El futurismo a través de Boccioni

Por Tapia Romero

@daromtap

La complejidad y el dinamismo del siglo XX se deja ver en cada una de las expresiones gestadas a lo largo de esta centuria. Obras que a la par de los avances científicos y técnicos descomponen las normas estilísticas de la tradición hasta sujetarla a los nuevos procesos de rebeldía intelectual e histórica que caracterizaron a la sociedad de este periodo.

Prueba de ello es el futurismo, movimiento surgido en Italia en las primeras décadas del siglo, que innovó un método de estructuración liberado del objeto al introducir la dimensión del tiempo en la pintura. Circunstancia que intentaba emular y a la vez rendir tributo al cine, medio y método de expresión que sale a la luz el 28 de diciembre de 1895 con la proyección de Llegada de un tren a la estación, volviendo al lienzo en una maquinaria capaz de retener imágenes fugaces y representar sonidos.

Es así como la pintura hace frente a los nuevos mecanismos, como sucedió con el impresionismo y la fotografía, y resalta el papel transcendental que juegan las maquinas en la vida de las personas, al ser el XIX una influencia innegable para el nuevo siglo, donde la tecnología y el hombre conviven en una cotidianidad que convierte a la herramienta en algo estéticamente magistral.

La anterior relación se observa en el cuadro de Umberto Boccioni titulado Los ruidos de la calle invaden la casa, pieza caracterizada por ser extremadamente dinámica, ya que la fuerza expresiva de sus colores crea una configuración de superficies y líneas en los que el objeto únicamente aparece en zonas enlazadas entre sí, demostrando que el ruido que desmiembra y desordena los cuerpos, se trasmuta en materia.

Al pintor le importa mucho más el cuerpo del cuadro que la representación realista y detallada del objeto, aunque la ciudad no deja de ser un motivo apreciado en todos los aspectos culturales de ese tiempo, pues la urbe representa dinamismo, modernidad y éxtasis, aunque es también una alegoría de la alineación, el anonimato y la masificación, experiencias básicas del ser humano en la denominada La Belle Époque (1871-1914).

Por ello en esta imagen, este pintor italiano convierte la forma y el color en auténticas transmisiones de expresión energética, condición importante en esta corriente artística, principalmente italiana.

En este icono, el futurismo se ha traducido al idioma pictórico en una vibrante vitalidad, ritmo y un arrastrante flujo que enmarca un mundo grotesco y distante en el que la modernidad se funde con la cotidianidad, sin que el observador pueda reconocer claramente en qué dirección se mueve esta metamorfosis.

Umberto Boccioni crea un aparente ensamble de varios puntos de vista, mismos que ocasionan que el espacio estalle en pedazos y empuje hacia una estructura activa de fragmentos que transmiten la impresión de infinidad y soledad; pero, al igual, también de equilibrio y armonía, lo que remite a Platón: “tiempo como la imagen de la eternidad en movimiento.” ¿Habrán meditado los futuristas esto inmiscuyendo al cronos en la elaboración y plasmación del arte pictórico? La respuesta la tendrán ellos y sus cuadros.

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