China: 60 años de historia comunista con rostro de fascismo

Por Tapia Romero

@daromtap

La realidad es un concepto tan efímero, exorbitante, que marcha con demasiada rapidez hasta perderse dentro de la historia y sus juicios, sujetando a la veracidad dentro de un mundo de subjetividades que no son impuestas por lo vencidos, ni los vencedores, sino por el flujo cambiante de la exigencia fatal de las necesidades del tiempo y los imperios que éste tiene bajo su yugo.

Prueba cabal de esto, es la caída del Muro de Berlín en 1989, hecho simbólico concluyente de una época, inauguración del período final del comunismo en la URSS y natalicio del capitalismo consolidado, es decir, la guerra fría y sus sistemas combatientes declinan a favor de la preservación de un régimen totalmente globalizador que en algunos casos, para evitar herir susceptibilidades, obtendrá el nombre de Tercera Vía.

Pero realmente será la unificación de las dos Alemanias el acto que marca la eminencia del liberalismo económico y sus acciones, o será el suceso vivido el 1 de octubre de 1949, fecha histórica donde la victoria de los comunistas en la Guerra Civil China anuncia la fundación de la República Popular de Mao Zedong.

A partir de esto, con Mao, la novela de este pueblo asiático se torna con matices esperanzadores e inhumanos, país donde la felicidad y el progreso se busca mediante actos gubernamentales como la implementación de una reforma agraria, el exterminio del feudalismo y el derrocamiento del sector nacionalista que sustentaba la burocracia gubernamental del Kuomintang o también conocido como La Sociedad de Camisas Azules, órgano que recuerda la estela trazada por el fascismo, y operó además, como una policía secreta y fuerza paramilitar.

Esta etapa de cambios, encumbrada por el credo de la ilusión, encuentra cabida dentro de filmes como la película La pequeña costurera (2002), dirigida por Dai Sijie (Las hijas del botánico chino, El comilón de luna, Tang, El undécimo), largometraje donde se establece el valor que adquiere el sector agrario dentro del desarrollo de esta nación del continente asiático y como el arduo trabajo en los campos y en minas de acero tiene una sola finalidad, forjar con las manos de cada habitante la grandeza de un estado emergente.

Por otro lado, al adentrarse en los albores de este renovado país por el régimen maoísta, existe la bautizada época de Las Cien Flores, la cual toma nombre del discurso: “permitir que 100 flores florezcan y que cien escuelas de pensamiento compitan, es la política de promover el progreso en las artes y de las ciencias y de una cultura socialista floreciente en nuestra tierra”, y que simplemente inicia una era de terror o casería de brujas como demuestra la película El Papalote Azul, realizada por Tian Zhuangzhuang.

Esta cinta de Zhuangzhuang (Ladrón de los caballos Primavera en un lugar pequeño), es una muestra irrefutable del estado de paranoia y control que vivió la sociedad dentro de una línea cronológica iniciada en 1957 hasta 1975, donde la mayoría de los habitantes de este país fungieron como policía secreta, un gran hermano que apoyó, más por cuestión de fe y creencia que por convicción, el movimiento antiderechista donde los intelectuales y los vestigios de occidente fueron aniquilados.

Pero éste estado fallido que la historia protegió con su indiferencia y que hoy en día celebra con pompa los logros de su revolución, jamás debería dejar de lado que debido a la hambruna y la persecución murieron aproximadamente 30 millones de chinos, sin olvidar de igual forma los miles de niños que gracias a esto sufrieron la dureza de este régimen, como el protagonista del film titulado Pequeñas flores rojas del director Zhang Yuan (Beijing BastardsMama).

En fin, estas expresiones cinematográficas son una muestra del paradójico contexto que reviste los 60 años de la República Popular de China, un andar por el escrutinio de la realidad, donde seguramente la balanza del individuo y no de la historia, cobran los actos sagitarios (masacre en la Plaza de Tiananmen el 4 de junio de 1989); represivos (ocupación de el Tíbet en 1950); anticulturales (quema de libro clásicos de Occidente, discos musicales e instrumentos) que erigieron lo que hoy es una fuerte y consolidada nación.

Sin más, como lo expresó alguna vez Confucio: “El silencio es el único amigo que jamás traiciona” y por más que los juegos pirotécnicos estallen en el aire y los mandatarios chinos elogien el andar y la actuación de esta gran nación, ahora económicamente poderosa, muchos pobladores en la vida podrán olvidar las atrocidades de las que alguna vez fueron objeto.

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