John Berger: el juego de la memoria*

Por Miguel Ángel Muñoz

A Emiliano y Tristán Muñoz, que me han descubierto a John de mil formas.

Mi primer encuentro con John Berger fue hace ya algunos años, curiosamente en un pequeño pueblo de los Alpes francesces, en la Alta Saboya, donde vive, desde que dejó para siempre Gran Bretaña. Al descubrirlo recordé de inmediato la frase común: “ en la ciencia como en los viajes los mejores descubrimientos son por accidente”. Aunque mi encuentro no era por accidente, sino por un conjunto de historias compartidas, entre ellas la pintura. Conversamos de amigos comunes los escultores españoles Miquel Barceló y Cristina Iglesias, de artistas admirados Corot, Francis Bacon, Joan Miró, Fernand Léger, Eduardo Chillida, Antoni Tàpies, Albert Ràfols-Casamada, y siempre Picasso.

“He intentado —me dice Berger— realizar diversas fórmulas en mi trabajo. Una gran obra de arte, tiene una carga muy fuerte, profunda. Cuando estás frente a ellas es inevitable preguntarte quién está mirando a quién. Es justo eso lo que interesa, lo que es difícil de categorizar, de resumir, de atrapar, de cerrar de manera definitiva”.

Crítico de arte, pintor, poeta, novelista y guionista, sin duda uno de los escritores anglosajones más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Berger ( Londres, 1926), es un referente obligado no sólo en el discurso poético en lengua inglesa, sino en la crítica de arte internacional. La primera impresión que deja la obra de Berger —Premio Booker Prize en 1972— es que se trata de una prosa poética y narrativa que abarca diversos géneros literarios   en uno mismo. Es decir, todo en su lenguaje son fragmentos, mezclas, trozos, introducciones, combinaciones, retazos, en el tejido narrativo de unas tramas siempre existentes por debajo de su prosa, pero que hay que perseguir hasta la exasperación. Con un lenguaje deslumbrante que se mueve sin estridencias entre la narratividad y el irracionalismo, en cada uno de sus libros traza un mapa descarnadamente autobiográfico —autor de novelas como Hacia la boda, Puerca tierra, Una vez en Europa, Fotocopias, Un pintor de hoy, y Lila y Flag; de poesía Páginas de la herida o de ensayo El tamaño de una bolsa, Modos de ver, El sentido de la vista, La apariencia de las cosas—, para un territorio que, más allá de ser real o no, termina siendo crudamente verdadero, convertido en poesía. Entre el tiempo y la historia se introduce la memoria, con su ir y venir continuo que segrega lo que llamamos literatura, que a su vez es reconstruida en permanentes ruinas por la magistral y siempre apocalíptica visión del escritor.

“Al contrario de lo que nos enseñan —dice Berger— en la escuela, siempre he pensado que la palabra ‘poeta’ es un adjetivo. Un adjetivo que no tiene nada que ver con el término ‘poético’. Cuando se dice ‘es poeta’ se describe una cualidad que incluye, entre otras cosas, el valor y la sinceridad. Por eso no me parece apropiado autocalificarse ‘poeta’. Decir ‘soy poeta’ equivale un poco a decir ‘soy inolvidable’. Mejor dejar que juzguen los otros”.

La asombrosa simpleza del lenguaje de John Berger, que barajaba y recombina siempre las mismas palabras y metáforas: arte, poesía, vida, que se quedan detenidas en imágenes captadas por su autor. Arte y poesía se vuelven intercambiables. Poeta del sentido de la vista, poeta total en muchos sentidos. Fragmenta el tiempo, destruye el relato, desaparece a los personajes, para dejar hablar a una voz inédita, muy a la manera del escritor francés Claude Simon —otro gran amante de la pintura. “El éxito de la sociedad actual —afirma Berger— es una cuestión de cantidades: números de copias de un disco, de visitantes a una exposición. Es ahí donde manda el mercado, pero el mercado ignora que lo que importa del arte es su vida subterránea, lo que ocurre cuando una persona se ve afectada por lo que ha visto, ha escuchado, ha leído. Esa persona deja ya de ser la que ha sido, puede actuar de manera diferente. Pero es eso, precisamente, lo que no se puede cuantificar. Esos minúsculos cambios que el arte desencadena ni siquiera son fáciles de explicar”. Quizás sería acertado parafrasear a Harold Bloom, y afirmar que Berger es junto con John Asbery y Yves Bonnefoy, uno de los tres poetas de la Edad Posmoderna. Berger no ha creado un mundo, sino lo recrea constantemente a través de la pintura y del lenguaje poético, y ha sido un testigo de su época y del siglo XX, sólo la existencia de alguien como él, hace que el combate cotidiano tenga vida.


*Fragmento del libro El instante de la memoria, publicado por Editorial Praxis, México, 2014.

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