Coronavirus contra el futuro teatral

Por Francisco Contreras

Así de pronto fue oficial: La UNAM suspendió clases y actividades por el Coronavirus. Obviamente, entre éstas están las funciones de la obra Ya no sé qué hacer conmigo –de la que te hablé semanas atrás— y la noticia me recordó cuando su director, Hugo Arrevillaga me dijo desconocer el futuro de la obra, pues “con el teatro uno nunca sabe qué va a suceder”.

La entrevista fue hace varios días, pero por una razón u otra no pude publicarla antes, hasta que la suspensión me trajo a la memoria aquel momento en que el también creador del musical me dijo que, aunque tenían muchos planes para el después, ni sabían si podrían continuar sin interrupción con las 50 presentaciones planeadas entre febrero y mayo.

“Quiero pensar que todos los trabajos que nos importan, que nos apasionan tendrían que ser así; tienes que quedar en ruinas para reestructurarte, para volver a encontrar quién eres, afirmó sobre el proceso de renovación que significa para él trabajar con alumnos, pues no sólo recupera la energía para seguir, sino se reencuentra con la pasión y la razón por la que estudió teatro.

Y es que este montaje fue diferente, especial, pues no sólo se desarrolla alrededor de una de sus bandas preferidas, sino que este año cumple 20 años de que salió del Centro Universitario de Teatro (CUT) de la UNAM –y 72 obras montadas—, además refiere que le vino bien ver en la mirada de los jóvenes artistas “esta sed de horizonte, esa necesidad rabiosa por desentrañar los misterios de la existencia en la construcción de un personaje”.

Esa lucha contra el hartazgo y la falta de pasión me trajo a la mente el musical y la lucha de los personajes contra el tedio de la repetición diaria. Sin embargo, como él no enfrenta un apocalipsis zombi, destaca que su antídoto contra ese desgaste de la imaginación está en la dirección de jóvenes, que describe como un proceso cuasi vampírico, pues no sólo comparte con ellos sus años de experiencia, sino que aprovecha la energía que destilan para enfocarla en proyectos futuros.

Y es que para él dirigir una obra no es sólo pedirles que lean el libreto y lo interpreten en el escenario, sino que se trata de un proceso simbiótico en el que termina incluso con un grupo de chat en que todos comentan las funciones, los ensayos, el día a día, y hablan de todo lo que pasa por su cabeza, pues para él dirigir una obra “es soplarle una historia a un artista para que le detone otra”.

Además de que, menciona, el libreto no muere en los labios de los actores, pues función a función la obra va evolucionando, con cambios sutiles en la iluminación o en las acciones de los personajes, quienes un día pueden adoptar alguna función puntual cambiante o alguna pieza musical que los oficinistas de la obra se disponen a cantar en la escena del karaoke.

En este punto habla sobre envejecer con clase, al seguir caminando para que su arte no se vuelva viejo, para seguir aplicando las experiencias que va adquiriendo con cada montaje y según la experiencia de sus actores.

Lo que lleva al futuro, pues, aunque él dice no sentirse dramaturgo, tiene cuatro guiones para cine con miras a filmar sus propias ideas para marcar su incursión en ese arte, especialmente en el género de terror y la ciencia ficción. Esto, como un paso natural para su carrera, siempre marcada por el séptimo arte, como Ya no sé qué hacer conmigo, que no sólo tenía referencias a obras de Romero y Buñuel, sino que además los actores se atiborraron de películas para nutrir su actuación.

En tanto que, por lo pronto, según deje el coronavirus, tiene pendiente una gira por el país con la obra de Emilio Carballido, Rosa de dos aromas, donde dirigió a las primeras actrices Rocío Banquells y Silvia Pasquel. Así que Hugo Arrevillaga seguirá contando historias por un buen rato.

Foto Bruno Uribe
Foto Bruno Uribe

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