El día de la magia de la radio

Con el relato de La Guerra de los Mundos a través de la radio, se comprobó la creatividad de Orson Welles; todo sucedió el 30 de octubre de 1938

Anabel Clemente Trejo

@Ana_cletre

 

La noche del 30 de octubre de 1938, los estadounidenses descansaban mientras escuchaban la radio, un programa de baile. Las cenas estaban en la mesa, la gente dispuesta a descansar… hasta que un boletín informativo interrumpió la alegría hogareña.

“Señoras y señores, interrumpimos nuestro programa de baile para comunicarles una noticia de última hora, procedente de la Agencia Intercontinental Radio. A las ocho menos veinte, hora central, el profesor Farrel del Observatorio de Mount Jennings de Chicago, Illinois, comunica que se han observado en el planeta Marte algunas explosiones de gas incandescente que se suceden a intervalos regulares. El espectroscopio revela que se trata de hidrógeno y que, este gas, se dirige con dirección a la Tierra con enorme rapidez”.

Atentas a la CBS miles de personas dejaron sus quehaceres, se sentaron frente a la radio. La interrupción del programa de baile terminó y continuó la música. “Esto es serio”, pensaron algunos, otros se perdieron en la melodía.

En esa época, para los estadounidenses era común escuchar los boletines radiofónicos con malas noticias: había ocurrido la gran crisis del 29; el inminente estallido de una guerra debido al avance de Hitler en; la tragedia del dirigible alemán Hindenburg que se incendió cuando aterrizaba en Nueva Jersey.

Aquel boletín era una ficción, pero la gente no lo entendió. Ese informe antecedió la radionovela de la noche del domingo de Halloween, La Guerra de los Mundos. El encargado del guión y la locución fue Orson Welles, que tres años después se convertiría en un célebre escritor y director de cine, con El ciudadano Kane.

“Interrumpimos nuestro programa”, se escuchó en voz de un periodista llamado Carl Phillips, que desde una granja de Grovers Mill, Nueva Jersey, detallaba los hechos extraños que ahí acontecían. Lo acompañaba el profesor Pierson, un científico que daba su visión de lo sucedido; testigos y policías que se encontraban en el lugar.

Provocó una oleada de pánico nacional pues miles de oyentes vivieron lo que escuchaban a través de la radio: pensaron que ocurría una auténtica invasión alienígena desde Marte.

Orson Welles consiguió crear un clima de suspenso, transmitió desde las ondas radiales miedo y desesperación. Así consiguió que personas huyeran aterrorizadas, en busca de un lugar seguro, lejos de la amenaza extraterrestre.

Las centrales telefónicas se colapsaron por las llamadas a la policía o a familiares. “Muchos despavoridos ciudadanos salieron a las calles, envueltos en toallas mojadas para protegerse del gas venenoso que los marcianos emitían, y muchos más prefirieron encerrarse a trancas y retrancas, bien armados, en espera del combate final”, escribió Eduardo Galeano en su libro Los hijos de los días.

El pavor ya reinaba. Ante los efectos de la dramatización, los directivos de la CBS ordenaron a Welles aclarar que se trataba de una ficción, pero era tarde. Antes de escuchar la confesión los radioescuchas se habían alejado de su aparato receptor para buscar refugio, rezar o, los más audaces, dirigirse a enfrentar al enemigo.

El joven de 23 años había logrado encender la magia de la radio. Sin impacto visual, sólo la voz y la imaginación. Sin embargo, al día siguiente tuvo que ofrecer disculpas públicas en una conferencia de prensa, con un rostro arrepentido, pues su naciente carrera estaba en peligro por los efectos de la literatura.

Anabel Clemente

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