Juanga se encuentra con su amor eterno

“Estoy haciendo cosas para que cuando me vaya, me quede”

 

Por Lizeth Gómez De Anda

@LaMagaGomez

Victoria Valadez era una mujer joven, con 10 hijos, entre ellos un niño que 66 años después logró ya la inmortalidad. El 27 de diciembre de 1974 la señora expiró su último aliento en Acapulco y dejó “el más triste recuerdo” a Alberto Aguilera Valadez, Juan Gabriel, quien convirtió esa historia en un bello poema musical: “Amor eterno”.

Esa canción se convirtió en un homenaje, no solo a su mamá, sino a todas las mujeres de México y del mundo. En un himno de dolor al amor más grande. Años después declaró que a pesar de haber crecido lejos de su madre y de su cariño, su amor estaba en todas las madres mexicanas.

Y es que desde los tres años estuvo lejos de ella, cuando Victoria decidió llevarlo a un internado cuando se quedó sola después de que su esposo perdió la razón y fue ingresado en La Castañeda.

El entonces niño Alberto, cuando recibía las visitas de su madre bloqueaba la puerta para que no se fuera. Y allí, en la habitación, en medio de la soledad anhelaba la libertad, entonces huía y vagaba, se llenaba de historias que años después serían cantadas por millones de personas.

Para escribir el mismo Juanga decía que no había reglas; en más de cuatro décadas de trayectoria (inició su carrera en 1965) compuso más de mil 500 canciones que fueron interpretadas por decenas de cantantes y traducidas a idiomas como turco, italiano y portugués.

…Estoy haciendo cosas para México, para la música, para estar más unidos, para bailar. Para que cuando me vaya me quede”, dijo el autor de “Ya no vivo por vivir”, quien en vida logró llenar con sus notas el recinto cultural más importante del país, reservado para grandes óperas y orquestas: el Palacio de Bellas Artes.

En 1990 el palacio de mármol se lleno del folclor mexicano con el que Juan Gabriel impregnaba sus presentaciones. Baile, mariachis, trajes regionales, que fueron criticados por el sector cultural más conservador de aquella época, pero que también recibió el conocimiento de personajes como Carlos Monsiváis, quien vio en esa presentación un reconocimiento a la diversidad.

En su ensayo “Instituciones Juan Gabriel”, incluido en el libro Escenas de pudor y liviandad, Monsi escribió sobre El divo de Juárez, un hombre que logró convertirse en ídolo por encima de los prejuicios y la masculinidad exacerbada: “…es un convenio multigeneracional, la respuesta emocional a la falta de preguntas sentimentales, una versión difícilmente perfeccionable de la alegría, el espíritu romántico, la suave o agresiva ruptura de la norma”.

Todo eso lo cumplió el cantautor nacido en Parácuaro, Michoacán. Era el sound track de los momentos más románticos y tristes, e incluso de los ratos de diversión y optimismo. Retrató a México en sus ratos más felices y amargos.

Eso lo llevó a pisar por segunda vez Bellas Artes, ya unos años y muchos kilos después. Así celebró sus 40 años de carrera, con un magno concierto grabado el 31 de agosto de 2013, en el cual su voz alejada del garbo clásico de los rancheros, sus bailes y movimientos de cadera estuvieron presentes.

Ahora, nuevamente podría estar en ese recinto histórico para ser honrado con un homenaje, una muestra de amor eterno, ese mismo que él dejó plasmado en la memoria musical de los mexicanos y con el cual será eternamente recordado ahora que ya está con su Victoria.

Lizeth Gomez

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