, comencé a acapararla, aunque mis amigos creían que me había vuelto loco.

Creo que lo pensaron mucho antes de eso, lo del agua solo reforzó la idea. Pero para mí el agua representaba dinero, dinero líquido y transparente. Iba a ser mi moneda de cambio luego del gran cataclismo, cuando la tierra se renueve con el abono que dejen a su paso los cadáveres fétidos de los pecadores. 

Las palabras de María suenan en mi cabeza. Ella es pequeña, de aspecto famélico, muy dicharachera y directa. —Estás orate—, recuerdo que me dijo cuando en nuestras reuniones empecé a hablar de las teorías de Camping; al salir esas palabras de su boca ni siquiera titubeó.

Cuando veo por la ventana que está detrás de los cerros de latas, bolsas de plástico y cajas, parece que la vida está congelada, no hay manadas de gente corriendo desesperada, no hay fuego tragándose a los pecadores, no se ve la mano del dios invisible juzgando a los impuros, eligiendo.

Ya pasó un día y nada.

22 de julio de 2011

Es verano y sigo aquí. Traté de hablar con mis amigos; no hubo éxito, me ignoran, excepto María, quien viene a verme eventualmente; aunque he notado que me mira con piedad.

María, cuya apariencia hace pensar en la indefensión, me ve como un ser indefenso. ¡Qué ironía! Ayer me preguntó hasta cuándo pensaba seguir con esta idiotez, que ya había pasado el tiempo suficiente para que me diera cuenta que ese día no llegaría.

—Miles de profetas a lo largo de estos años han hablado sobre la aniquilación del mundo y, nada, seguimos aquí: muriendo, matándonos, dejándonos morir, pero nada ha cambiado—, me restregó.

Mis ideas la hicieron investigar más sobre Camping. Encontró información de sus predicciones fatales: en 1994 había pronosticado, sin éxito, otro fin del mundo. Esa vez miles de personas en Estados Unidos se despidieron de su familia, fueron a la iglesia para arrepentirse de sus pecados y rezar.

Me contó la historia de Robert Fitzpatrick, uno de los seguidores de Camping, quien gastó toda su fortuna en colocar miles de espectaculares alrededor del mundo con la fecha fatal. Por si fuera poco —dijo alterada—, el hombre decidió esperar en Times Square el cumplimiento de la predicción. Esperó, esperó y esperó, pero no ocurrió nada –y María soltó una risa burlona, pero pronto se recompuso, pues recordó que era yo con quien hablaba.

La visita terminó con una frase de Einsten: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy tan seguro”. Salió de la casa sin siquiera mirarme.

22 de septiembre

Llegó el otoño y sigo encerrado. Para no aburrirme hago ejercicios por la casa. No es muy grande, pero de algo sirve; subo, bajo, troto… Aún no se acaba el agua, supongo que sí calculé bien, aunque la frase “como agua entre las manos” empieza a cobrar sentido.

También, para no perder la cordura, sigo investigando sobre las predicciones del fin de la humanidad. Mi pila de papeles está un poco desordenada porque saco recortes de periódico que ahora están regados por el piso, otros más, pegados en las ventanas.

En uno de ellos —no sé cómo lo tengo— leo que Camping corrigió, dijo que todas las personas que no sean buenas vivirán un infierno en la Tierra hasta el 21 de octubre, fecha en que Dios, furibundo, destruirá el planeta y todo lo que en él existe. Los que seguimos aquí debemos aguardar hasta esa fecha su ira.

Reviso para saber cómo concluyó que el 21 de mayo iniciaba el juicio final: Cuando ocurrió el diluvio universal, en el año 4990, según el Génesis, Dios contó a Noé que en siete días destruiría la Tierra y lo hizo. Luego le dijo: “No ignores que un día para mí es como mil años”. Así que 4990 más 2011 hace 7001 años, pero se debe considerar que el año cero no vale, según los cálculos del religioso. ¿Los cálculos salen? Nunca he sido diestro en matemáticas, pero le creo.

Ya no miro a través de la ventana. Mi contacto con el mundo es por la televisión, y María. Como dejé de trabajar no tengo dinero para teléfono ni Internet, pero ella viene con su celular y, cuando no está enojada o tratando de analizarme, me cuenta sobre los videos o las notas curiosas que circulan en la red.

A veces María me pregunta cómo caí en las teorías de ese charlatán, así se refiere a Camping. Trato de hacer memoria mientras sus ojos verdes me señalan. Pero mis recuerdos se marchitaron, casi como las plantas del jardín, que no sobrevivieron a mi encierro.

No había visto que ella era bonita. Su sonrisa me recuerda a la de mi sobrina. Mi pensamiento se interrumpe con su voz, que llena la habitación.  

—Le diste tu dinero a un loco, un loco más loco que tú—, me reprochó. La veo y pienso… Camping tiene una fundación: Family Stations Inc. Logró juntar más de cinco millones de dólares en donativos con sus miles de seguidores alrededor del mundo, incluido yo.

María me dice que algunos de ellos ya no le creen que le piden una explicación al error y que les devuelva el dinero. ¿Qué ha fallado? A Camping no podemos preguntárselo, porque desapareció de la faz de la Tierra. Quizás porque ha sido raptado…

22 de octubre de 2011

Sigo aquí, sentado, esperando. María ya no vino más. Parece que mi fin del mundo al fin llegó.

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