Despertar la contingencia en una ciudad dormitorio

Anabel Clemente
@Ana_cletre

Puestos de verduras, abarrotes, ropa, juguetes, antojitos, fruta, películas, animales… mantienen su lugar en el tianguis del domingo en Valle de Chalco, en plena contingencia, en fase 3, por la pandemia del Covid-19.

“¿Qué si tengo miedo de contagiarme? No, miedo no, más bien me preocupa porque de mí depende una familia completa”, dice Don Juan, un vendedor de ropa interior en el mercado sobre ruedas del Puente Blanco.

Como ese comerciante, el resto de los vendedores luce un cubre bocas, no precisamente en su sitio, la mayoría lo lleva en el cuello “es que es complicado, como que sofoca”, responde un chico al frente de un puesto de vegetales.

La indicación de los líderes del tianguis para mantener esos puestos ambulantes fue que todos los comerciantes debían portar el cubrebocas y disponer alcohol en gel para los compradores.

Un contraste con las medidas impuestas a los negocios establecidos y mercados, desde que el gobierno federal decretó la fase 3 de la contingencia, el pasado 21 de abril, cuando funcionarios municipales visitaron establecimientos para aclarar “solo pueden abrir los comercios esenciales, alimentos, el resto deberá cerrar”.

De esa manera algunos negocios pusieron en marcha su estrategia para enfrentar el cierre: abrir medio tiempo, cerrar las cortinas y atender en los zaguanes, proporcionar números telefónicos para recibir pedidos o pasar recados de boca en boca para divulgar la nueva forma de atención, clandestinamente.

El municipio, que en 2019 cumplió 25 años, tiene en el comercio minorista una de sus principales actividades: de acuerdo con el Censo Económico del Estado de México en 2014, el municipio registraba 14 mil 431 establecimientos, formales e informales, que daban trabajo a 30 mil 241 personas.

“Si dejamos de abrir, ¿cómo pagamos la renta de la accesoria?”, dice una señora que vende flores frente al Mercado Independencia, quien pese a las restricciones mantiene abierto su local, eso sí con un cubrebocas azul que no quita de su sitio.

En el tianguis dominical, vendedores y clientes mantienen sus actividades, algunos con las precauciones debidas otros con menos cautela.

“Qué me vas a dar si vuelvo, que merezca el sacrificio”, se escucha mientras un grupo de jóvenes de entre 15 y 30 años convive en un puesto de micheladas y sangrías preparadas, al frente un  local de carnitas advierte en una cartulina fosforescente “Por disposición federal solo se dará servicio para llevar”.

Metros adelante un negocio de películas pirata atiende a cerca de ocho clientes que llevan material para seguir el encierro; frente a éste uno de calzones, calcetines y cubre bocas presenta variedades de telas para satisfacer las necesidades de la población que lleva la cuarentena.

Los compradores caminan entre los puestos, algunos solos, otros en pareja, unos más en familia. Esos clientes, en su mayoría, son empleados que disfrutan su día de descanso en una ciudad dormitorio, donde tienen su residencia.

Si bien el comercio es la actividad económica que predomina en el municipio, la mayoría de las personas económicamente activas de esa región sale del territorio hacia la Ciudad de México para trabajar de ocho a 12 horas diarias, seis días a la semana, invirtiendo hasta cuatro horas en el transporte.

Las características de esos trabajadores definen a una ciudad dormitorio, esto quiere decir que esta cantidad de personas tienen un estilo de vida que sólo les permite llegar a descansar a sus hogares. Por eso los domingos, tradicionales días de descanso y compras, las calles del municipio lucen más gente, y en cuarentena no es excepción.

Hasta este 26 de abril el municipio 122 del Estado de México tiene 58 casos confirmados de Covid-19, 35 sospechosos y cuatro defunciones de acuerdo con el Gobierno Federal.

En un municipio con 396 mil 157 habitantes, el número de contagios representa el 0.01% del total de la población, tal vez esos números dan confianza a quienes no han podido hacer pausa en sus actividades económicas para guardar Susana Distancia y un encierro indefinido.

La cuarentena se lleva como se puede en un territorio que nació como pudo, sin servicios, sin infraestructura y sin dinero. Quienes poblaron el extinto lago de Chalco saben de dificultades, de no estar en el centro, de ser un foco rojo, de ser una bomba de tiempo de calamidades: inundaciones, marginalidad, inseguridad y, ahora, contagios.

Pero es una realidad que esta zona descapitalizada, como otras ciudades periféricas en el Estado de México, mantiene rezagos educativos, carencia en el acceso a los servicios de salud, en materia de pisos de vivienda, en techos y por hacinamiento.

El Valle de Chalco se encuentra en el lugar 42 de 125 municipios en rezago social, de acuerdo con el Informe sobre la situación de pobreza y rezago social 2017 del Estado de México. Una ciudad olvidada pese a ser producto de un programa federal, el Programa Nacional Solidaridad, allá por los años 90.

Fotografía: Jesús Rodríguez

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