Cuando la consulta médica sale mal

Aunque no lo parezca, hay cosas peores que correr en busca del médico porque nos sentimos a punto de morir, según Pablo Casacuberta, que realmente estemos al borde de la muerte, especialmente si se trata de un hipocondriaco.

Como regalo de Navidad llegó a mí La mediana edad (2016), libro en el que el uruguayo retrata un día en la vida de Tobías Badembauer, un montevideano que, a pesar de su gran estatura, complexión nórdica y su apodo de “el alemán”, una mañana no tiene más remedio que ponerse dos abrigos sobre el pijama y salir corriendo con las pantuflas de su mamá al consultorio del Dr. Svarsky, su homeópata de cabecera para que de nuevo lo arranque de las garras de la muerte.

De entrada, me recordó a Estoy mucho mejor de David Foenkinos –creo que coincidirás conmigo—, pues ambos comienzan con el protagonista en medio de un álgido malestar que amenaza con arruinar o acabar con sus vidas. La primera diferencia es que mientras el segundo vive en París con su esposa y en una buena etapa de su profesión, el primero es un hipocondriaco cuarentón que vive con su madre y que gracias a la pensión que dejó el papá militar al morir, no ha tenido que trabajar nunca.

Y aquí es donde comienza la historia, pues como parte de sus cuidados excesivos hacia su primogénito, la madre lo hizo cargar con un botiquín y baumanómetro desde la primaria, donde durante uno de sus achaques afirmó encontrarse un soplo en el corazón que al no ser confirmado por ningún médico los lleva hasta la consulta del Dr. Svarsky, quien por años los escuchó hablar de sus traumas y miedos y curó con remedios que después tachó de fraude, aunque a Tobías siempre le han funcionado.

Lo peor es cuando a la entrada del edificio Mignón –donde está el consultorio— lo detiene una señora que parece no ver lo mal que se encuentra de salud para preguntarle por un hostal en el edificio, donde dice buscar a su yerno, Humberto Hahnemann, quien abandonó a su hija días antes. Al principio trató de alejarse de la insistente señora, pero se dio cuenta que era mejor dejarla en el Hostal Fénix de paso al consultorio, pues nunca se la quitaría de encima ni lo dejaría entrar. Sólo para darse cuenta de que el tal Humberto era Svarsky, quien “se decía doctor para estafar a la gente”.

Pero aquella acusación sólo sacó a la luz su fidelidad, pues acude hasta el lugar de hospedajes con cuartos por hora, día y mes con la misión doble de defenderlo y de buscar consulta, pues según el elevadorista la cola de pacientes ya llenaba el pasillo y llegaba hasta las escaleras.

Una vez ahí, y tras pasar por el cancerbero que regenteaba el establecimiento, el hipocondriaco recibe la auscultación que esperaba –y que le confirmó el “pero si está muy saludable” que minutos antes le dijo la suegra del médico—, para cumplir con el tarea de avisar a los pacientes que el doctor ya no dará consultas nunca más, encontrándose en el pasillo a la exasistente del consultorio, quien salía de la regadera para cambiarse en el único cuarto ocupado del hostal.

Sin entrar más en detalles de la trama –aquí es donde se pone mucho mejor—, puedo decirte que tanto en la novela de Foenkinos como en la de Casacuberta las terapias alternativas (acupuntura y homeopatía) fueron artífices de un gran cambio en la vida de ambos personajes, a pesar de que en ambos textos las consideran paparruchas, pero a veces lo bueno viene de donde menos se espera.

Los puntos en contra, quizá, es que, al principio, como el recorrido al consultorio y de ahí al hostal transcurren mientras se presenta a los personajes, puede sentirse un poco lento el camino entre la entrada del edificio y el elevador, pero después se desenvuelve más rápido hasta llevarnos al punto de no retorno, pues simplemente no podemos quedarnos a la mitad de lo que le pasará al “alemán”.

Y sí, esta novela de 2016 la encuentro bastante recomendable, independientemente de si uno cree o no en la homeopatía o en el oscurantismo, una práctica a la que Tobías y su madre recurrieron años atrás para comunicarse con el padre muerto, pues éstos se convierten en sólo una característica de Badembauer y sin las cuales es probable que no ocurriera la historia como lo hizo, empezando porque quizá ni siquiera hubiera salido en pijama y pantuflas a la consulta, y menos lo hubiera hecho en más de una ocasión.

Puedes escuchar la crítica a esta novela aquí

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