El fraude de Santo Domingo

Por Roberto Rosendo Ríos Vargas

@ROBERTDELRI0

Raquel acudió a la Plaza de Santo Domingo a cotizar unas invitaciones para la boda de su hermana, un hombre joven le ofreció sus servicios y la convenció de contratarlo, le dijo que se las entregarían en cinco días, además le ofreció una gran cantidad de beneficios con tal de que hicieran el trato, ella no lo pensó y accedió.

El día de la entrega llegó. De Santo Domingo la mandaron a la calle de Palma Norte #143, donde le aseguraron que tenían listo su pedido; al llegar al lugar le informaron que las invitaciones aun no estaban terminadas que si lo deseaba podía regresar en una hora o mejor al día siguiente ya que no podían asegurarle la entrega en el momento. Decepcionada por lo sucedido Raquel se marchó.

Volvió dos días después al mismo sitio. El lugar era un edificio viejo de seis niveles y para llegar al quinto piso tenía que abordar un elevador en el que cabían tres personas máximo; una señora de edad avanzada, con el pelo cano y mal encarada, era la encargada de hacerlo funcionar. Una vez adentro da la impresión de que en cualquier momento puede caer.

Raquel llegó y exigió que le entregaran su pedido, fueron dos mujeres las encargadas de “atenderla”, le comentaron que no tenían material, que el proveedor no les había llevado nada, que los impresores no llegaron a trabajar y que si quería, fuera al día siguiente… ella volvió a casa otra vez sin nada.

Debido a las condiciones del ascensor, optó por bajar por las escaleras y al ir descendiendo se dio cuenta de las condiciones tan deplorables en las que se encontraba el edificio: en el cuarto piso habían varios “locales” en los que algunas personas consumían drogas, literalmente apestaba a marihuana. El piso tres no tenía luz, la mayoría de los talleres estaban cerrados. En el segundo había varias imprentas y al llegar a la planta lo primero que vio fue la mala cara de la encargada del ascensor.

Después de tres días, Raquel volvió al lugar, decidida a llevarse sus invitaciones, esta vez no quería regresar con las manos vacías, además, la boda de su hermana estaba cada vez más cerca. Llegó al inmueble, la mujer con la cara de pocos amigos la llevó al quinto piso en ese cacharro de elevador.

Ahí estaba la misma señora que en días anteriores le había dado largas con la entrega de su pedido, intentó hacerlo de nuevo, pero esta vez le advirtió que si quería llevarse algo o se esperaba una hora a que terminaran de hacerlo o se llevaba lo que tenían disponible. Raquel no aceptó las condiciones e inició una pelea verbal que poco a poco fue subiendo de tono, los gritos alertaron a dos mujeres que entraron al taller a “verificar” que todo estuviera en orden.

Raquel no quería acceder y la encargada empezaba a perder la paciencia, otras dos personas entraron y en tono amenazador le dijeron que se llevara lo que tenían o se fuera sin nada y no regresara, por supuesto no le iban a devolver su dinero. En ese momento comprendió que lo mejor era aceptar el trato y alejarse del lugar lo antes posible, pues ya eran cinco personas quienes la rodeaban y miraban fijamente.

Recibió lo que le dieron, salió del inmueble con las invitaciones mal hechas, incompletas, tuvo que pagar en su totalidad por un trabajo que no se parecía en nada a lo que le prometieron el día del contrato.

¿Cómo funciona?

En la plaza de Santo Domingo hay muchos locales en los que varias personas se turnan para enganchar a los clientes, una vez que se realiza el trato, les dan una fecha de entrega, en la que supuestamente el pedido estará terminado. Cuando el interesado acude a recoger el encargo, lo mandan a la calle de Palma Norte, en el edificio marcado con el número 143, 5° piso, donde teóricamente será entregada la mercancía.

Las encargadas del negocio se dedican a dar largas, ponen pretextos de todo tipo con el fin de desesperar a los compradores. En caso de que el cliente vaya decidido a pelear, es amedrentado por mujeres y hombres que “amablemente” lo invitan a llevarse lo que ellos quieren y salir del edificio. Si se niega, puede ser golpeado y echado sin mercancía y sin dinero.

Las autoridades nunca se enteran de lo sucedido y si lo hacen evitan meterse en problemas con esa gente. Las denuncias en contra de estos talleres, nunca proceden porque no existen nombres completos de los dueños, ni pruebas que sustenten el anticipo realizado. Lamentablemente este tipo de situaciones se viven todos los días en esa famosa plaza, son muchos quienes se dedican a este negocio que puede denominarse como robo consensuado o fraude.

Dicen que lo barato sale caro, así que lo mejor es acudir a lugares establecidos, donde te den una nota de remisión membretada, números telefónicos o datos más precisos del dueño, para que no salga más caro el caldo que las albóndigas.


El autor es reportero, cronista, escritor, especialista en lucha libre y aficionado al futbol. elbone089@gmail.com

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