El viejo indecente en la pantalla grande

Por Tapia Romero

@daromtap

Dentro de todas aquellas películas que conforman la historia de la cinematografía existen las que realizan una especie de reverencia hacia el mundo literario, ya que perpetran en su obra un retrato de la vida (Wilde, Capote, Vidas al Límite) u obra (Lolita, Naranja Mecánica, Trainspotting, Miedo y Asco en las Vegas) de algún célebre artista de la pluma.

Tal es el caso de Barfly o Borracho (1987), ya que con algunas escenas de humor negro el director iraní Barbet Schroede (La Vallé, La virgen de los sicarios, El abogado del terror) cuenta una abrumadora historia sobre la fuerza destructiva de la apatía humana, todo esto con una trama tejida por el inquebrantable combate entre constantes ejemplos de resistencia, esperanza y supervivencia contra el desaliento, la opresión y la sordidez de la clase golpeada por la economía.

Esto hace que el ritmo cardiaco disminuya y los sentidos se agudicen. Transporta al espectador a un viaje de excentricidad, propia de la vida del escritor Charles Bukowski —autor de La Senda del Perdedor (1982)—, puesto que a través de la espléndida actuación de Mickey Rourke (Rumble Fish, Spun, Sin City) el alter ego de Bukowski (Henry Chinaski) cobra vida.

Surge para pelear con agraciados cantineros, mismos que representan a toda aquella clase afortunada; enamorar mujeres alcohólicas y alicaídas (Faye Dunaway), y seducir a chicas de dinero (Alice Krige) que intercambian trabajo o algunas monedas por sentimientos de apego.

Por otra parte, esta faena es gobernada en casi su totalidad por las «minorías», por esos despojos sociales que pululan en la pantalla pintando una excepcional visión sobre las diferencias sociales y cómo éstas logran sobrevivir.

Barfly es una obra que le sirvió a este poeta, siempre embrutecido, para terminar de apuntalar su propio mito, ya que mediante el recurso del guión continuó su carrera de corte autobiográfico; un colectivo de historias que como esta película se trata de desconfiar, engañar, confabular y desenmascarar la verdadera forma que tiene el amor.

Un sentimiento que dominó la vida del poeta estadounidense y quedó plasmado en su trayectoria literaria, sobre todo en su poemario Love is a dog from hell o El amor es un perro infernal (1977), título tomado por el director belga Dominique Deruddere (Everybody’s Famous!), para nombrar una excelsa presentación de cuentos bukowskianos en la pantalla grande.

Deruddere origina mediante la utilización de eventos satíricos un filme con resultados vigorosos, el cual ofrece personajes y situaciones que establecen el tono dominante de esta trama, una acción que lleva a este trabajo a sentar que la verosimilitud no es una de las preocupaciones principales del protagonista Harry Voss, sino más bien la realidad.

Todos estos elementos interactúan para poner en marcha una galería pletórica de constantes claroscuros, contraposiciones inherentes a todas las etapas de vida plasmada a lo largo de la producción.

El amor es un perro infernal (Crazy Love) es la historia de la búsqueda sempiterna por el amor, por ese sentimiento que aún no se ha llegado a comprender, y en este largometraje, mediante tres historias entrelazadas, capta las distintas gamas de esta emoción: desde la concepción de amor en cuentos de hadas por Harry Voss niño (Geert Hunaerts), hasta el amor hormonal y de funeral (necrofilia) sentido por el personaje (Josse De Pauw) en la plenitud de su vida.

Las dos películas son un despliegue de situaciones que carecen del más mìnino sentido común, gracias a esto representan la vida de un hombre que al parecer siempre careció de él. Un ser muy ligado a la historia de la contracultura, que al leerlo o recordarlo es preciso exclamar el filosófico diálogo expresado por Harry Voss al final de esta producción: “Juntos, hasta que la muerte nos separe”.

Deambulario

0 Comments

No comments!

There are no comments yet, but you can be first to comment this article.

Leave reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *