El Balcón

La bodega

Por MOReD

Querido lector, en esta segunda entrega te propongo un relato, porque en esta bodega se halla de todo, podría decirte que igual que en una botica, pero en ésta jamás se almacenarían tantos y tan variados archivos sobre la vida. Vamos pues, siéntate que yo te platico en tanto tú lees.

Este balcón es como un palco para ver la vida, aquí la veo pasar con sus 24 horas cada una y sus particulares 60 minutos, tan distintos entre ellos, como hijos de diferentes padres, pero hermanos todos.

Los sonidos después de que la noche pierde su luto, se iluminan de tal estridencia que bien puede ser una “sinfonía tonta”, donde la dirección acéfala poco importa, chirridos de llantas, viene, viene andante, guayabas de a dos por diez, “diablazos” a los tobillos, pitidos bucales para organizar un tráfico coral, ambulancias y ambulantes, todos ejecutantes, intuyen su tempo, su entrada y salida, un “de-venir” de esta urbanidad caótica, bacteriana. La modernidad de lo mismo, pero más barato.

Frente de mí, ese edificio pasado por años, tantos que su colección de cables coaxiales y tubos erectos aún recuerdan cuando la televisión te platicaba una vida de ensueño en blanco y negro, donde la infancia habitaba en una pesadilla propia para nuestra edad. Convencidos quedábamos que el Chavo del Ocho se merecía toda esa violencia; así las nalgadas y coscorrones nos sabían a torta de jamón.

Piso a piso la vida se abre paso desde la década de los cincuenta de hace dos “armaguedónicos” sismos, las historias de sus habitantes y visitantes están inscritas en los chismes de barrio, una suerte de antiguo testamento, según doña Minerva, la locataria más antigua del tianguis de abajo.

El vecino del último piso, Xavier, es un activista revolucionario de los setenta, extraviado en la melancolía de lo que nunca se concretó. Las cicatrices en sus testículos le recuerdan, cada vez que la amante en turno le pregunta por ellas, cuando el mismo señor Miguel Nazar Haro le colocó los cables para sacarle el paradero de Jesús Piedra Ibarra.

La idea de un México libre y democrático le proporcionaban la dopamina suficiente para resistir, aunque un día ya no hubo necesidad, en Televisa alguien había proporcionado el dato, tal vez eso le salvó morir en la siguiente descarga, cosas de la vida.

Todos los días después de su religioso café mañanero, se sienta ante su mesita de cocineta ocre cochambre y escribe su eterna novela sobre los procesos de democratización del país, hoy día más motivado que nunca por los recientes cambios políticos y el Oscar de Cuarón por Roma, espera pronto terminarla para vivir de sus regalías y dejar de ser un dealer baratero.

La señora del piso de abajo trabaja todo el día en el negocio de préstamos a lado del Metro Portales. El turno de Norma comienza a las nueve de la mañana, le toca desactivar la alarma, recibir a los del camión de valores, trapear el local y checar la entrada de los valuadores, el resto del personal llega media hora después y se abre al público que ya hace fila, las quincenas se han hecho tan cortas y las cuentas más largas.

Más de una vez le ha tocado cerrarle el ojo a don Hugo, un valuador con larga trayectoria, pulquero oriundo de Hidalgo, para recibir el mismo anillo de cobre que la señora Florencia le lleva religiosamente los días 20 de cada mes, para que le otorgue un préstamo; ella jura que es su anillo de bodas, ¡oro de 24 quilates!, finalmente diez días después lo recogerá. No se le cobra el interés, pero tampoco se ingresa a los movimientos, y las auditorias no son problema cuando el efectivo salió de la bolsa de la señora Norma. Los de Banamex jamás aceptarían tal derroche de recursos sin ver de vuelta su interés del 40 por ciento.

Pasadas las seis treinta, checa su salida y camina hasta la panadería con las luces de la ciudad recién prendidas, pasa por unas chelas y llega a su casa, cena con su hija que está en la secundaria y platican del día.

Desde que se fue el papá de su hija esta rutina suave y terapéutica de lunes a viernes ha sido lo necesario para acomodar las heridas. Ha pasado más de un año desde aquel labio partido y portazo final. Al irse a dormir saca de su cajón a su actual compañero, una relación sabrosa y estable, su vibrador “Crush Big Boy”, ritual imperdible cada noche.

Bajando las escaleras en el departamento dos, la pareja de chavitos de las cortinas a cuadros naranjas y bermellones, comparten su tiempo entre la chamba y la escuela. Ella, becada del CONACYT por su maestría en Antropología Social, se la pasa todo el día en la casa trabajando en ello; él, diseñador gráfico egresado de una escuela patito chambea en un negocio de impresión en metro chabacano.

Entre la beca de Lina y el sueldo de Joaquín les da para vivir independientes a los problemas de sus familias de origen; porque cuando tu mamá no puede pagar sus deudas yonkis a los cincuenta años y vende tu laptop o cuando tu papá lleva una novia distinta a vivir cada dos o tres meses a tu casa es claro que los planes de emanciparse se tienen que adelantar.

Ambos místicos fumadores de yerba, rockeros metaleros, con ánimos de crecer, atrevidos exhibicionistas que de vez en vez salen al balcón a coger en las madrugadas de luna llena. Saben que la vida es aquí y así la viven, mañana, quién sabe. Para el verano se van a las playas de Oaxaca a una comuna de “hongueros” por una semana, algo sabrán ellos sobre eso que llaman conexión.

En el piso inmediato vive la señora Vicky, dueña de la zapatería de la planta baja, quien también administra el edificio que le evita pagar la luz, tratos con la dueña del inmueble a quien tiene mucho tiempo diciéndole que urge una manita de gato, ella se niega a gastar porque las rentas que cobra son muy baratas y no sale para arreglar nada.

Viuda desde hace más de diez años pasa todo el día en su negocio. Conocida de todos en el tianguis del barrio, tequilera para olvidar dolores y penas no resueltas, se sigue cuestionando por qué vivió tanto tiempo con una persona a la que no amaba, por qué toleró tanto, por qué se perdió tanto tiempo, si bien nunca se enteró que quería en la vida y cuáles eran sus talentos, tampoco quiso ser la segunda de una relación de tres. Sin embargo, la vida hizo lo suyo y un día amaneció soltera.

Los fines de semana que su hija se va de prácticas a Valle de Bravo suele jugar cartas con la nuera de la señora Minerva, las risas son buenas para el alma y también dormir bien abrazada. Descubrimientos que se hacen en el camino.

Y así pasa la vida desde ese balcón, que es como un palco para ver la vida de la zona, de cerca y de lejos, siempre soy bienvenido a deshoras, ventajas que tengo de ser un gato.

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