El gusano de la era espacial comercial

Por Francisco Contreras
@FContrerasMX

En un segundo intento y en medio de una pandemia, este sábado se abrió por completo la puerta a la era de los viajes espaciales comerciales y los despegues volvieron al icónico Centro Espacial Kennedy, desde donde partieron misiones históricas como las Apollo a la Luna y los incontables viajes del extinto transbordador espacial.

Aunque no fue desde un cañón enterrado como en De la Tierra a la Luna de Julio Verne, los astronautas Bob Behnken y Doug Hurley partieron de Florida a bordo del cohete Falcon 9 con cápsula Crew Dragon en reemplazo de aquellos Saturn V con cápsulas Apollo desde la plataforma 39A con tres misiones: la primera, llegar a la Estación Espacial Internacional (EEI) a donde llegó por primera vez aquella cápsula a principios de marzo. La segunda, romper con nueve años de astronautas lanzados desde un cosmódromo en Kazajistán, donde la agencia estatal rusa, Roscosmos, cobra el boleto en 90 millones de dólares.

Sin embargo, su tercera misión consistió en probar a la agencia espacial estadounidense la viabilidad de la cápsula tripulada y cohete reutilizables para lograr el visto bueno de dicha institución a SpaceX para llevar a sus astronautas al espacio. Aunque aquí lo más destacable es que al contar con el permiso oficial, la empresa podría llevar civiles que quieran pagar el costo del viaje.

Y es que dicha cápsula en su versión Crew –que a diferencia de la Dragon convencional que ha llevado provisiones a la EEI más de una docena de veces, puede ir tripulada— cuenta con espacio para siete pasajeros, y la NASA sólo contempla llevar 4 en sus viajes, dejando espacio para que la SpaceX comercialice tres puestos.

Aunque, a decir verdad, a pesar de que van más de 50 años de la llegada del hombre al satélite natural, creo que fue la misma emoción ver este despegue desde Cabo Cañaveral, con la incertidumbre de si saldría el cohete hoy o tendría que aplazarse de nuevo hasta mañana por el mal clima que ponía en peligro los instrumentos del aparato.

Incluso fue como en Apolo 13, con la gente sobre el pasto viendo a lo lejos el cohete esperando a salir, las decenas de trabajadores en mangas de camisa tras una computadora con audífonos de diadema a la cabeza aguantando la respiración hasta romper en aplausos tras ver aquel “gusano” –como lo llaman de cariño— salir de la atmósfera terrestre, regalándonos imágenes en tiempo real de la Tierra alejándose, con los pensamientos puestos en el plan de volver a la Luna en 2024 para instalar ahí una estación.

Y todo, con sus lejanos parecidos a las Crónicas Marcianas de Bradbury, mientras acá seguimos en la incertidumbre de hasta cuándo durará la pandemia por la COVID-19, en medio de una próxima crisis económica y con Estados Unidos entre protestas civiles.

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