Encuentran la clave en la práctica

Fotos y diseño Miguel Ulloa Maciel

Texto Anabel Clemente

A los 14 años, su papá trató de borrarle con una esponja y una fibra un dibujo que entre cinco amigos hicieron de manera rudimentaria en su piel. Ése fue el motivo porque el que no ingresó al Colegio Militar. Ése es uno de los recuerdos más tristes que tiene Lucio Cruz, un tatuador del estado de Puebla, en el estudio Cactus Tatoo, que ha participado en diferentes expos en la Ciudad de México.

Para él, la percepción social de los tatuajes ha cambiado en la última década de una forma positiva. “En mis tiempos, estábamos chapeados a la antigua, el tatuaje nada más lo tenían lo que eran rateros, la gente de lo peor. Éramos denigrados, cualquier persona que nos veía decía: ‘no te juntes con ese porque es ratero, es drogadicto’. Ahora todo ha cambiado”, cuenta a Deambulario, quien antes de dedicarse al oficio de la tinta en la piel se graduó como Administrador de empresas turísticas.

“Me quité el traje que utilicé seis años, lo boté, agarré mi maleta y ahora sí empecé a dedicarme a lo que me gustó, tatuar”, cuenta decepcionado de que “en sus tiempos” no se podía ejercer su profesión por el simple hecho de llevar un accesorio indeleble en el cuerpo. Comparte que al salir de la universidad, en la mano derecha tenía tatuada una daga, ese dibujo que no pudo ocultar, fue por el cual no pudo conseguir trabajo de su carrera.

Desde hace 17 años se ha dedicado a plasmar desde calaveras hasta réplicas de fotografías en el cuerpo de sus clientes. “Llevo tanto tiempo tatuando y sigo aprendiendo”, asegura.

lucio-cruz

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