Harald Szeemann: el deslumbrar del arte constante

Miguel Ángel Muñoz
miguelamunozpalos@gmail.com

Para Ray Smit por las ideas compartidas y los proyectos que vienen

“Hay una edad en la que se enseña  lo que se sabe, pero llega también otra en la que se enseña lo que no se sabe: a eso se llama investigar”
Roland Barthes

Conocí a Harald  Szeemann  (Berna, 1933-Cantón del Tesino, Suiza, 2005)  en  1999 en Venecia, justo cuando preparaba la 49 edición de la Bienal de Venecia, ahí le hice una larga entrevista  (que publiqué en su momento), y desde ese instante  tramamos un intercambio  de correspondencia, ideas y conceptos del arte “contemporánea”, el desgaste del papel del comisario, y el poder de éste en al inicio del siglo XXI. 

Su muerte precipitada, inesperada para sus amigos, ha dejado un gran vacío dentro del panorama del arte contemporáneo internacional.

Curador atípico, narrador visceral, visionario, viajero, rebelde, incansable descubridor de talentos  y piedra angular de creadores  claves  del arte del siglo XX como Morandi, Richard Serra, Josep Beuys o movimiento claves como el Arte  Povera, son ejemplos de su actitud abierta y explosiva  con las corrientes más críticas y radicales del siglo XX.

 Fue  siempre un personaje difícil, emblemático,  pero  comprometido siempre con su contexto histórico y social.

Su primera exposición: When Attitudes Become Form (Cuando las actitudes devienen formas)  fue revolucionaria,  tuvo lugar en 1969 en la Kunsthalle de Berna. La muestra fue un hito expositivo de los artistas postminimal norteamericanos. Con esta muestra marco  un nuevo modo de entender la exposición y el papel del comisario. Se puede decir Szeemann continuó con el legado de  Alexander Dorner, director del Museo de Hannover, en el norte de Alemania (años veinte). Dorner se las arregló para definir unas funciones museísticas que todavía hoy mantienen su vigencia y que Szeemann nos enseñó de una forma magistral:

  • La exposición es un estado de transformación permanente.
  • La exposición como algo oscilante entre el objeto y el proceso, afirmando que “la noción de proceso ha penetrado en nuestro sistema de certidumbres”.
  • La exposición de identidades múltiples.
  • La exposición como algo pionero, activo y que no se guarda nada.
  • La exposición como verdad relativa.
  • La exposición basada en una concepción dinámica de la historia del arte.
  • La exposición “elástica”: presentaciones flexibles en un edificio adaptable.
  • La exposición como puente entre los artistas y las diversas disciplinas científicas.

El genial Roland Barthes decía que  “hay una edad en la que se enseña  lo que se sabe, pero llega también otra en la que se enseña lo que no se sabe: a eso se llama investigar”. Y Szeemann lo supo aplicar de forma brillante, al descubrirnos que podíamos trabajar como “comisario freelance permanente”. Una lección inolvidable. Y que Hans Ulrich Obrist nos recuerda  con acierto: “este concepto que  se plantea en  los lugares en los que trabaja como un laboratorio, implica una actitud diferente frente a la memoria: la exposición, el arte y su archivo se encuentran así entrelazados en un “estudio-archivo”, término utilizado por Szeemann para designar la factoría que creó en la localidad suiza de Tegna, donde trabajó hasta su muerte en 2005.[1]

Sobre los rumbos y cambios del  arte del siglo XX, me confesaba, después de recorrer juntos la Bienal de Venecia  en 2001: “Después de muchos años de cambios, ¿puede haber una revolución? No lo sé… Los años 60 fueron un tiempo en el que, después de la II Guerra Mundial, la economía marchaba hasta entrar en una loca espiral. Hoy se debe encontrar algo nuevo, quizá en torno a toda esa gran globalización surja una respuesta.  Me gustaría ver cómo se puede reaccionar ahora ante ello. En los  años 60 era interesante comprobar cómo pensaban los artistas, entonces era importante el lugar  que ocupaba el arte.  Ahora también se nota algo  de esto, pero mucho menos. Me refiero a las prestaciones generosas del arte, el arte en su contexto cotidiano…”.

Szeemann nos deja un legado  un sin número de exposiciones y proyectos visuales   importantes para entender el arte del siglo XX. 

Dirigió su primera exposición en 1957, en Suiza, bajo el título   Pintores poetas/ Poetas pintores, y en 1961 fue nombrado  director del Kunsthalle en Berna, y donde acuño el lema “ live in your head”, que tiempo después olvido. Su fama se consolidó  a principios de la década de los 70,  cuando fue director artístico  de la  Documenta 5 de Kaseel, Alemania, en la que invitó a artistas a presentar no sólo cuadros y escultura, sino también performances y happenings, marcando  con ello el comienzo de tendencias que dominarían durante más de una década  el panorama artístico mundial. Punto de origen y final de múltiples cosas. Después, fue director  durante varios años del museo de arte   de Zurich, comisario de la Bienal de Lyon en 1997, y de la Bienal de Venecia en sus ediciones de 1999 y 2001, donde creó  la célebre sección “Aperto”, creada para artistas emergentes  y renovadores. Y sobre ésta, su última Bienal de Venecia, decía: “A esta última edición la he llamado Platea della umanitá. Pero  no se trata de un plató de imágenes y ficción sino de un escenario de  la vida. La Bienal es un receptáculo para la platea de la humanidad. No es un tema, se trata, de  nuevo, de una dimensión –uno de los conceptos  acuñados por  Szeemann— obra y espacio son una  misma cosa y si la obra cambia de espacio se  transforma también su sentido original”.  Su trabajo  como curador le permitió  desarrollar la noción de exposiciones temáticas,  donde conversaban  diversos  momentos del arte, para crear un nivel de  coherencia en conjunto.

Szeemann se centró de forma especial en el arte alemán y español.  Organizó en  octubre de 2003 la muestra  The Real Royal Trip: bay the Arts  en el Centro de Arte Contemporáneo PS1 de Nueva York, dependiente del MOMA, donde reunió 19 artistas españoles y latinoamericanos.

Comisarió además las grandes retrospectivas de dos de sus artistas predilectos:  Cy Tombly ( Palacio Velázquez, 1986) y Josep Beuys ( Reina Sofía, 1993), etc. Los últimos trabajos que le vi en este 2005 fueron la excelente exposición titulada  La belleza del fracaso, el fracaso de la belleza, que se exhibió en la Fundación Joan Miró de Barcelona, y la otra, fue la creación de la primera Bienal de Sevilla, que  llamó  La alegría de mis sueños, en la que reunió obras de 120 artistas.  Sobre el papel del curador o comisario de arte me decía: “El comisario ha de ser flexible. Unas veces actúa de servidor; otras, de asistente; en ocasiones ofrece a los artistas ideas acerca de cómo presentar su obra; es coordinador en las exposiciones colectivas e inventor en las temáticas. Pero, en el comisariado, lo que de verdad importa es hacer las cosas con entusiasmo, con amor, y algo obsesivamente”.

Harald será recordado  como un excelente amigo y maestro, figura imprescindible del arte contemporáneo, y un creador de imágenes interminables, un visionario del fenómeno  artístico,  que en momentos lo hicieron un personaje discutido,  generoso e irrepetible.  Creo que pasaran muchos años para olvidar  su trabajo como curador,  pues perdurará por sus aciertos, no por sus pecados que son muchos, pues siempre dejo libre su libertad y su creatividad para bien del gran arte.


[1] Hans Ulrich Obrist, When Attitudes Become Form de Harald Szeemann.  Suplemento El Cultural Periódico El Mundo  16/10/2009. Madrid, España

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