Descubrir el arte al lado de Eduardo Chillida

Por Miguel Ángel Muñoz
miguelamunozpalos@gmail.com         

En 1998 tuve la oportunidad  de estar al lado de Eduardo  Chillida (San Sebastián, España- 1924-2002), con motivo de su exposición retrospectiva  en el Museo Guggenheim  de Bilbao. Pude contemplar entonces esa sostenida  labor  creadora del artista  en el último tramo de su vida, cuando, habiendo alcanzado todo el reconocimiento de la crítica posible,  seguía trabajando  porque sí y para sí.

Hay que reconocer, de todas las formas, que los desafíos del escultor  resultan.  Al menos desde la perspectiva de magnitud, más  comprometedoras y  sorprendentes, sobre todo,  como en el caso de Chillida, se cuenta con una incansable actividad poética.

Eduardo Chillida (der.) y Miguel Ángel Muñoz (izq.) en San Sebastián.

El caso es que Chillida concibió poéticamente el espacio como algo animado e intuye  que su comportamiento  no es absoluto ni homogéneo;  antes, por el contrario, cree que es un campo de fuerzas que, depende y cómo, se activan y se desactivan; que, en suma,  el espacio gravita o levita. Y se puede  comprobar a través de sus obras, cuyo peso, a veces, pone en entredicho las leyes de resistencia, pero su ligereza, otras, con un simple papel, pone su parte, de manifiesto la dinámica gravitatoria.  Como el espacio  se anima y se despliega, posee también un ritmo, que también  se manifiesta en sus esculturas.

En 1999 descubrí a su lado, o quizá sea mejor decir, entendí y gracias a su generosidad una de sus esculturas claves: El peine de los vientos. Con semejante  espíritu, no es de extrañar  que ha Chillida  le haya interesado  siempre la magia del lugar: el  genius loci, el emplazamiento, que cobra mayor y más genuina plenitud en la naturaleza. Lo ha hecho,  por ejemplo, prolongando y dando resonancia a las fuerzas del mar  o mostrándonos el balcón desde dónde mirarlo. Lo hizo también  como excavación  de la profundidad de la tierra, que se mide por la elevación de una montaña.

En realidad, ha dialogado con la naturaleza mediante casi todas las situaciones extremas en las que ésta atesora su misteriosa elocuencia. Por todo ello es y será, un clásico y un  romántico, un físico y un visionario, alguien que comprende e increpa.

De estas  esculturas Chillida me dijo frente a ellas: “Es una  serie fantástica. Es una obra maravillosa, lo mejor que he hecho en toda mi vida”.

El peine de los vientos es  un sorprendente aprovechamiento del espacio, no sólo evocado hacia la escultura formal, sino hacia la búsqueda  de una  expresión oculta entre la materia y el cosmos. En todo caso, estas tres piezas escultóricas conservan el gestualismo expresionista. Su preocupación era realizar un proyecto íntimo, pero más que eso, desarrollar y producir algo que  permitiera y asegurara el futuro de la escultura. Esta convicción explica el proceso admirable de su obra, su intento por construir universos propios.

Estoy convencido que lo  que  hace admirable a las piezas es la emoción de unas superficies plegadas de acontecimientos constructivistas, ejecutadas con una técnica visualmente eficaz, en torno al rompimiento de la figura en relación con los espacios y la arquitectura.

Por otra parte Chillida demuestra constantemente su potencial creativo, proporcionando novedosas soluciones, como la utilización de los espacios, que, como cualquier fragmento real empleado por él, jamás deja de tener un uso exclusivo en cada escultura, cuyos ejes son físicos o abstracciones simbólicas. Es cierto que estos recursos ya habían sido anunciados por otro gran escultor vasco: Jorge Oteiza, pues eso me da a entender que  El peine de los vientos es una aportación brillante al arte universal.

Creo haber compartido con Eduardo Chillida – las  cuatro o cinco  que tuve la oportunidad de ver estas esculturas  juntos-  un tramo de su fabuloso  viaje, y los parajes  marítimos  que me hizo  redescubrir frente al mar de San Sebastián, los cuales han dejado en mí una enorme nostalgia al regresar   de visita al País Vasco.

La última  vez que caminamos juntos fue en la inauguración de su museo: Chillida Leku, un caserío  del siglo XVI situado a cinco kilómetros de San Sebastián y bautizado con el nombre de Zabalaga. Allí, Chillida ha decidido dejar su testamento artístico. Al volver a recorrer a su lado por el gran jardín que rodea la casona, voy recordando con emoción la rotación y gravitación, que guardan sus esculturas, un apetito visual  inédito. Mito momentáneo, sucesión temporal de imágenes que muestran la complicidad entre precisión e invención. 

He tenido el gran privilegio de estar muchas veces al  lado de Chillida y con él logré descubrir el arte desde la escultura de igual forma lo he descubierto del lado de la pintura al lado de José Luis Cuevas, Ricardo Martínez, Vicente Gandía, Esteban Vicente, Antoni Tápies y Albert Ráfols – Casamada, algunos de los pintores contemporáneos que más admiro y de los cuales siempre recibí lecciones de arte inolvidables. 

0 Comments

No comments!

There are no comments yet, but you can be first to comment this article.

Leave reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *