El que no tranza…

Por Roberto Rosendo Ríos Vargas

Marcelo se levantó más temprano de lo habitual y es que tenía que llevar su auto a verificar, casi no desayunó, salió muy rápido con la finalidad de ser uno de los primeros en llegar al Verificentro.

Acudió a uno de los tantos centros que se encuentran a lo largo de la Ciudad de México y al llegar, se llevó una enorme sorpresa, pues la fila ya era numerosa, miró el reloj y al ver que no era tan tarde pensó que saldría a buena hora para almorzar.

De pronto, una persona se le acercó y le ofreció pasarlo a un sitio más adelante, por la módica cantidad de 50 pesos. “Si quiere güero lo pongo entre los primeros 10, nomás es cosa de que usted quiera y ya está”. Marcelo pensó que no era mala idea, pero no quería ser como todos los demás que no respetan, así que decidió ahorrarse su dinero y esperar su turno.

Por lo menos seis o siete hombres si ‘cooperaron’ y fueron acomodados casi en la entrada del Verificentro, algunas personas intentaron protestar con los encargados, alegaban que había quienes se estaban saltando los lugares, se quejaban, gritaban, pero fueron ignorados.

Pasaron algunas horas y la gente llegaba y llegaba, la hilera de vehículos era cada vez más larga, muchos prefirieron aportar sus 50 pesos para salir más rápido, eso sí todos con papel en mano y una sonrisa en la cara.

Marcelo comenzaba a impacientarse al ver la enorme fila detrás suyo, para él no era justo haber madrugado y no poder salir de ese engorroso asunto. Dos horas más tarde, su estómago se quejaba del poco alimento que había consumido por la mañana, una señora pasó por ahí ofreciendo tortas de a 10 pesos, así que su hambre fue calmada con una de jamón y queso; además, ya solo faltaban tres autos para que llegara su turno.

Algo pasaba en el interior del Verificentro, muchos vehículos eran rechazados al no cumplir con las características necesarias para obtener un holograma. “¿Cómo está jefe, trae todos sus documentos?”, fueron las palabras de un hombre de playera blanca con logotipos del lugar, que se le acercó a Marcelo haciendo plática.

“Yo creo que ya no alcanzó a entrar joven, además su carro no va a pasar, le están dando prioridad a los modelos nuevos y el suyo no es muy reciente que digamos, si corre con suerte le darán el holograma 2. Mire, yo le puedo conseguir un turno más próximo o si se mocha ‘bien’ hasta le puedo traer el holograma 1, además no tiene que meter el carro ¡eh!, ¿qué le parece?, usted nomás diga y ya vemos cómo nos arreglamos”.

Marcelo miró la larga fila, observó el movimiento dentro del lugar, vio la cara de frustración de los que eran rechazados. La oferta era tentadora, pero no se animó, así que resignado de haber perdido el día, encendió su vehículo y se marchó. En la contra esquina del Verificentro, un grupo de automovilistas platicaban y hacían intercambios de papeles, para no quedarse con la duda, bajó de su carro y fue a ver de qué se trataba.

El hombre que minutos antes le había ofrecido grandes beneficios, entregaba hologramas al por mayor. El proceso era sencillo, solo tenía que pasar a la caja, pagar el ‘brinco’ (mordida), dar 50 pesos para que una persona ‘autorizada’ le pegue la calcomanía en el parabrisas y listo, todo había terminado.

Después de un momento de duda, Marcelo decidió realizar el trámite con ese sujeto, ya no le importo haberse levantado temprano, medio desayunar, pasar frío, corajes y mucho menos desembolsar una cantidad mayor de dinero, lo importante era obtener el papel con el número 1, pensó que valdría la pena, ya que por lo menos durante el próximo semestre iba a circular dos sábados al mes. Total, una raya más al tigre no le hace daño.

Así que sin más, hizo lo que el hombre le dijo, realizó su pago, entregó la mochada, y en tan solo unos minutos, su auto ya portaba el tan anhelado Holograma 1; se despidió del hombre con un apretón de manos y una sonrisa y se fue.

En una ciudad tan grande como es la capital del país, todos los días se viven historias como la de Marcelo, en la que se cumple al pie de la letra del dicho: “el que no tranza, no avanza”.


 

Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca. ¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico.

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