Enfermé de Eusebio

Por Isaac Pérez Rodríguez A.K.A. Henry Mollise

@hmollise

Ha muerto mi escritor favorito. Me enteré por medio de las redes sociales. Entré a Twitter y leí la noticia. Qué estupidez, pensé, el maestro no se puede morir todavía. En una entrevista de hace tres años para la revista Emeequis que le hizo Carlos Acuña, decía que -como Brahms- no llegaría a los 67 años; que aún le faltaban algunos pocos para echar desmadre o escribir un librazo. Pero está muerto a los 65. ¿En la muerte también se halla el tufo de la vida? ¿Es su presencia y el miedo que infunde el impulso para largarse a beber y no pensar en lo irreductible? Me enteré pues de su deceso y quise soltarme a llorar. Nunca lo conocí. Sus letras poco a poco se incrustaron en mí como quien sufre silicosis e irremediablemente enfermé de Eusebio. Primero, como casi todos, leyendo su columna en La Mosca. No sólo él, también Hugo García Michel, Sergio Monsalvo y Armando Vega-Gil solventaron mi educación por aquellos años. Pero, sin duda, fue Eusebio Ruvalcaba quien marcó el ritmo y el compás.

El Abanderado fue para mí la clara muestra de cómo se hace un cuento. Era yo en mi primaria, en la escolta junto a mis amigos desmadrosos. Supe que cuando creciera ese tal Eusebio sería como una luciérnaga en la noche. Y así fue. ¿Es pertinente decir que mi alcoholismo se debe un poco a su influencia? ¿O ya era alcohólico y sólo encontré en él un remanso donde descansar y vaciarme la pachita? El caso es que después de leer parte de su (magnánima) obra, quise emborracharme yo solo: sin viejas ni cuates. Y cada que lo hacía y leía sus textos me acercaba más y más a encontrarme conmigo mismo. La enfermedad llamada Eusebio me consumía al tiempo que me curaba. De la misma manera he disfrutado de la soledad en una cantina herrumbrosa. Lejos de las personas y cerca de los borrachos, vivo entre los muertos.

Pocos como él, que les vale un pepino que la tierra se desgaje bajo sus pies mientras está disfrutando de un buen güisqui. No hay mejor momento para tomarse uno que cuando se está tomando uno, que se vuelven diez. Y entonces me doy cuenta de lo chingón que es. Estoy llorando por alguien que no conozco pero que me conoce en algunas proporciones mejor que yo. Bebió cada uno de mis pensamientos y los hizo prosa, poesía. Me enseñó a saber escuchar a los Clásicos y a aprender a beber mientras se escucha una obertura, una ópera, una sinfonía o una cantata. Me enseñó a hablarles de manera correctamente vulgar a las mujeres. Fue casi como un padre que ayuda a su hijo desde lejos, por medio de cartas. Por eso lloro. La enfermedad de Eusebio duele y es crónica.

Ha muerto mi escritor favorito y yo me lo imagino tendido con sus manos en los huevos, mandando a todos a chingar a su madre porque de que fue un chingón, fue un chingón. Espero que se le dé justa medida en la tarima de los escritores fregones de este arrabal mexicano. Con decirles que se dio el lujo de no aprender nada, más que guardar silencio, cuando su maestro fue un tal Juan Rulfo. Chingones, lo que se dice chingones, pocos. Eusebio lo fue. Me arrepiento tanto de no tomar más de los cocteles que a su nombre se sirvieron en el Anti-homenaje que le hicieron en la pulquería Los Insurgentes, quizá llevaban un hilito de su sangre.

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