De símbolo de nobleza a distintivo de clase media

De Japón a México, la tradición del tatuaje se revitaliza en el trabajo moderno. En la Polinesia se ubica el origen de la exportación de este arte a la civilización occidental.

Por Pamela Aguilar

@aguilarpamela

Si algo tenían en común Japón, Polinesia, Egipto y México es que sus civilizaciones antiguas se convirtieron en las primeras en impregnar tinta en la piel, el famoso arte que hoy conocemos como tatuar.

La palabra tatuaje es de origen oceánico; viene de la frase polinesia tatau, que el polinesio alarga al pronunciarla como si se escribiera tatahu, y está compuesta de ta, dibujo, impresión, y de tau, piel; significa dibujo en la piel.

En sus inicios, el tatuaje sólo funcionaba como un símbolo decorativo; sin embargo, con el paso del tiempo las diferentes tribus los utilizaron como emblema de poder, valentía –mientras más tatuajes tenía la piel, más fuerte se mostraba— o simple jerarquía de clases –para distinguir a la nobleza.

“Hace unos días, con mis colegas, llegué a la conclusión de que los nuevos tatuadores son tan egoístas que ven al tatuaje como suyo, cuando en realidad es tan viejo como la humanidad. Por ejemplo, quien no dice que alguien en aquella época, cuando comenzó la humanidad, se cortó cazando con alguna vara y se durmió a un lado de su fogata. A la mañana, ya se había extendido el fuego, entró ese carbón a la herida y ya tenía un tatuaje. Eso le dio la idea de cómo se hacían”, comenta Tony Chacal, director del museo del tatuaje en la Ciudad de México, en charla con Deambulario.

Los descubrimientos antropológicos dejan al descubierto que nuestros ancestros utilizaban instrumentos de punta, hojas de maguey o dientes de los animales que cazaban, para hacer heridas en la piel e introducir la tinta. Los mayas, por ejemplo, se herían con una navaja de pedernal y hacían la tinta con hollín, proveniente del pino.

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En Japón, por ejemplo, la tradición surgió en el año 11 mil antes de Cristo y su función basaba en “marcar” a las personas de clase baja, la evolución y estética de esta actividad llegó hasta el horimono, un estilo de marcaje personal, por llamarlo de una manera; se trata de llenar cada centímetro del cuerpo, desde el cuello hasta los tobillos, con escenas simbólicas de guerreros samuraís, una tradición llegó hasta los gangster de Japón, que se identificaban con tatuajes de este tipo encasillados en la Yakuza.

La historia del tatuaje contemporáneo se enfoca en la Polinesia, en donde todos sus habitantes a partir de la pubertad eran marcados con tinta para expresar la identidad y la personalidad; asimismo, para identificar la jerarquía, la madurez sexual y la genealogía. Esa tradición fue exportada en el siglo XVIII por los navegantes europeos que llegaban a la isla para descubrir el mundo del tatuaje y exportarlo a Europa.

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“Se cree que en Latinoamérica, en México para ser específicos, los primeros tatuajes se hicieron con puntas de maguey, por la dureza y fineza de la punta. Cuando se inaugura el museo, hace tres años, tuvimos la visita de Hanky Panky, un historiador y experto en tatuajes. Le platiqué cómo se tatuaban nuestros antepasados. Él unió tres puntas de la planta y con tinta china tatuó punto por punto a su esposa en mi casa”, recordó el artista con más de dos décadas de experiencia.

 

Con el paso de los años las herramientas y técnicas fueron evolucionando, pero la vieja escuela se sigue utilizando en algunas comunidades.

“Tuve la fortuna de ver como personas originarias de la Isla de Borneo (al sudeste de Asia) tatuaban con estos instrumentos, y es una melodía escucharlos. Un palo golpea al otro, dan dos ligeros golpes y el tercero es fuerte para inyectar la tinta. Lo hacen tan bien que se vuelve algo melódico”.

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