El cuenta historias del metro

Roberto Rosendo Ríos Vargas

@ROBERTDELRI0

Una vez más me dirigía a casa después de un día largo en el trabajo, era hora pico y el Metro iba a reventar; el calor era insoportable y la gente se empujaba para entrar al vagón, además ocurría lo de siempre, más de 10 minutos estancado en cada estación.

Pensé que sería un viaje como el de todos los días, a mi alrededor había varias personas, cada una inmersa en su mundo, unos con audífonos, otros leyendo, unos más platicando, comiendo, etcétera. De pronto, en la estación Chabacano la gente se acomodó para bajar y otros para intentar quedarse con uno de los lugares que se desocuparían; el asiento justo frente a mí quedaría vacío, así que era lo ocasión perfecta para sentarme, pero a mi alrededor había más de tres individuos esperando hacer lo mismo, uno de ellos hizo como que se agachaba para pasarse por debajo del tubo y ganar; la gente lo observó, éste se dio cuenta que lo habíamos visto, comenzó a reírse y susurró “qué dijeron ya me senté, pues no, yo sí sé respetar”.

Me senté y antes de que pudiera hacer otra cosa, ese señor comenzó a contarme una historia, me dijo que en los cuatro años y ocho meses que llevaba viviendo en la Ciudad de México había visto de todo y más en el metro, me compartió que en una ocasión un joven por intentar quedarse con un lugar había terminado con un brazo dislocado, pues las demás personas al tratar de ganarle el asiento lo empujaron tan fuerte que el brazo le hizo palanca con uno de los tubos y terminó herido.

El contador de historias era alto, de piel blanca y con el cabello muy corto; vestía de negro y cargaba una mochila, aparentaba unos 45 años, además tenía acento provinciano, cuando hablaba movía mucho las manos y el cuerpo, además hacía caras raras, lo que generaba que las personas a su alrededor se rieran o lo voltearan a ver, incluso una señora que iba junto a mí volteó y me dijo “este señor que no se calla”; el hombre continuó con su relato, dijo que él nunca había viajado en Metro y que la primera vez que lo hizo se quedó sorprendido por la cantidad de gente y por lo rudos que eran los chilangos, pues hasta por un asiento se desataban grandes batallas.

Quise dejar de escucharlo, evitar mirarlo para que parara de hablar, pero por más que lo intentaba el tipo seguía platicando. También me dijo que vivía por los rumbos de Ciudad Nezahualcóyotl, y que trabajaba en una fonda como repartidor de comida, que no le gustaba presumir lo que no tenía y que siendo humilde era muy feliz, no como la mayoría de los chilangos que llevan traje y corbata, pero son de lo más groseros y descorteses, no respetan los asientos reservados, tiran basura y se la pasan pensando en cómo joder al prójimo.

Mientras el hombre hablaba, el metro avanzaba lento, sonó mi celular y tuve que contestar, por fin dejó de hablarme por un momento, pero pronto encontró otra persona a la que le siguió contando. Le dijo que en sus cuatro años ocho meses que llevaba en la ciudad, había presenciado muchos accidentes de tránsito, algunos que se convirtieron en homicidios imprudenciales ya que la mayoría de los capitalinos no tienen respeto por nada, pues es más fácil pagar un funeral que costear los gastos médicos. Siguió hablando por otro rato, parecía que nunca se le acabarían las palabras. En su relato también contó que procedía de una ranchería del estado de Tlaxcala y que a muchos de los que vienen de provincia les avergüenza decirlo con tal de que los defeños no se burlen de ellos.

Por fin el Metro llegó a la terminal, cuando parecía que el hombre dejaría de hablar, comenzó a contarle a un señor una historia más, seguí mi camino pensando en este personaje, recordé a Forrest Gump contando sus historias a la gente en la parada del autobús o al mimo de México Cantinflas por la tan peculiar forma de expresarse. No sé si sus historias eran verdaderas o las inventaba, el caso es que hacía el viaje de los que lo rodeaban un poco más ameno.

Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca. ¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico elbone089@gmail.com


El autor es reportero, cronista, escritor, especialista en lucha libre y aficionado al futbol.

 

 

1 Comment

  1. Avatar
    Jhoana Abril 22, 2016

    jaja osea que cuando te estaba contando, le diste el avión, y cuando ya no te contaba, estabas escuchando su conversación! jaja que loco. vientos Rob, te leo la próxima semana

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