El final de una era

Por Tapia Romero

@daromtap

Si bien no recuerdo con exactitud cómo sucedió, pues a mi edad las realidades a veces se trastocan, aún tengo en mi mente la expresión temerosa de su rostro: mirada acuosa, vellos erizados, dientes tintineantes y un hilo de sangre seca escurrido sobre la mejilla simulando una larga lágrima.

Dos de la tarde del viernes 6 de julio de 1685, Lorencillo estaba de regreso, las pisadas firmes de aquel pirata significaban para Campeche terribles pérdidas económicas y humanas, violaciones, en total dolorosos recuerdos.

Acompañado por doscientos hombres que desembarcaron con él, aunque después sumaron mil quinientos tras el arribo de su aliado Nicolás Agramont, la muerte marchaba sobre la calurosa brisa del Caribe: las campanas repicaban con arrebato, la comida escaseó, indígenas eran esclavos, fuego sobre la villa, gritos, gemidos, aullidos, lozas de sangre aquí y más allá del alcance de mi hombro. La devastación era tal, que los “sanromeros” desmontaron su Cristo Negro para esconderlo en las montañas.

Laurens de Graaf, a quien sólo su madre llamaba de esa forma, había gobernado la plaza de armas de la ciudad durante 65 días —pudo ser más o menos pero eso ya no importa. Incluso, el intento de lucha del gobernador de Yucatán, don Antonio de Iseca, fue en vano.

Ahí, en medio de la desesperanza y el pánico, sin nada que perder —pues por mi color me confinaba a un grado de animal— alcé la voz contra una cuadrilla de truhanes, los cuales toqueteaban, mordían y poseían a una pequeña niña.

—Déjenla malditos, enfréntense a mí. Sin pensarlo, tomé el machete con el que recolectaba la caña y corrí hacia ellos. Sólo pensaba en que tenían que pagar, cobraría todo lo que el mundo me ha quitado, lo que gente me debe.

Así, sin saber cómo, ni cuándo, la lucha comenzó. La población se sumó a la causa, apenas pasaron dos horas cuando ya el ejército de los invasores estaba sitiado, yo en lugar del nativo instrumento bélico blandía ya una espada, misma que como cruel saeta atravesó hombres y corazas hasta teñirse de sangre.

Deseaba romper a través del gentío en dirección a Lorencillo, pues el ánimo me impulsaba a saciar mi rabia con la sangre del villano, infatigable luchador hasta el momento. Más Agramont, que enardeció a los guerreros, movió su escuadrón y se interno en la selva, infundiéndole gran temor a su compinche, quien empezó la retirada ¡Violenta invitación para mi gente!

Una parte de los bucaneros no asimilaba cómo un grupo de indígenas —comandados por un mulato— hicieron retroceder a su ejército hacia la playa, hasta abordar de nueva cuenta sus barcos. Con la fuerza pirata al borde de la destrucción absoluta, llegue ante el más ruin de los bandidos, quien estaba tirado a unos cuantos pasos de donde golpean las olas, alzando la mano en señal de rendición.

—¿Habla Laurent Graff, dónde se escondió Agramont? Pregunté al delincuente sin recibir respuesta —sólo escupitajos “vino tinto” brotaban de su boca— decidí que era mejor matarlo, pues un tipo como él jamás será un delator. Levanté la espada, algo no estaba bien, mis manos “lloraban” a mares, el cuerpo tiritaba en una especie de excitación y preocupación con la incertidumbre de no poder cumplir el cometido.

Mi mirada dispuesta a vociferar en el punto culminante: “yo abolí la era pirata en Campeche, yo soy su libertador”, trataba de enfocarse: mirada acuosa, vellos erizados, dientes tintineantes y un hilo de sangre seca; todo estaba en claroscuro. Lorencillo veía fijamente el filo que acercaba a su cabeza.

Brisa cálida del Caribe, temblor, miradas, manos nerviosas, el filibustero a punto de caer de borda, gritos de la gente, el sable a escasos centímetros de su carne. De pronto, de la nada un crujido en el viento se escuchó…

¿Un disparo poseyó el aire? Caí en cuclillas sin poder creerlo, mamá había desconectado el videojuego, pues ya era hora de dormir.

Ilustración: Diana Estefanía Rubio

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